Archive for the ‘Espiritualidad’ category

Con Llamamiento Santo

6 junio, 2010

¿Qué es la Vida Cristiana?

Pastor Adoniram Gaxiola

¿Qué es la vida cristiana? La vida cristiana es el aquí y ahora que se vive en la realidad del Reino de Dios. Vivir la vida cristiana es vivir igual, pero de manera diferente. Así lo estableció nuestro Señor Jesucristo cuando, en su oración sacerdotal dijo: No te pido que los saques del mundo, sino que los protejas del mal. (Jn 17.15 DHH) Tiene que ver más con el cómo que con el qué de la vida.

En efecto, tiene que ver con el cómo vivimos la vida en cada una de las llamadas esferas vitales: como esposos, como padres, como hijos, como trabajadores y estudiantes, como ciudadanos, etc. La vida cristiana se distingue no por lo que hacemos, sino por el cómo lo hacemos. La diferencia la establece, de entrada, la manera en que se cumple en nosotros una doble dinámica: la del llamamiento y la vocación.

La Biblia nos enseña que el cristiano, el discípulo de Cristo, ha sido llamado con llamamiento santo. La cualidad de santo tiene que ver con quién hace el llamamiento: Dios, mismo. Además, tiene que ver con el hecho de que en tal llamamiento hay un propósito y hay gracia. Tal propósito no es otra cosa sino el deseo de Dios, mismo que ha de cumplirse con nuestra colaboración. Desde luego, el creyente participa de tal deseo de Dios, cuando es animado por el mismo Espíritu del Señor. En la salvación hay una incorporación, no sólo a la Iglesia, sino, sobre todo, al sentir de Dios. A esto se refiere nuestro Señor cuando pide: como tú,  Padre,  en mí y yo en ti,  que también ellos sean uno en nosotros,  para que el mundo crea que tú me enviaste. (Jn 17.21)

Por otro lado, el Apóstol Pablo, en Efesios 4.1, hace una especial convocatoria: os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados. Añade al hecho del llamamiento santo, la cuestión de la vocación. En principio parecería que nos encontramos ante una redundancia. Llamamiento y vocación serían sinónimos; sin embargo, podemos distinguir un matiz en ambos. Primero, el llamamiento se origina en Dios, como hemos visto y es, por lo tanto, un estímulo externo que apela a la persona. La vocación sigue siendo un llamado, pero actúa desde el corazón del creyente, quien ante el impacto de la gracia recibida se asume y siente motivado a responder al llamado que Dios le hace. En el binomio llamamiento-vocación, hay una doble fuerza de atracción y empuje para cumplir con el propósito divino en y para nosotros.

Esta doble fuerza se manifiesta y pone a prueba el todo de nuestro quehacer cotidiano. De acuerdo con Romanos 8, la calidad de vida está determinada por el espíritu que anima a las personas. Estas pueden ser animadas por la carne, o ser animadas por el Espíritu. Ser animados por la carne no significa, necesariamente, tener la intención de hacer cosas malas. Tiene que ver, sobre todo, con el hecho de que la razón para la vida es la satisfacción prioritaria del interés personal, vivir para uno mismo. En tal caso, la persona, lo suyo, se convierte en origen y propósito de su quehacer todo. Este egoísmo, [el] inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás. Afecta el todo de nuestra vida, lo familiar, lo laboral, lo social, etc. Desde luego, también afecta el cómo de nuestra relación y servicio a Dios. La pauta es la misma, nosotros primero, los demás, después.

Ser animados por el Espíritu de Dios no significa desatendernos de nosotros mismos. Por el contrario, nos obliga a prestar a lo nuestro la atención debida. Dios quiere fortalecer la obra de nuestras manos, tiene para nosotros propósitos de bien, porque en la medida que haya un equilibrio en nosotros, en la medida que seamos fuertes y estemos firmes, podremos servir mejor al propósito divino. Por ello, con honrosas excepciones, tales como quienes somos llamados al ministerio pastoral, Dios no saca a las personas de su dinámica diaria. No provoca el rompimiento familiar, ni el abandono laboral o escolar, ni la marginación social de los suyos. Por el contrario, Dios quiere que cada quien siga viviendo su propia vida, que cumpla sus sueños y alcance sus metas. Sí, pero que lo haga de una manera diferente.

