Dejar, Unir

Génesis 2.22-25

En la boda de Adriana y Milton

Dicen que cada nuevo matrimonio es una oportunidad que Dios se da a sí mismo para recuperarse del fracaso de Adán y Eva. No sé si ello será cierto, lo que sí sé es que cada nuevo matrimonio representa la oportunidad de empezar una nueva forma de vida. Oportunidad que da a los casados el espacio para descubrir lo mejor (y lo peor), de sí mismos, sabiendo que son ellos quienes irán creando el camino para su plena realización con personas y como pareja.

El camino a la plenitud matrimonial pasa por dos condiciones: hay que dejar y hay que unir. Muchos matrimonios se han quedado a la mitad del camino porque no han dejado y no han unido. Y es que el cumplimiento de ambas condiciones resulta esencial, costoso, sí, pero siempre gratificante. Dejar y unir, como una semilla llena de vida, siempre darán como fruto “una nueva carne”, es decir, la formación de esa persona a la que llamamos “pareja”.

Todos los novios, cuando se preparan para ir a la que será su “nidito de amor”, descubren que hay que dejar cosas, costumbres y relaciones. Aún los que reciben al cónyuge en su propia casa, tienen que escoger, separar y deshacerse también de cosas, costumbres y relaciones. Lo que sucede en los días previos a la boda es anuncio de lo que habrá de venir en el día a día del nuevo matrimonio. Conciente e inconcientemente se tendrá que ir dejando lo que no es propio de la nueva relación.

Dejar Padre y Madre

La figura bíblica que se refiere a dejar “padre y madre” es por demás reveladora. Lo primero que implica es que los que se casan salen, deben hacerlo, de la cobertura parental. Se trata, por lo tanto, de una emancipación plena. Me gusta la segunda acepción del término emancipar: “Liberarse de cualquier clase de subordinación o dependencia”. Para ser una nueva persona, para ser pareja, los casados deben estar libres de cualquier sometimiento o reconocimiento a un poder familiar superior.

Para los casados esto significa el asumir plenamente la responsabilidad de sí mismos. Hacerse cargo de las consecuencias de sus decisiones, así como del costo de las mismas. Deben asumirse otros, respecto de sus padres, hermanos y demás familiares. Esto tiene que ver con el establecimiento de prioridades, así como la reelaboración de los roles personales los que tienen que ver con la relación con sus familias parentales. Para los nuevos esposos, el uno y el otro son y están antes que sus padres y demás parientes. Aunque persiste su condición de hijos y hermanos, esta se reestructura y queda subordinada a los intereses, las prioridades y las responsabilidades propias de la relación de esposos. Tarea difícil esta.

Desde luego, tarea difícil para los esposos. En particular para quienes llegan al matrimonio trayendo hijos, y hasta nietos, de pasadas relaciones. También a estos hay que dejar, en el sentido bíblico de la expresión, para asumir como primera y principal relación la que les une a su pareja.

Pero, también, tarea difícil para las familias parentales. Para que los nuevos esposos puedan dejar, se requiere que los padres, hermanos y demás parientes, estén dispuestos a dejarlos ir. Antes decía que lo que sucede en los días previos a la boda es anuncio de lo que ha de venir. Después de treinta años de casar parejas, conozco bien de los conflictos intrafamiliares por cuestiones tales como si hay o no recepción de bodas, por el monto de los gastos nupciales, por a quién se invita y a quién no, etc. Estas y otras muchas cuestiones solo evidencian la necesidad conciente e inconciente de los padres, hermanos, abuelos, tíos, etc., de mantener bajo la cobertura familiar a los que se están yendo. Y son, también, anuncio de lo que puede venir si unos y otros no se deciden a irse y a dejar ir. El matrimonio es asunto de los dos que se casan. Ellos marcan rumbo, establecen tiempos y prioridades y pagan, siempre, el precio de sus decisiones.

Así que, a los novios les digo: “paguen el precio de ser ustedes mismos, dejen y váyanse”. A los familiares les recomiendo: “dejen ir a sus hijos, hermanos, padres, etc.”, el camino por el que habrán de andar es de ellos y a ellos toca el decidir a dónde, cuándo, cómo y con quiénes habrán de transitarlo. Que los novios se vayan y que los suyos los dejen ir es una expresión sublime del amor. Porque no se van porque dejen de amar a los suyos, ni los dejamos ir porque ya no los queramos. No, se van y los dejamos para que ellos y nosotros podamos descubrir y transitar nuevos caminos de amor.

