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Romanos 1.18-32, Una Propuesta para el Estudio Bíblico

2 mayo, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Romanos 1.18-32

Algunos dicen que este pasaje no debiera formar parte de la Biblia. Aseguran que para una persona sensible a las cuestiones espirituales, resulta vergonzosa tan detallada descripción de la bajeza alcanzada por los seres humanos. Lo cierto es que uno no puede leer este pasaje sin el temor a verse incluido en alguna de las conductas propias de quienes ofenden a Dios; más aún, uno no puede leer este pasaje sin dejar de sentirse incómodo pues, sabemos, en alguna manera formamos parte de él.

Creo que detrás de tan difícil incomodidad, el pasaje resulta especialmente valioso por cuanto nos permite conocer más del carácter de Dios, así como del cómo de su relación con los hombres. Además, nos ayuda a dejar de lado ciertos prejuicios, mitos y sentimientos animados por la ignorancia respecto del cómo del origen del pecado y de la degradación del ser humano. Sobre todo, el pasaje nos ayuda a aterrizar los principios de la relación de Dios con la humanidad, al hecho concreto de su relación con nosotros y viceversa.

En particular el pasaje pone en evidencia el conflicto resultante de la lucha que todo ser humano enfrenta respecto de la subordinación de su voluntad a los mandamientos divinos. Muy dentro nuestro hay un principio de individualidad que se traduce en rebeldía ante lo establecido por Dios. Considero que son dos las razones básicas que explican tal cosa: primero, nuestra conciencia de individualidad, de seres autónomos. Somos y, por lo tanto, nos convertimos en el centro y razón de ser de nuestra existencia. Vivimos para nosotros y en función de nosotros. Después de todo, somos nosotros. Nadie, ni siquiera Dios tienen por qué asumirse o convertirse en la razón de nuestra vida. Dios, como todos y todo debe, pensamos, adaptarse a lo que nosotros somos, pensamos y decidimos.

La segunda razón que explica tal conflicto es que, conciente e inconcientemente, asumimos un principio de igualdad entre nosotros y Dios. De hecho, la Biblia se refiere a esta pretensión como el centro de la propuesta del diablo a Eva: serán como dioses, sabiendo lo que es bueno y es malo. Este sabiendo significa asegurando al ver, es decir, la promesa es que será como Dios porque podrán asegurar qué es bueno y qué es malo. Detrás de toda desobediencia o menosprecio a lo establecido por Dios se encuentra tal pretensión de igualdad: ante lo que Dios declara bueno o malo, la persona asume que también ella puede decidir qué es lo bueno y qué es lo malo. De hecho, este es uno de los principios de la cultura post-moderna, en la que valores tales como tolerancia y pluralidad sólo esconden el principio satánico de que todo es bueno o malo para quienes lo consideren de una u otra manera. Lo mismo si se trata de cuestiones tales como creencias religiosas, preferencias sexuales, cuestiones morales y, por qué no, hasta cuestiones éticas: discriminación, explotación, etc.

El pasaje también destaca, como uno de los claroscuros del carácter de Dios, el respeto absoluto que él tiene a la libertad del ser humano. Dios creó al ser humano con la capacidad para elegir y Dios respeta hasta el extremo el derecho implícito en tal característica del ser creado por él. ¿Por qué me refiero a ello como un claroscuro del carácter de Dios? Por una simple razón, resulta muy difícil comprender por qué Dios permite que el hombre haga lo malo, con todas las consecuencias que ello acarrea. Por qué Dios no obliga a hacer lo bueno, por qué Dios no impide las cosas malas: guerras, asesinatos, injusticias, etc., es uno de los elementos más difíciles de comprender acerca de Dios. Si él puede, ¿por qué no lo hace? ¿Por qué se queda quieto, por qué permanece insensible ante tanto dolor humano, sea este social o individual?