¿En qué consiste tal diferencia?, podemos preguntarnos. Primero, se trata de que en todo lo que hacemos tengamos conciencia de que somos llamados, escogidos y fieles. Es decir, se requiere de asumirnos a nosotros mismos como diferentes. No basta con que nuestro hacer sea diferente, es indispensable que seamos y nos ocupemos de ser diferentes. Pedro nos llama extranjeros y peregrinos. (1Pe 2.11) En razón de tal cualidad, debemos, dice, abstenernos de los deseos pecaminosos que combaten contra la vida. De tal suerte, el primer elemento que marca la diferencia es que nuestro quehacer vital es santo: tanto porque es limpio, puro, por cuanto está consagrado para glorificar a Dios. Tratamos al esposo de manera limpia, porque queremos glorificar a Dios en nuestra relación matrimonial. Trabajamos honesta y comprometidamente, sin corrupción alguna, porque queremos que Dios sea glorificado y conocido por nuestro trabajo.

El segundo elemento diferenciador consiste en asumir como propias las prioridades divinas. Todo lo que hacemos, todo, tiene como propósito reconciliar a los hombres con Dios. El Señor nos ha llamado a ello y su llamamiento es irrevocable. (Ro 11.29). De ahí que toca a nosotros mantenernos firmes en el cultivo de nuestra vocación, es decir del impulso interior que nos lleva a responder al llamamiento divino. Esto, que empieza por la conciencia de nuestro ser diferentes, se traduce en que debamos asumir cuestiones tales como el éxito en la vida, la felicidad, la trascendencia, etc., de manera diferente. Debemos hacerlo a la luz de la eternidad. De ahí la importancia que tiene la exhortación que hace nuestro Señor: No os hagáis tesoros en la tierra,  donde la polilla y el orín corrompen,  y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo,  donde ni la polilla ni el orín corrompen,  y donde ladrones no minan ni hurtan.  Porque donde esté vuestro tesoro,  allí estará también vuestro corazón. (Mt 6.19-21)

Con tristeza vemos como muchos, en el afán de ganar su propia vida, la van perdiendo. Teniendo más, cada día tienen menos. Haciendo más, cada día cosechan menos bueno. Conviene que animemos nuestra vocación, para así responder a nuestro llamado, tomando cotidianamente la advertencia-exhortación hecha por Jesucristo: Todo el que quiera salvar su vida,  la perderá;  y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará, porque  ¿de qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? Mc 8.35-36)(

Cuando el Diablo Ronda

29 mayo, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

1 Pedro 5.6-11

En Primera de Pedro 5.6-11, encontramos uno de los pasajes más interesantes y descriptivos acerca de la manera en la que el diablo observa, acorrala y, cuando logra su propósito, daña a los creyentes. Pedro les escribía a cristianos que se encontraban en crisis, una crisis provocada por su fidelidad a Cristo. El aceptar a Jesucristo como su Señor no sólo había cambiado de religión, sino que su vida entera fue transformada y se encontraron con que su nueva forma de vida era una contracultura. Es decir, vivían no sólo de una manera diferente a la de sus conciudadanos, sino de una manera que incomodaba a estos pues ponía en evidencia su pecado y su desobediencia a Dios.  En consecuencia, los creyentes enfrentaron la enemistad de sus familiares y vecinos, así como la persecución de las autoridades.

Antes, el Apóstol Pedro ya les había explicado a los creyentes el porqué de la persecución y maltrato que sufrían (4.4). Les dice que a quienes los conocieron antes de ser cristianos, les parece extraño que ustedes ya no corran con ellos en ese mismo desbordamiento de inmoralidad, y por eso los insultan. Una vez más, nos encontramos que para quien sigue y sirve a Cristo, la vida se vuelve más y más complicada y difícil de lo que podría esperarse.

Igual que complicado y difícil resulta el comprender la recomendación petrina, en el sentido de que los creyentes que se encuentran en tal crisis, sean humildes y acepten la autoridad de Dios, en tales circunstancias. Pero, lejos de recomendar que se solamente se resignen, el Apóstol anima a los creyentes a que enfrenten y resuelvan su circunstancia a la luz del poder de Dios y en la esperanza del cumplimiento de su promesa. Por eso resulta relevante la exhortación que les hace para que pongan sus preocupaciones en manos de aquel que tiene cuidado de ellos.