Llegarán a Ser como Una Sola Persona

Las últimas palabras de nuestra lectura bíblica, NVI las traduce así: “Y los dos se funden en un nuevo ser”. Dejar padre y madre para llegar a ser uno solo, sin dejar de ser uno mismo. En tal propósito, ser como una sola persona, existe la tensión del “ya y todavía no”. En cierta manera, los nuevos esposos ya son una nueva persona, por eso son un matrimonio, una pareja. Pero, al mismo tiempo, no lo son sino que están en dirección de serlo. Por eso es que he utilizado el término “camino” como sinónimo de la relación matrimonial. Camino es la “tierra hollada por donde se transita habitualmente” y “vía que se construye para transitar”.

El matrimonio es tierra que hay que transitar habitualmente. También es una vía que nos lleva al propósito de terminar siendo uno solo. Tres son las etapas de este hollar la tierra que convertimos en vía: el deseo, los sueños y el propósito. La etapa del deseo es emocionante y candente; llena de romanticismo y pasión. Sin embargo, no garantiza el que la pareja se funda en un nuevo ser. Tampoco la etapa de los sueños, cuando la pasión se agota, cuando las emociones disminuyen, soñamos con lo que fue y con lo que nos gustaría que fuera. Pero, como los sueños, sueños son, poco sirven para hacer de la pareja un solo ser. La unión de la pareja pasa necesariamente por el compromiso. Es decir, por la obligación contraída con uno mismo y con el otro. La obligación que se mantiene pese a las dificultades, pese a los desánimos, pese a las decepciones.

Quien empieza un camino sabe que lo que valida la experiencia no es el iniciarlo, sino el llegar al final previsto. Pero, son muchas las parejas que dejaron el camino cuando dejó de haber razón para el compromiso. Hablar de esto así y en las circunstancias sociales que nos envuelven puede resultar incómodo y, para algunos, hasta obsoleto. Pero, quiero creer que quienes se casan quieren alcanzar el propósito de llegar a ser una sola persona. Que no se unen para fracasar, sino para trascender. Que más interesados están en el fin del asunto, que en estos emocionantes momentos del principio del mismo.

A quienes ya han hollado tierras de otros caminos, debo advertir que en su actual caminar habrán de encontrar paisajes que les recordarán viejos caminos. Y que, por momentos les parecerá que están allá y no aquí. Y, quizá, se vean animados a renunciar al viaje que han emprendido. Yo les animo a que se propongan alcanzar la meta, que luchen contra todo lo que pretenda echarlos fuera del camino. Que, contra toda desesperanza, mantengan la esperanza. Que perseveren y que no desistan a menos que permanecer en este camino atente contra su propia dignidad y valía.

Los caminos largos nos hacen viajar de noche, entre las tinieblas. Los que se casan habrán de encontrar valles de sombra y de muerte. Pero no estarán solos cuando enfrentan tales realidades. El que consagren su matrimonio a Dios les garantiza la presencia divina a lo largo de su caminar. La gracia, el amor y la guía divinos son, han sido y serán la razón que les sostiene, les consuela y les dirige.

Salir al camino del matrimonio sin la presencia de Dios no es un acto de valor y autosuficiencia, es, cuando menos, un acto irresponsable. Todos los matrimonios necesitamos de la gracia divina. Del regalo incondicional que Dios nos da de la salvación en Cristo. San Pablo aseguro que, por gracia, Dios nos ha dado un espíritu, una manera de pensar, que se distingue por el amor, el poder para ser dignos en cualquier circunstancia y el dominio propio que nos permite prevalecer aún ante la inmadurez del otro. Necesitamos también del amor que escucha, comprende y acompaña en las más diversas circunstancias a las que el matrimonio nos lleva. Y, desde luego, necesitamos de la guianza divina. Si el matrimonio es camino que no conocemos, hay uno que ya nos espera al final del mismo: nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Él puede decirnos por donde, cuando y como ser y hacer matrimonio. Cuando no sabemos, él sabe y cuando no podemos, él puede.

En Cristo, quienes se casan, pueden alcanzar las metas que se han propuesto. Pueden disfrutar el placer de caminar juntos por caminos desconocidos. Es más, en Cristo, quienes se casan pueden encontrar la libertad para ser totalmente ellos y totalmente uno. Porque en Cristo, no solo el inicio es bueno, el final lo es mejor.

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One Comment en “Dejar, Unir”

  1. adriana Says:

    Buen día Adoniram, en este tiempo de reflexion, del que me encuentro disfrutando en casa, me encontré con las palabras que escribiste para el día de nuestra boda, el poder leerlas con calma me ha permitido disfrutarlas y entenderlas aún más que aquel precioso día.
    Gracias por la sabiduría de lo alto que contienen y por supuesto la gran capacidad que tienes para poder expresarlo en palabras terrenales y comprensibles para mí.

    Dios te colem de bendiciones, con aprecio:
    Adriana


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