Vinculados a Cristo

Romanos 6.1-13

Al encontrarnos para celebrar que Cristo ha resucitado, rescatamos una vieja tradición cristiano-evangélica que, desafortunadamente, se está perdiendo. Proclamamos nuestro convencimiento respecto de la resurrección bautizando a hombres y mujeres que, al hacerlo, mueren al pecado y renacen a la vida abundante del resucitado, nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Desde luego, tenemos razón para ello. el Apóstol Pablo nos asegura que, al ser bautizados nos vinculamos, nos unimos a Cristo, tanto en su muerte como en su resurrección. Es decir, mediante el bautismo nos hacemos uno con Cristo, participantes de sus padecimientos y de su gloria. Pudiendo así, por su gracia y su poder, vivir una nueva vida: no sólo libres del poder del pecado sino capacitados para hacer el bien y paras reconciliar a los hombres con Dios.

Resulta evidente que para el Apóstol el bautismo es mucho más que un rito, que un acto protocolario. En el bautismo sucede algo que trasciende el momento presente y afecta la eternidad misma. ¿De qué estamos hablando?

Primero, del amor de Dios que atrae a sí mismo a quien de otra manera no podría ser salvo. Es decir, del accionar redentor del amor divino. El pecado mata espiritualmente a las personas. Es decir, no sólo las aparta de Dios, sino que las hace enemigas de su Creador. En tal condición sólo tienen ante sí condenación y castigo eterno como su único destino. Pero, Dios, quien ama de manera tal especial a la humanidad, ha pagado la cuenta del pecado de los hombres en Jesucristo. A los hombres, y a las mujeres toca hacer suya la expiación de sus pecados, lograda por Jesús en la cruz,y ello lo pueden hacer mediante el bautismo en agua.

Ello nos lleva a la segunda cosa que acontece por el bautismo. En este la autoridad de Cristo, Señor y Salvador, se hace evidente. Mateo testifica que a Jesucristo, Dios le ha dado todo el poder para gobernar en todo el universo. TLA Este poder incluye el perdonar pecados, el ser Señor de quienes han recibido tal perdón, disponiendo de sus vidas y recursos para el cumplimiento de su tarea, así como el de protegerlos y guardarlos hasta el Día de Señor.

Por ello es que sobre quienes se bautizan se invoca el nombre del Señor. La Iglesia Primitiva acostumbró el bautizar utilizando la expresión “en el nombre de Jesucristo” y sus variantes. A finales del primer Siglo, empezó a utilizarse la fórmula “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Ambas son coincidentes en su razón y propósito: invocan la autoridad del Señor para declarar perdonados los pecados del bautizado, al mismo tiempos que establecen que, a partir del bautismo, el creyente pasa a estar bajo la autoridad absoluta del Señor, por cuanto se ha convertido en posesión suya. Es a partir del bautismo que se explica aquello de que “sea que vivamos o sea que muramos, somos del Señor.

Nosotros en CASA DE PAN utilizamos la fórmula bautismal utilizada por los Apóstoles según el testimonio neotestamentario. Sabemos que la fórmula larga consignada por Mateo, responde a la necesidad que la Iglesia Primitiva tuvo de enfrentar las herejías que negaban la divinidad de Jesús. Sin embargo, reconocemos ambas fórmulas como igualmente válidas por cuanto ambas apelan a la autoridad única y plena de quien es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Finalmente, el bautismo es la puerta de entrada a la comunión de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, nuestro Señor y Salvador.  Pablo dice que hemos sido injertados en Cristo, de lo que deviene nuestra incorporación plena a la Iglesia y del disfrute absoluto de la comunión de la misma, con sus privilegios y responsabilidades. Quienes hoy se bautizan son, a partir de ya mismo, miembros del cuerpo de Cristo y, por lo tanto, se han vuelto uno con nosotros, los que ya participamos de tan grande y bendecido privilegio.

Resurrección y bautismo. La primera da sentido al segundo y este hace evidente la realidad de aquella. Porque Cristo resucitó es que nuestra fe tiene razón de ser. Pero, también porque nuestras vidas son transformadas, como han y seguirán siéndolo las de quienes hoy se bautizan, es que podemos estar seguros de que Cristo ha resucitado.

Para quienes hoy se bautizan, como para nosotros quienes ya somos del Señor la vida seguirá siendo la vida: con sus retos, sus dificultades, sus oportunidades. Sólo si permanecemos en Cristo habremos de ser vencedores al final de nuestra existencia humana. Ante las dudas y confusiones resultantes de las dificultades de la vida, conviene recordar el dicho de Pablo, quien nos asegura que si hemos muerto con Cristo, debemos confiar que también viviremos con él.

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