Ten cuidado de ti mismo

1 Timoteo 4.16

IMG-20190309-WA0005Cuando se ocupa uno del tema de la crisis que la familia como institución y las familias en lo particular enfrentan, surge una pregunta casi en automático: ¿hay esperanza para la familia? El peso de tal pregunta lo revela el hecho de que después de los libros de auto ayuda dirigidos al rescate de las personas como individuos, los más vendidos en el segmento son los que tienen como tema el rescate de la familia. El de la familia es un tema que engancha, que vende. Pero, cuando se habla del rescate de la misma, ¿nos estaremos acercando al tema de manera estratégica? Es decir, haciendo lo que conviene, adecuada y oportunamente.

Propongo a ustedes que, en la mayoría de los casos, nuestro acercamiento al tema del rescate de la familia adolece de un mal fundamental: empezamos por ocuparnos del todo, antes de analizar los elementos particulares que explican la condición familiar que nos preocupa. Al respecto, Inma Puig dice: Hay una pregunta que deberíamos hacernos, y probablemente en algunos casos nos ayudaría a entender una cantidad ingente de situaciones y en otros nos ayudaría a evitarlas, y es: ¿qué tengo que ver yo con lo que está pasando? Es decir, que cuando se trata del análisis conducente a la recuperación de la salud familiar debemos procurar estar conscientes de aquello que está sucediendo en y con nosotros y cómo es que ello contribuye, positiva y negativamente, a la dinámica familiar toda.

Es cierto que la dinámica familiar no se explica sólo en función de nosotros, pero dado que somos nosotros los que tenemos consciencia de que algo no va bien, y que, consecuentemente, estamos interesados en la recuperación del equilibrio familiar, conviene que partamos de nosotros hacia los demás, tanto en el análisis estratégico como en el proceso de la recuperación familiar. Al hacerlo así estamos siendo consecuentes con la definición-encomienda que el Señor hace al asegurar que nosotros somos luz y sal del mundo. Juan. Es decir, quienes guían y ayudan a preservar a los demás del deterioro que el pecado provoca en ellos. Es importante que asumamos tales roles, así es como podemos volvernos en lo que algunos llaman agentes de cambio.

A veces pensamos que las declaraciones que Jesús hace respecto de nosotros y nuestra relación con el mundo empiezan puertas afuera de nuestra casa. No hay tal, nuestra identidad y la tarea inherente a ella tiene que ver con todo: con nosotros, con los nuestros y con los otros. Por ello es por lo que he querido referirme al llamado que Pablo le hace a Timoteo, aunque de entrada pareciera que poco o nada tiene que ver con el tema de la familia. Pablo establece una relación directa entre el que Timoteo tenga cuidado de sí mismo y el que pueda salvar a los que lo escuchan.

Resulta de particular interés que el término utilizado por Pablo para salvación, tanto la de Timoteo como la de los demás, también se refiere a la tarea de rescatar del peligro o la destrucción. Este rescate empieza con el que Timoteo tenga cuidado de sí mismo, es decir, del que observe, atienda y preste atención de lo que está pasando en él y con él. Ello me recuerda otra instrucción paulina cuando convoca a los efesios que se renueven espiritualmente en su manera de juzgar. Efesios 4.23 NVI traduce este pasaje así: [deben] ser renovados en la actitud de su mente. Desde luego, tal recomendación redimensiona la exhortación de nuestro Señor a no juzgar por las apariencias, sino como dice la NTV: Miren más allá de la superficie, para poder juzgar correctamente.

Menciono lo anterior porque, generalmente, cuando juzgamos la dinámica familiar de la cual participamos tendemos a juzgarla asumiéndonos a nosotros mismos como víctimas. Es decir, como quienes sufren un daño o un perjuicio a causa de los sucesos familiares o de las acciones de quienes forman nuestra familia. Es cierto que lo que otros hacen afecta el todo del sistema familiar y a los que formamos parte del mismo. Pero, también es cierto que, en la mayoría de los casos, nosotros participamos, colaboramos, empoderamos o extrapolamos los hechos familiares.

Así que, siguiendo las indicaciones bíblicas antes mencionadas y la recomendación de Inma Puig, conviene que examinemos qué de lo nuestro provoca, facilita o redimensiona las actitudes y los eventos que favorecen la disfuncionalidad familiar. Ya sea en el origen, el manejo y los efectos colaterales de tales factores. Propongo a ustedes que tal examen debe considerar tres áreas o espacios fundamentales: nuestra espiritualidad, nuestros valores y nuestras expectativas relacionales.

Cada vez más estoy convencido de que todo problema de desequilibrio personal y familiar pasa por un desequilibrio espiritual. Este puede ser tanto el origen como la consecuencia de los desequilibrios personales y familiares. El desequilibrio espiritual resulta del cómo de nuestra relación con Dios. A menor comunión con Dios, entendiendo esta como la relación de paz, concordia y entendimiento con él, con el estar en frecuencia con su reino en el todo de la vida, mayor el desequilibrio de nuestra vida y de nuestras relaciones. De ahí la importancia de que tomemos consciencia de aquello que no contribuye a tal comunión y a que abundemos en lo que lo posibilita.

Si los valores son los principios, virtudes o cualidades que caracterizan a una persona, luego entonces, el cómo de las relaciones familiares y sociales son la expresión de los mismos. El carácter de las relaciones familiares será determinado, siempre, por la interacción de los valores individuales y grupales presentes. Por ello es por lo que conviene que nos preguntemos sobre cuáles son los valores que regulan nuestras actitudes y conductas, así como con qué valores respondemos a los estímulos positivos y negativos que representan los valores con que los otros miembros de nuestra familia condicionan su ser y sus relaciones.

El tercer elemento para considerar en nuestro análisis de la relación familiar es el que tiene que ver con nuestras expectativas sobre dicha relación. Paradójicamente hay quienes no esperan ya nada de dicha relación, están convencidos de la inviabilidad de la misma. Sin embargo, permanecen en lo mismo, cada día más atrapados e insatisfechos. Otros, esperan que los demás cambien para que las cosas mejores. Y no pocos se aferran a la esperanza de que las cosas serán mejor cuando se hagan como ellos piensan que deben hacerse. Lo cierto es que las expectativas tienen dos limitaciones, responden al interés de unos y no a la convicción de los otros. Además, no siempre resultan del análisis estratégico, objetivo, de la relación. Por lo que, al fin expectativas, carecen de fundamento para su realización-

Nos ocuparemos, Dios mediante, de cada uno de estos elementos en nuestras siguientes reflexiones. Mientras tanto, conviene que en oración y con actitud humilde nos preguntemos acerca de nuestro aporte a la realidad familiar que nos abruma o, cuando menos, nos preocupa. Conviene que busquemos la dirección del Señor y que pidamos sabiduría, discernimiento y valor para asumir lo que es nuestra responsabilidad y para comprometernos en un proceso de conversión familiar que glorifique al Señor y contribuya a la salvación de nuestra familia.

 

 

 

 

 

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