Bueno, el pasaje asegura que Dios ni permanece quieto, ni resulta insensible al quehacer del hombre. Dios sí hace, sí actúa. De acuerdo con Pablo, Dios ha hecho tres cosas fundamentales: se ha manifestado, es decir ha mostrado cuál es ser y su propósito en cuanto a su relación con el hombre;  ha dado al hombre la capacidad para discernir para que elija lo que mejor conviene; y, se ha dado a conocer, es decir ha establecido una relación íntima con el hombre, en la que Dios sigue siendo Dios y el hombre sigue siendo él mismo. Lo que el pasaje nos enseña es que quien obedece a Dios no deja de ser él, no se borra como persona, sino que, por el contrario, se realiza plenamente. Hay quienes se resisten a obedecer porque piensan que si obedecen son cada vez menos ellos, la Biblia nos enseña que, por el contrario, quien obedece es cada vez más, en mayor grado, un ser humano íntegro.

El pasaje también nos muestra que, contra lo que pudiera parecer, quien desobedece ni es más libre, ni tiene mayor éxito en la vida (entendiendo este como el llegar a ser aquello para lo cual nacimos). En efecto, Pablo describe un proceso degenerativo en quienes no obedecen y lo hace utilizando tres conceptos: inmundicia, pasiones vergonzosas y mente depravada.

Se empieza ensuciándose, manchándose. En esta etapa la esencia espiritual de la persona sigue siendo mayormente limpia. El segundo concepto: pasiones vergonzosas, se refiere al dominio que las emociones adquieren sobre la persona, se vuelve pasional. Vive bajo el control de sus deseos desordenados, la racionalidad, es decir la capacidad para discernir todavía está presente, pero subordinada al poder de la pasión. El tercer concepto, mente depravada, también puede leerse como mente reprobada. El término usado por Pablo se refiere a los metales que no pasan la prueba, que bajo la influencia del ácido muestran que no son lo que parecen ser. Más aún, se refiere a quien no puede esperar recompensa futura por su conducta. Es decir, la persona llega a un estado del que ya no puede salir por sí misma.

Resulta especialmente interesante considerar la expresión que precede a los conceptos antes mencionados, en el escrito paulino: los entregó Dios (1), Dios los entregó (2). Es decir, permitió que ellos mismos se arrastraran hacia atrás, que dejaran de ser lo que él los hizo y cayeran en la condición de esclavos de sus propias pasiones. Esto es lo que significa la expresión del verso 22: “pretendiendo ser sabios, se hicieron necios”, dejaron de entender y, por lo tanto, perdieron la capacidad para discernir, para juzgar correctamente. No pierden la capacidad para juzgar, para razonar, sino para hacerlo de manera correcta.

¿Por qué Dios actúa así, por qué los entrega y no los obliga a pensar y a actuar correctamente? La respuesta está en el primer versículo que hemos leído: “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad”. El pecado hace del hombre un enemigo de Dios y trae como consecuencia inmediata la muerte espiritual del primero.

Y es de esta cuestión de la que se ocupa el Evangelio, Jesucristo quien es la buena noticia de Dios. Porque, si bien, la paga del pecado es muerte, también es cierto que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. (6.23) Juan asegura que Jesús, el Hijo de Dios, apareció para deshacer las obras del diablo. (1Jn 3.8) Esto significa que quien ha desobedecido a Dios y llegado a las circunstancias más absurdas y degradantes, tiene esperanza. Significa que nosotros mismos podemos ser regenerados y liberados del poder del pecado en nuestra vida. Y, también significa que todo aquello que perdimos y que echamos a perder en nuestra vida de pecado, puede ser ocasión de bien (8.28). Claro, si nos volvemos a Dios y permitimos que él haga de nosotros nuevas criaturas.

Nada Podrá Separarnos

24 abril, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Romanos 8.28ss

Alguien me preguntaba recientemente si las cosas que vivimos en nuestro país son más difíciles, más violentas, más generadoras de temores que las que vivieron nuestros antepasados. Creo que no. Si comparamos, por ejemplo, el número de muertes violencias de los últimos tres años con el de quienes murieron hace un siglo, por causa de la Revolución Mexicana, no hay punto de comparación. Tampoco lo hay, si comparamos las catástrofes naturales que enfrentan muchos mexicanos, con las que, en el pasado, han provocado miles de muertos, tal el caso de los sismos de 1985.

