Quesque los padres se enojan

Mateo 21.28-31a

20170818_210812307Una muchacha, hija de pastor, quiso hablar conmigo. Me voy a casar y lo voy a hacer por la iglesia católica, me dijo. Sabiendo que era bautizada en la iglesia que su padre pastoreaba y líder ella misma en tal congregación, le pregunté lo que su papá pensaba de dicha decisión. Ni siquiera le he dicho, me contestó, ya ve, de todo se enoja, señaló. Cuando hablé con su padre, buen amigo mío, no me encontré con un hombre enojado. Triste y derrotado me dijo: No entiendo su decisión, y, entre lo que más me duele es que ni siquiera me ha dicho nada al respecto. Permanecimos en silencio y me despedí, agradecido en mi fuero interno, al pensar que algo así nunca podría pasarme a mí.

Pero, los hijos son los hijos, son ellos como nuestra historia bíblica confirma. Y en ellos habita la plenitud de la razón. Cuando menos eso piensan, pensamos hasta que la vida ilumina nuestro entendimiento con la paternidad. Lo que a los padres no les es dado: propiciar una forma de pensamiento alternativa, más sensible, trascendente y objetiva lo logran otros: Sus propios hijos. Se cumple la profecía de Rudyard Kipling quien asegura a su propio hijo: … Más quiero que sepas que nada me debes, soy ahora tu padre, tengo los deberes… Ahora pequeño, quisiera orientarte, mi agente viajero llegará a cobrarte, será un hijo tuyo, gota de tu sangre; presentará un cheque de cien mil afanes. Y entonces, mi niño, como un hombre honrado, a tu propio hijo deberás pagarle.

Hay quienes aseguran que las familias modernas son más disfuncionales que las que les precedieron. No estoy seguro. Creo que, al igual que los carros de antes, las familias predecesoras también cambiaban de carril frecuentemente en el camino. Quizá la diferencia es que ahora los caminos familiares tienen menos consciencia de los carriles por los que circulan y estos están más pobremente señalados. Así que ahora se le da menor importancia a la responsabilidad de cada uno y a la necesidad de mantener el rumbo aún a costa del sacrificio personal.

Son muchas las causas que explican la acendrada convicción de los hijos respecto de sus derechos y facultades. Algunas de ellas responden a la necesidad de construir su propia identidad y su distintiva otredad. Necesitan ser ellos y no extensión de otros, lo que es, indudablemente, saludable. Pero, también algunas causas responden a sus limitaciones y a su ignorancia de la vida. Como una computadora que es sobrecargada de información se atrofia, así también quienes no cuentan con los recursos para procesar los hechos de la vida pueden incurrir en excesos y en omisiones. En esto están las raíces Síndrome Emperador. De niños, desafiantes; de jóvenes, dependientes, de adultos, abusadores.

Propongo a ustedes que el factor que más está contribuyendo a la formación de la llamada Generación Yo, Yo, Yo, es un factor externo, sí, pero que interactúa con los sentimientos, las sensaciones y los pensamientos de los hijos de nuestros tiempos. Se trata de la disfuncionalidad familiar generada por padres desheredados. Es decir, por padres carentes del acervo necesario para desempeñar el papel de formadores de sus hijos. Sin modelos propios, animados por la culpa y la frustración, renuncian a mantener el timón y permiten que sean las circunstancias las que vayan dando forma a su familia: A los hijos y aún a ellos mismos. Mientras más disfuncionales como personas, como pareja, los padres tienden a abandonar su rol como formadores iniciales del carácter de los hijos.

La mezcla de tales causas, las propias de la experiencia de los hijos como aquellas que les son impuestas explican, en mi opinión, la tendencia creciente en los hijos de nuestros tiempos al descuento de los padres. Es decir, al menosprecio de la razón, la autoridad y el derecho paterno a lo que es propio de su tarea formadora; así como a la poca consideración a la sensibilidad, la vulnerabilidad y el aporte de los padres. Lo que los hijos asumen como carencias, excesos o las obsolescencias de los padres se convierte, en opinión de los primeros, en la base del derecho que tienen para ignorar, menospreciar y aún retar no sólo el quehacer paterno, sino a los mismos padres.

La Biblia, por lo tanto, Dios mismo, se ocupa del asunto. Lo hace valiéndose de dos indicaciones puntuales. Déjenme empezar por el llamado a los hijos. A estos los exhorta: Honra a tu padre y a tu madre. Éxodo 20.12; Efesios 6.3  A tal exhortación, Pablo agrega una explicación: Para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra. Honrar no significa obedecer incondicionalmente ni hacer la vida en función de los padres. Pero si significa respeto, reconocerlo como un no igual a uno mismo, y consideración. Considerar a los padres, además de tomar en cuenta lo que dicen y reflexionar sobre ello implica también el ser amables y de trato atento hacia ellos. Eso de ser amables no significa que los hijos sean modosos, sino que resulten fáciles de amar. Privilegio y obligación de los padres es el amar a los hijos, pero estos deben ocuparse de resultar fáciles de amar, es decir, amables. Aquí podríamos aplicar el principio bíblico aplicado a la relación con los pastores: Para que lo hagan con alegría, y no gimiendo; porque esto no os es útil. RVR1960 O, como lo traduce la NTV: Denles motivos para que la hagan con alegría y no con dolor. Hebreos 13.17

A los padres Pablo recomienda: Padres, no hagan enojar a sus hijos con la forma en que los tratan. Más bien, críenlos con la disciplina e instrucción que proviene del Señor. Efesios 6.4 Parece que para Pablo son los hijos, y no los padres, los más propensos a enojarse. Si los padres fueran carros y la paternidad camino, lo que Pablo indica sería: No se salgan del carril. No traten a sus hijos niños como si fueran adultos, ni a los hijos adultos como si fueran niños. Si el referente es la disciplina que proviene del Señor, luego, entonces, debemos renunciar a relacionarnos con nuestros hijos animados por nuestros afectos, temores y frustraciones.

Las relaciones filiales terminan en y con la muerte… del que se muere. Pero, de muchas formas los muertos siguen estando presentes en los vivos. Así que es tiempo, hoy, de que padres e hijos replanteemos el cómo de nuestra relación. De los hijos se espera, en todo tiempo, respeto y consideración. De los padres, el trato adecuado. Si unos y otros nos esforzamos por cumplir con lo que nos corresponde estaremos haciendo el mejor de los aportes… a los otros y a nosotros mismos. Sobre todo, en nuestra manera de ser padres y de ser hijos estaremos honrando al Señor y permitiendo que su gracia enriquezca el todo de nuestras vidas y las de otros.

 

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