Desde luego, Pedro enseña que las crisis han de resolverse con el recurso de la fe. Entendida la fe en cuanto confianza y esperanza; pero, también fe en cuanto sustento del hacer lo que es propio y oportuno. San Pablo describe de manera extraordinaria este tipo de crisis que frecuentemente enfrenta el cristiano. Dice (2Co 7.5), que el cristiano, se ve acosado por todas partes; conflictos por fuera, temores por dentro. Pues bien, tener fe haciendo lo que es propio y oportuno se caracteriza por el cultivo de la prudencia, por el mantenerse despierto y por el resistir firmes en la fe. En este contexto, la prudencia no es otra cosa sino el ejercicio del dominio propio, el mantenerse despierto consiste en permanecer alerta y resistir firmes en la fe consiste en guardar la estabilidad en medio de la crisis.

La estructura del pasaje da sustento al argumento petrino de manera ingeniosa e irrebatible. El doble llamado a ser prudentes y mantenerse despiertos, se sustenta en la figura representada por el león rugiente que anda buscando a quien devorar. Este andar buscando, rondar, se refiere a la observación cuidadosa que el diablo hace de todas y cada una de nuestras actividades cotidianas buscando la oportunidad para alejarnos de la fe. La figura se refiere, también, a la técnica de caza seguida por los leones, misma que consiste en rondar a las manadas, rugiendo para provocar terror y propiciando que los miembros más débiles e inexpertos, se alejen del grupo principal de sus semejantes quedando así más fácilmente a merced de su depredador.

Lo que Pedro enseña es que el creyente sólo está seguro y es beneficiado por la provisión divina cuando permanece en comunión estrecha con los demás creyentes. Que aislándose, manteniéndose al margen del Cuerpo de Cristo, se vuelve más vulnerable. La Biblia nos enseña que la razón para ello es sencilla: es sólo en la comunión de la Iglesia donde los dones espirituales actúan a favor de los creyentes; es la oración corporativa el espacio donde el poder de Dios se hace presente; y, es en la Palabra que se predica y enseña en la Iglesia, donde el creyente se nutre para permanecer fuerte y firme en cualquier circunstancia. La Biblia también nos enseña que el creyente debe permanecer alerta ante cualquier espacio de debilidad que lo ponga en riesgo: tanto de lo que dentro suyo (pecado, temores, concupiscencias, raíces de amargura, etc.), lo anime a separase del resto del Cuerpo de Cristo. Pero que también debe permanecer alerta ante aquellos ataques, desde fuera, que resultan en su contra como resultado de las relaciones disfuncionales, de la animadversión de sus enemigos y aun de las circunstancias de la vida misma. Ante todo ello hay que ser prudentes y mantenerse alertas, dice Pedro.

El llamado a permanecer firmes en la fe ante el rondar del diablo, aunado a la referencia de que en todas partes del mundo los hermanos nuestros sufren las mismas cosas, nos lleva al tema de la auto-victimización. Cuando ante las crisis vitales se asume que sólo nosotros sufrimos, o que nuestro dolor es más grande que el de los otros, o que los demás no nos comprenden, tendemos a aislarnos de los demás quedando a expensas del ataque del diablo. Debemos entender que el dolor aísla, sí, pero no lo hace de manera natural. El aislamiento como fruto del dolor evidencia la fragilidad, la debilidad de los lazos de amor de quien sufre y los suyos. Y en esto hay una corresponsabilidad en unos y otros. De ahí la necesidad de, cotidiana e intencionalmente, desarrollar relaciones sanas, complementarias y sustentadas en la fe común.

Pedro asegura que a quienes se mantienen en comunión intencional, propositiva y sustentada en la fe, con su Señor y su Iglesia, Dios los hará perfectos, firmes, fuertes y seguros. Pero, aclara que ello sucederá, después de que hayan sufrido por un poco de tiempo. Aquí, Pedro se une a Pablo cuando este asegura por su lado que, en Cristo, esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.

