1 Timoteo 4.16
Cuando se ocupa uno del tema de la crisis que la familia como institución y las familias en lo particular enfrentan, surge una pregunta casi en automático: ¿hay esperanza para la familia? El peso de tal pregunta lo revela el hecho de que después de los libros de auto ayuda dirigidos al rescate de las personas como individuos, los más vendidos en el segmento son los que tienen como tema el rescate de la familia. El de la familia es un tema que engancha, que vende. Pero, cuando se habla del rescate de la misma, ¿nos estaremos acercando al tema de manera estratégica? Es decir, haciendo lo que conviene, adecuada y oportunamente.
Después de la mente, el terreno por excelencia de nuestras luchas espirituales es, precisamente, la familia. Ello, porque nada de lo que pasa a los miembros de la familia en lo individual les afecta única y exclusivamente a ellos, todo tiene un efecto multiplicador que termina afectando al todo de la familia. Se trate de cosas buenas o de cosas malas. Lo mismo sucede a la inversa, las dinámicas del sistema familiar terminan afectando a cada uno de sus miembros en lo particular, de diferente manera y en distintos grados. Lo que, genera a su vez, otra dinámica de afectación a los miembros y al todo de la relación familiar.
Al dinamismo que distingue al relato que Marcos hace de la vida de Jesús habrá que agregarle la dimensión contestataria de la vida y la propuesta evangélica del Señor. Jesús va por los caminos de la vida confrontando el orden establecido. Por lo tanto, despierta pasiones… y acusaciones. Los maestros de la ley lo acusaban de estar poseído por Satanás. Sólo así, decían, era posible que Jesús expulsara los demonios de aquellas personas que estaban poseídas.
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