Así que si lo que hace tan impactantes los acontecimientos recientes, lo que provoca nuestra ansiedad y nuestros temores no es el tamaño de las tragedias que enfrentamos, o el número de víctimas con el que nos bombardean los medios noticiosos, ¿qué es lo que provoca que haya tanta zozobra, temor y desesperanza en no pocos de nosotros y de nuestros conciudadanos? Mi propuesta, o el intento de la misma, considera dos elementos: el primero consiste en el hecho de que somos nosotros los que estamos enfrentando las dificultades, los temores y aún los sufrimientos provocados por las circunstancias que nos toca vivir. El segundo tiene que ver con lo que podríamos llamar la frustración de la esperanza. Los creyentes no sólo tenemos fe, también tenemos esperanza. Es decir, no solo sabemos y creemos, sino que también tenemos expectativas que se sustentan en la confianza que tenemos en Dios: en su amor, en su interés y en su poder para cambiar las cosas que nos duelen y dañan.

Hemos orado tanto por tantas situaciones. Por tantas cosas que no solo son malas y dolorosas en sí mismas, sino que han demostrado tener el poder para afectar a muchas más personas y muchas más cosas. Ahí están las enfermedades, los conflictos familiares, los problemas de los hijos, las dificultades económicas, las soledades, etc.

Debo confesar que a veces mi fe, mi conocimiento de la Palabra, mi experiencia pastoral, no me parecen suficientes en el ánimo de servirles y apoyarles en su caminar diario. Quizá esto no sea sino el reflejo de mi propia confusión, sorpresa y tristeza ante las situaciones, ¿cada vez más extraordinarias?, a las que la vida nos enfrenta. La violencia irracional que vivimos ya de cerca, el incremento de la violencia intrafamiliar, el número creciente de divorcios –con su consecuente cauda de soledad, pobreza, amargura, etcétera, la violencia callejera contra las mujeres, el alcoholismo y otras adicciones; en fin, tantas cosas que parecen tan lejanas y, sin embargo, cada día tocan a nuestra puerta o, de plano se meten en nuestras vidas sin siquiera avisar ni, mucho menos, pedir permiso. Realidades estas que provocan preguntas tales como: ¿qué es lo que permanece en la vida? ¿Hay alguna garantía de bien? ¿Hay alguna posibilidad para la paz, para la felicidad?

En estas circunstancias la relación con Dios me resulta incómoda. Dios me resulta incómodo. Los porqués se multiplican y arrastran con ellos confusión y rebeldía. Y creo que no estoy solo en esta circunstancia. Creo que somos muchos los que, de tanto en tanto, enfrentamos la frustración de la esperanza.

Hay quienes aseguran que lo que la sociedad toda y los individuos que la formamos necesitamos es tocar fondo. Que sólo cuando llegamos a una situación en la que ya no tenemos, ni podemos, nada, estamos en condiciones de superar nuestras circunstancias. Hasta nos aseguran que lo que necesitamos para comprender a Dios y volvernos a él es que las cosas se descompongan hasta que ya no haya más esperanza. Hasta yo he llegado a pensar así y, mucho me temo, también alguna vez he enseñado en tal sentido. Bueno, pues si alguna vez les aseguré tal cosa, ahora debo decir que estaba equivocado. No es la derrota, ni el fracaso, los espacios donde podemos encontrar razón para permanecer en la esperanza y encontrar fortaleza para la misma.

Hay un canto en los Estados Unidos que en su parte medular dice: Tú eres la fuente de mi fuerza y la fortaleza de mi vida. Debo agradecer al Señor que en las últimas semanas él ha sido la fuente de mi fuerza y la fortaleza de mi vida. Dios tiene una forma particular de llevarnos a su presencia, de animarnos a entrar en su santuario. Ahí él se revela y nos muestra que, en medio de toda la confusión, él permanece en control. Tal era la convicción del salmista que explica que su forma de pensar, que la frustración de su esperanza terminó cuando “entrando en el santuario de Dios”, comprendió…”

Al ir al Señor nos encontramos con la declaración paulina: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, y a los cuales él ha llamado de acuerdo con su propósito”. “Todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios”, sería una buena paráfrasis. Él lo ha dicho, se ha comprometido a ello, y el recuerdo de su actuar pasado así lo confirma.