La desesperación de los animales que se sienten bajo el poder del león que los rodea, les lleva a asumir que su fin ha llegado y se abandonan ante quien los ataca. Lo mismo sucede con los creyentes que no han permanecido fieles en la Palabra que han recibido. Se vuelven fatalistas. Se resignan porque no ven la posibilidad de cambiar el curso de los acontecimientos. Pero los creyentes que permanecen en Cristo, saben que ningún sufrimiento permanece indefinidamente y que ningún sufrimiento tiene el control definitivo de nuestra vida. En Cristo, se sufre por un poco de tiempo y toda tribulación es momentánea. Además, el fruto del sufrimiento es la perfección, la firmeza, la fuerza y la seguridad eternas. Así como que los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento. (1 Co 4.17)

En pleno Siglo XXI, los creyentes seguimos enfrentando situaciones de crisis. El diablo sigue rondando alrededor nuestro, buscando destruirnos. Cierto. Pero, más cierto aún, porque es promesa divina, es que el Dios de toda gracia,  que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo,  después que hayamos padecido un poco de tiempo,  él mismo nos restablecerá,  afirmará,  fortalecerá y nos cimentará. Tal y como lo ha hecho una y otra vez, siempre que hemos enfrentado la prueba, cada vez que el diablo nos ha atacado… y hemos permanecido unidos a Cristo.

Por eso, quienes están enfrentado la crisis, o cuando la misma llegue a nuestra vida, debemos tener presente que el Dios quien nos ha traído hasta aquí y que ahora nos sustenta, es el mismo Dios que en su gran amor nos ha llamado a tener parte en su gloria eterna en unión con Jesucristo. Que, consecuentemente, nuestro destino no es ni el fracaso, ni el dolor eternos. Por el contrario, nuestro destino es la manifestación gloriosa del poder, de la paz, del amor y del cuidado divino por siempre.

Romanos 1.18-32, Una Propuesta para el Estudio Bíblico

2 mayo, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Romanos 1.18-32

Algunos dicen que este pasaje no debiera formar parte de la Biblia. Aseguran que para una persona sensible a las cuestiones espirituales, resulta vergonzosa tan detallada descripción de la bajeza alcanzada por los seres humanos. Lo cierto es que uno no puede leer este pasaje sin el temor a verse incluido en alguna de las conductas propias de quienes ofenden a Dios; más aún, uno no puede leer este pasaje sin dejar de sentirse incómodo pues, sabemos, en alguna manera formamos parte de él.

Creo que detrás de tan difícil incomodidad, el pasaje resulta especialmente valioso por cuanto nos permite conocer más del carácter de Dios, así como del cómo de su relación con los hombres. Además, nos ayuda a dejar de lado ciertos prejuicios, mitos y sentimientos animados por la ignorancia respecto del cómo del origen del pecado y de la degradación del ser humano. Sobre todo, el pasaje nos ayuda a aterrizar los principios de la relación de Dios con la humanidad, al hecho concreto de su relación con nosotros y viceversa.

En particular el pasaje pone en evidencia el conflicto resultante de la lucha que todo ser humano enfrenta respecto de la subordinación de su voluntad a los mandamientos divinos. Muy dentro nuestro hay un principio de individualidad que se traduce en rebeldía ante lo establecido por Dios. Considero que son dos las razones básicas que explican tal cosa: primero, nuestra conciencia de individualidad, de seres autónomos. Somos y, por lo tanto, nos convertimos en el centro y razón de ser de nuestra existencia. Vivimos para nosotros y en función de nosotros. Después de todo, somos nosotros. Nadie, ni siquiera Dios tienen por qué asumirse o convertirse en la razón de nuestra vida. Dios, como todos y todo debe, pensamos, adaptarse a lo que nosotros somos, pensamos y decidimos.

La segunda razón que explica tal conflicto es que, conciente e inconcientemente, asumimos un principio de igualdad entre nosotros y Dios. De hecho, la Biblia se refiere a esta pretensión como el centro de la propuesta del diablo a Eva: serán como dioses, sabiendo lo que es bueno y es malo. Este sabiendo significa asegurando al ver, es decir, la promesa es que será como Dios porque podrán asegurar qué es bueno y qué es malo. Detrás de toda desobediencia o menosprecio a lo establecido por Dios se encuentra tal pretensión de igualdad: ante lo que Dios declara bueno o malo, la persona asume que también ella puede decidir qué es lo bueno y qué es lo malo. De hecho, este es uno de los principios de la cultura post-moderna, en la que valores tales como tolerancia y pluralidad sólo esconden el principio satánico de que todo es bueno o malo para quienes lo consideren de una u otra manera. Lo mismo si se trata de cuestiones tales como creencias religiosas, preferencias sexuales, cuestiones morales y, por qué no, hasta cuestiones éticas: discriminación, explotación, etc.

