Dame lo que me toca

Lucas 15.11ss

20170818_210812307Ser y hacer familia es equiparable a construir un proyecto único. Cada miembro puede ser descrito como una piedra viva, como un elemento dinámico que contribuye al todo del proyecto comunitario que es su familia. En este sentido se reconocen los espacios comunes, los intereses comunitarios y los deberes y derechos de cada miembro dentro del todo de la familia y para el interés de la misma. Las familias sanas se distinguen porque mantienen el interés común sin atentar contra la individualidad de sus miembros. Al mismo tiempo que fortalecen la individualidad de los suyos sin atentar contra el interés comunitario.

Hay dos factores que atentan contra la construcción saludable de la familia. El primero tiene un carácter constitutivo, resulta de quienes al unirse a otros para hacer familia lo hacen animados por sus propios intereses y propósitos. En cierta manera, ni son ni llegan a ser familia, simplemente aprovechan los sistemas familiares en su propio beneficio. Eligen a la pareja y procrean hijos animados por criterios utilitarios. De ahí que su compromiso y permanencia con y en el ámbito familiar esté condicionado a la satisfacción de sus intereses.

El segundo factor puede encontrar su razón en el primero. Se trata del desarrollo de una mentalidad do un des, doy para que me des. En este escenario los integrantes de la familia aprenden a pensar en términos de socios antes que de miembros. Romanos 12.5 Esto resulta de gran importancia porque el socio aporta patrimonio y recibe beneficios. Pero, no se hace uno con el resto de sus asociados. Los miembros, por otro lado, están unidos esencialmente por su origen, su esencia y su propósito. Cuando dan a los demás se dan a sí mismos y cuando reciben de los demás los reciben a ellos mismos.

Cuando los esposos, hijos y hermanos se asumen socios antes que miembros, la familia está en riesgo de destrucción esencial. Aún cuando parezca que se sigue siendo familia la realidad es que la relación familiar se ha fragmentado. Esto empieza con la convicción del derecho propio. Nuestra historia es reveladora al respecto: El hijo menor pide a su padre: Papá, dame la parte de tu propiedad que me toca como herencia. Lucas 15.12 TLAD Al proceder así atenta contra la unidad familiar pues ignora su rol familiar además de que evidencia su desapego por su padre. Lo que le importa de este es el beneficio que puede representarle.

Creo qué tal petición siguió a un proceso de reflexión y análisis del hijo. Llegó a la conclusión de que no podía esperar a que su padre muriera para recibir su parte pues para entonces ya habrán perdido muchas oportunidades. Concluyó que tenía el mismo derecho de su hermano mayor a recibir herencia, aunque las normas culturales y legales no se lo reconocieran. Así, actuó en consecuencia y considerándose a sí mismo como el elemento de juicio a considerar.

Cuando la familia carece del sentido comunitario se fragmenta y margina a sus miembros. Hay dos disparadores comunes que dan lugar a tal fragmentación y marginación. El primero es el que supone que ya se ha hecho suficiente por él o por los otros y que ya es hora de ocuparse de uno mismo. El segundo considera como injusto e insuficiente el beneficio obtenido a costa del sacrificio personal. Un buen ejemplo de este segundo elemento es la forma de pensar del hermano mayor de nuestra historia. Lucas 15.29 DHHD

En el primer caso, quienes consideran que han hecho para él o para los otros, o nunca se consideraron integrantes del proyecto comunitario o decidieron bajarse del mismo en algún momento. Tienen un conflicto en la manera en que asumen el nosotros y el ellos. En el segundo caso, el resentimiento personal, fruto en no pocas ocasiones de la disfunción familiar, genera raíces de amargura que contaminan hasta llegar a destruir la convicción del beneficio comunitario. En este caso, el éxito de los demás, el reconocimiento que se hace a alguno de los otros miembros de la familia se asume como un acto injusto dado que ignora el aporte y derecho propios.

Esposos infieles, mujeres frustradas e infieles atípicas, hijos decepcionados, hermanos separados, etc. Simples evidencias de familias colapsadas, paralizadas por falta de recursos comunitarios. ¿Hay esperanza, qué hacer ante lo que parece inevitablemente definitivo? Aunque resulta tentador eso de dar recetas, quizá sea mejor asumir que cada familia es llamada a considerar los siguientes principios relacionales:

En y para Dios. Dios no se mete en la vida familiar a menos que la familia lo incluya en su dinámica cotidiana. Pero, lo cierto es que las presiones de la dinámica familiar sólo pueden ser superadas estando en comunión con el Señor. El punto de quiebre en el ser y hacer familia es la decisión de honrar a Dios siendo familia. Lo ideal es la participación de todos en este propósito, sin embargo, lo fundamental es que cada quién se determine a honrar a Dios viviendo la dinámica familiar de tal forma que el Señor sea glorificado: Con dignidad, con caridad, con fidelidad.

Cada uno, todos. La familia es un espacio común pero no por ello co-dependiente por naturaleza. Es decir, se requiere que se reconozcan, empoderamiento y animen los espacios individuales al mismo tiempo que se procura el bien común. De cada quién según sus posibilidades y a cada uno según sus necesidades, es una buena forma de empezar. Esto requiere de un conocimiento mutuo que resulta del interés personal y común, al mismo tiempo que requiere de una cultura de respeto a la otredad del otro, sin ignorar la unidad subyacente de los lazos familiares. Requiere, también de un mínimo de humildad: Los hermanos saben cosas de sus hermanos que los padres no saben de sus hijos. Lucas 15.30, por ejemplo.

Vivir la vida familiar, hacer del proyecto familiar un instrumento de alabanza a Dios permite que ni mi ser yo ni tu ser tú atenten contra nuestro ser nosotros. En consecuencia, el Espíritu Santo actúa como esos pequeños topes clavados en el pavimento de los caminos, mismos que nos advierten cuando estamos invadiendo un carril que no es nuestro al mismo tiempo que nos ayudan a permanecer en la carretera. Así y por ello podemos asegurar que sí hay esperanza para las familias que se construyen en la esperanza del Señor.

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