Al “salir de su santuario”, donde hemos presentado a Dios nuestra confusión y nuestra desesperanza, por lo general las cosas siguen igual. Ello hace relevante la promesa paulina y, por lo tanto, hace importante que pidamos a Dios se cumpla su promesa: Que todas las cosas que estamos pasando, sufriendo, decidiendo, sean para bien. Mientras esperamos en medio de las circunstancias que nos duelen, debemos pedir que seamos fortalecidos y así podamos permanecer firmes en el Señor. También debemos orar pidiendo que el mal que originó nuestros problemas y tristezas, sea detenido en nosotros. Pero, sobre todo, nuestra oración debe pedir que aquello que Dios nos tiene preparado se manifieste plenamente.

Hay una razón para tal confianza en medio de tanta confusión y debilidad: la certeza del amor de Dios. -En su santuario y fuera de él este siempre se manifiesta-. Dios nos ama y su amor lo mantiene unido a nosotros. Por eso nada podrá separarnos del amor que Dios ha mostrado en Cristo. La primera consecuencia de tal amor es su adicción a nosotros, su anhelo de nosotros. Sufrimiento, dificultades, persecución (violencia), hambre, falta de ropa, peligro o muerte violenta. Son solo circunstancias, difíciles y dolorosas, pero circunstancias al fin al cabo, es decir: “Aspectos no esenciales que influyen o aparecen en un fenómeno, acontecimiento, etc.”.

Los días que vivimos son difíciles y no hay razón para esperar que los inmediatos resulten mejores. Creo, y les invito a ello, que debemos prepararnos para enfrentar más dificultades, más violencia, más peligros, más… Como Jeremías en su tiempo, contra lo que falsos profetas aseguraban y mucha gente deseaba oír, no podemos anunciar tiempos de paz y de abundancia. Esperábamos paz, pero no llegó nada bueno. Esperábamos un tiempo de salud, pero sólo nos llegó el terror, tuvieron que aceptar quienes vivían la tragedia de sus días. Alguien dijo esta semana, al referirse a los múltiples asesinatos en la periferia de la Ciudad, que el cerco se está cerrando alrededor de nuestra ciudad y creo que tiene razón. Pero no creo que debamos aceptar que será en la aceptación fatalista de un destino indeseable, donde podamos encontrar razón para la esperanza. Mi invitación a ustedes que, quizá como yo, resultan confundidos, desanimados y lastimados por las circunstancias de la vida, consiste en animarles a que entren en el santuario de Dios. A que sea en su presencia que descubran el qué y el cómo del bien que tanto dolor habrá de tener como consecuencia. La presencia del Señor trae paz a nuestras circunstancias. Él gobierna las lluvias, asegura el Salmista. Todavía puede ordenar al viento y a las aguas que se calmen. El Señor es nuestro santuario y por ello podemos alzar nuestros ojos en esperanza.

Así, animados por lo que en el santuario descubrimos de Dios, podemos asumirnos a nosotros mismos como agentes de cambio, portadores de la esperanza y ministros de la reconciliación. Podemos hacerlo porque conocemos y somos sustentados por el amor de Dios que es en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador.

Soledad en Familia

22 abril, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Con frecuencia nos encontramos que uno de los problemas más serios que enfrentan los miembros de la familia es, precisamente, la soledad. Soledad es, según la Real Academia Española: la carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Si tal cosa es la soledad, difícil no solo asumir que quien es parte de una familia, de una comunidad humana, carezca de compañía. Sin embargo, son muchos los que viviendo en la misma casa que los suyos, compartiendo muchas horas del día, aun durmiendo acompañados, o acompañadas, sufran de lo que bien podríamos llamar: soledad en familia.