El pasaje también destaca, como uno de los claroscuros del carácter de Dios, el respeto absoluto que él tiene a la libertad del ser humano. Dios creó al ser humano con la capacidad para elegir y Dios respeta hasta el extremo el derecho implícito en tal característica del ser creado por él. ¿Por qué me refiero a ello como un claroscuro del carácter de Dios? Por una simple razón, resulta muy difícil comprender por qué Dios permite que el hombre haga lo malo, con todas las consecuencias que ello acarrea. Por qué Dios no obliga a hacer lo bueno, por qué Dios no impide las cosas malas: guerras, asesinatos, injusticias, etc., es uno de los elementos más difíciles de comprender acerca de Dios. Si él puede, ¿por qué no lo hace? ¿Por qué se queda quieto, por qué permanece insensible ante tanto dolor humano, sea este social o individual?

Bueno, el pasaje asegura que Dios ni permanece quieto, ni resulta insensible al quehacer del hombre. Dios sí hace, sí actúa. De acuerdo con Pablo, Dios ha hecho tres cosas fundamentales: se ha manifestado, es decir ha mostrado cuál es ser y su propósito en cuanto a su relación con el hombre;  ha dado al hombre la capacidad para discernir para que elija lo que mejor conviene; y, se ha dado a conocer, es decir ha establecido una relación íntima con el hombre, en la que Dios sigue siendo Dios y el hombre sigue siendo él mismo. Lo que el pasaje nos enseña es que quien obedece a Dios no deja de ser él, no se borra como persona, sino que, por el contrario, se realiza plenamente. Hay quienes se resisten a obedecer porque piensan que si obedecen son cada vez menos ellos, la Biblia nos enseña que, por el contrario, quien obedece es cada vez más, en mayor grado, un ser humano íntegro.

El pasaje también nos muestra que, contra lo que pudiera parecer, quien desobedece ni es más libre, ni tiene mayor éxito en la vida (entendiendo este como el llegar a ser aquello para lo cual nacimos). En efecto, Pablo describe un proceso degenerativo en quienes no obedecen y lo hace utilizando tres conceptos: inmundicia, pasiones vergonzosas y mente depravada.

Se empieza ensuciándose, manchándose. En esta etapa la esencia espiritual de la persona sigue siendo mayormente limpia. El segundo concepto: pasiones vergonzosas, se refiere al dominio que las emociones adquieren sobre la persona, se vuelve pasional. Vive bajo el control de sus deseos desordenados, la racionalidad, es decir la capacidad para discernir todavía está presente, pero subordinada al poder de la pasión. El tercer concepto, mente depravada, también puede leerse como mente reprobada. El término usado por Pablo se refiere a los metales que no pasan la prueba, que bajo la influencia del ácido muestran que no son lo que parecen ser. Más aún, se refiere a quien no puede esperar recompensa futura por su conducta. Es decir, la persona llega a un estado del que ya no puede salir por sí misma.

Resulta especialmente interesante considerar la expresión que precede a los conceptos antes mencionados, en el escrito paulino: los entregó Dios (1), Dios los entregó (2). Es decir, permitió que ellos mismos se arrastraran hacia atrás, que dejaran de ser lo que él los hizo y cayeran en la condición de esclavos de sus propias pasiones. Esto es lo que significa la expresión del verso 22: “pretendiendo ser sabios, se hicieron necios”, dejaron de entender y, por lo tanto, perdieron la capacidad para discernir, para juzgar correctamente. No pierden la capacidad para juzgar, para razonar, sino para hacerlo de manera correcta.

¿Por qué Dios actúa así, por qué los entrega y no los obliga a pensar y a actuar correctamente? La respuesta está en el primer versículo que hemos leído: “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad”. El pecado hace del hombre un enemigo de Dios y trae como consecuencia inmediata la muerte espiritual del primero.

Y es de esta cuestión de la que se ocupa el Evangelio, Jesucristo quien es la buena noticia de Dios. Porque, si bien, la paga del pecado es muerte, también es cierto que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. (6.23) Juan asegura que Jesús, el Hijo de Dios, apareció para deshacer las obras del diablo. (1Jn 3.8) Esto significa que quien ha desobedecido a Dios y llegado a las circunstancias más absurdas y degradantes, tiene esperanza. Significa que nosotros mismos podemos ser regenerados y liberados del poder del pecado en nuestra vida. Y, también significa que todo aquello que perdimos y que echamos a perder en nuestra vida de pecado, puede ser ocasión de bien (8.28). Claro, si nos volvemos a Dios y permitimos que él haga de nosotros nuevas criaturas.