Mateo 21.28-31a
Una muchacha, hija de pastor, quiso hablar conmigo. Me voy a casar y lo voy a hacer por la iglesia católica, me dijo. Sabiendo que era bautizada en la iglesia que su padre pastoreaba y líder ella misma en tal congregación, le pregunté lo que su papá pensaba de dicha decisión. Ni siquiera le he dicho, me contestó, ya ve, de todo se enoja, señaló. Cuando hablé con su padre, buen amigo mío, no me encontré con un hombre enojado. Triste y derrotado me dijo: No entiendo su decisión, y, entre lo que más me duele es que ni siquiera me ha dicho nada al respecto. Permanecimos en silencio y me despedí, agradecido en mi fuero interno, al pensar que algo así nunca podría pasarme a mí.
Ser y hacer familia es equiparable a construir un proyecto único. Cada miembro puede ser descrito como una
Cuando la familia se desploma poco se logra si todo lo que se hace es el recuento de lo que el otro hizo y dijo o lo que dejó de hacer o de decir. Sin embargo, sí resulta importante ocuparnos de aquello que, en nosotros, facilitó, empoderó o propició que desplome de nuestra familia. Resulta importante hacerlo porque mientras que el desplome de la familia nos separa de alguna forma y en algún grado del otro -de los otros-, lo que en nosotros facilitó, empoderó o propició tal desplome, sigue estando.
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