Desde luego, son muchos los rostros de la soledad en familia. Pensemos, por ejemplo, en las madres de familia. Curiosa o lamentablemente, representan la mayoría de quienes se quejan de sentirse solas. Por lo general, no se trata de las madres solteras, divorciadas, separadas, o viudas. Más bien, quienes se quejan de padecer tal soledad son mujeres casadas, que viven en compañía de su marido y, no pocas veces, de sus hijos y hasta de sus nietos. También están las hijas solteras, generalmente las que han tenido que renunciar a su propia vida en aras de acompañar y servir a los suyos: a sus padres, a sus hermanos, a sus sobrinos, etc. No pocos adolescentes, mujeres y hombres, se asumen en soledad. Se aíslan y los marginan, el ruido que hacen con su música y con su conducta retadora, pareciera ser la manera en que algunos adolescentes quieren gritar su soledad. Están, también y en número creciente, los abuelos. Verdaderos extranjeros en sus propios hogares, diferentes, marginados y siempre a la caza de un gesto, una palabra, una acción que les recuerde que no sólo están vivos, sino que también son amados por los suyos. Desde luego, no pocos de los que padecen del mal de la soledad en familia son los hombres de la casa. Maridos y padres, sí, pero que se sienten extraños, fuera de lugar, en la compañía de aquellos a los que aman y que les aman.

Alguien ha dicho que la soledad no consiste en estar solo, sin compañía; sino, más bien, soledad es el no sentirse apreciado por los demás. El aprecio es la estimación afectuosa de alguien. Así, ser apreciado es ser reconocido con afecto; es decir, saber que aquellos a quienes uno ama y que son importantes para nosotros, están inclinados a nuestro favor y por lo tanto dispuestos a mostrarnos su amor, interés y favor incondicionalmente.

La soledad de las mujeres casadas no consiste, entonces, en la percepción que ellas tienen de la carencia de la compañía del esposo, sino en la falta de disposición del mismo para mostrar a su esposa amor, interés y favor incondicional. La soledad de las hijas solteras pasa por el dolor de la ingratitud. Ellas no solo han entregado su propia vida, sus recursos, su tiempo, a los que aman. También han tenido que, en no pocos casos, enfrentar la ingratitud, el reproche injusto, los desaires de aquellos a quienes han servido. A veces, sirven cada vez más esperando que se les reconozca el mérito de su entrega y, en no pocos casos, la muerte de los que sirvieron sólo viene a confirmar que su amor, su entrega y su servicio, al igual que ellas mismas, no fueron apreciados ni reconocidos con afecto.

En tratándose de los adolescentes y de los ancianos, nos encontramos con que se cumple aquello de que los extremos se unen. Quizá la principal razón que ambos grupos tienen para explicar su no ser comprendidos, su saberse ajenos a quienes les rodean, no es solo su edad, sino el hecho de que se encuentran en una etapa de transición. En efecto, adolescencia y vejez no son etapas terminales, son etapas que anuncian el advenimiento de una nueva forma de vida. En el caso de los adolescentes, se les anuncia la llegada de la edad adulta, en la que se hará notorio quienes son y qué pueden hacer. En el caso de los ancianos, etapa que anuncia la cercanía de la eternidad. Del dejar esta vida para dormir y esperar la manifestación plena de la vida eterna. ¿Quién podrá comprender a quienes viven tales circunstancias?

Los hombres, aún llenos de amigos, siguen estando solos en casa. Aislados, cuando no se les comprende y aislándose cuando no se comprenden a sí mismos. Asumiendo sus responsabilidades y cansándose de las mismas. A veces queriendo recibir un poco más, y deseando dar un poquito menos. Cuando no son lo que se espera que sean, pagan el precio de la incomprensión y hasta el abandono.

El salmista oraba, en solitario, preguntándose: ¿de dónde vendrá mi socorro? Algunos buscan la respuesta a su soledad en los lugares altos, en los montes. Es decir, fuera de sí mismos y en aquello que los hombres pueden construir por sí mismos. Lo cierto es que la soledad, entendida esta como el no ser apreciados por los demás se resuelve dentro de uno mismo. El camino que nos libra de la prisión de la soledad empieza en el interior de nuestra mente, de nuestro corazón.

Primero, porque empieza tomando conciencia de que somos personas apreciadas por Dios. Para saber esto no necesitamos buscar, preguntar, escuchar a otros. “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón”, dice Dios. Cuando en nuestra soledad buscamos a Dios sucede algo extraordinario: su Espíritu da testimonio al nuestro de que somos sus hijos. Quien se sabe hijo de Dios está en condiciones de enfrentar el hecho de su soledad, sea esta real o apenas una percepción.

Real, o apenas una percepción. ¿Qué significa esto? Bien, esto nos lleva al segundo paso. Una vez que nuestro espíritu tiene el testimonio de la presencia y compañía divinas, estamos en condiciones de analizar si realmente los que amamos no nos aprecian, o si se trata de una percepción equivocada de nuestra parte. ¿Qué es lo que nos hace pensar y sentir que no les interesamos? ¿Será que lo que recibimos no nos es suficiente porque nuestro vaso está roto y se filtra? O, ¿será que somos nosotros los que inconcientemente nos alejamos impidiendo a los demás que formen parte del círculo interior de nuestros afectos y sentimientos?

El tercer paso para superar nuestra soledad consiste en preguntarnos qué tanto estamos dispuestos a mostrar nuestra vulnerabilidad a los que nos aman. Que tan dispuestos estamos a mostrarnos tal como somos, tal como estamos. Dios, cuando quiso comprendernos mejor, se hizo hombre. Es decir, estuvo dispuesto a conocer y dejarse conocer. A hablar y a escuchar. A dar y a recibir. A agradecer y a mostrarse complacido con el agradecimiento de los demás. Nos sorprenderemos cuando permitamos que los otros vean lo que hay en nosotros y que escuchen lo que la voz de nuestro corazón quiere decirles.

Hay un factor que está al inicio, durante y al final del camino que nos lleva más allá de la soledad. Este es el cultivo de la comunión con Dios. Estar en comunión con Dios significa gozar de su compañía. Esta es un acompañar que sale del corazón, del lugar donde el Espíritu de Dios habita en nosotros. No depende, por lo tanto, de factores externos, simplemente, está en nosotros. Y desde nuestro interior, fructifica. Primero, porque trae orden y equilibrio en nosotros mismos. Dado que él es suficiente, llena cualquier vacío, real o supuesto, que resulte de nuestras relaciones con los demás. Dado que él es fiel, permanece el mismo independientemente de nuestras circunstancias. Por lo tanto, llenos de su presencia podemos enfrentar los retos que suponen nuestras relaciones con los que amamos.

Cristo en nosotros significa una total ausencia de soledad. Cuando nuestros familiares no satisfacen nuestras necesidades espirituales y afectivas, Cristo lo hace. Cuando los demás no nos aprecian, Cristo lo hace. Cuando nos sentimos, o estamos solos realmente, Cristo hace evidente su presencia. Cuando ya no nos queda nada, Cristo sigue siendo nuestro todo.

No hay nadie que, en algún momento de su vida, no haya experimentado el dolor provocado por la soledad en familia. Tampoco hay nadie que no vaya a experimentarlo en algún otro momento de su vida. La razón es sencilla, nadie es suficiente para satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón. ¿Nadie, he dicho? Bueno, no es verdad, sí hay uno que puede hacerlo y este es Dios. El salmista decía, lo que les invito sea nuestra oración confiada y constante:

¿A dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia? Si subiera al cielo, allí estás tú; si tendiera mi lecho en el fondo del abismo, también estás allí. Si me elevara sobre las alas del alba, o me estableciera en los extremos del mar, aun allí tu mano me guiaría, ¡me sostendría tu mano derecha! Y si dijera: Que me oculten las tinieblas; que la luz se haga noche en torno mío, ni las tinieblas serían oscuras para ti, y aun la noche sería clara como el día. ¡Lo mismo son para ti las tinieblas que la luz!