Archive for the ‘Agentes de Cambio’ category

Dejar, Unir

25 julio, 2009

Génesis 2.22-25

En la boda de Adriana y Milton

Dicen que cada nuevo matrimonio es una oportunidad que Dios se da a sí mismo para recuperarse del fracaso de Adán y Eva. No sé si ello será cierto, lo que sí sé es que cada nuevo matrimonio representa la oportunidad de empezar una nueva forma de vida. Oportunidad que da a los casados el espacio para descubrir lo mejor (y lo peor), de sí mismos, sabiendo que son ellos quienes irán creando el camino para su plena realización con personas y como pareja.

El camino a la plenitud matrimonial pasa por dos condiciones: hay que dejar y hay que unir. Muchos matrimonios se han quedado a la mitad del camino porque no han dejado y no han unido. Y es que el cumplimiento de ambas condiciones resulta esencial, costoso, sí, pero siempre gratificante. Dejar y unir, como una semilla llena de vida, siempre darán como fruto “una nueva carne”, es decir, la formación de esa persona a la que llamamos “pareja”.

Todos los novios, cuando se preparan para ir a la que será su “nidito de amor”, descubren que hay que dejar cosas, costumbres y relaciones. Aún los que reciben al cónyuge en su propia casa, tienen que escoger, separar y deshacerse también de cosas, costumbres y relaciones. Lo que sucede en los días previos a la boda es anuncio de lo que habrá de venir en el día a día del nuevo matrimonio. Conciente e inconcientemente se tendrá que ir dejando lo que no es propio de la nueva relación.

Dejar Padre y Madre

La figura bíblica que se refiere a dejar “padre y madre” es por demás reveladora. Lo primero que implica es que los que se casan salen, deben hacerlo, de la cobertura parental. Se trata, por lo tanto, de una emancipación plena. Me gusta la segunda acepción del término emancipar: “Liberarse de cualquier clase de subordinación o dependencia”. Para ser una nueva persona, para ser pareja, los casados deben estar libres de cualquier sometimiento o reconocimiento a un poder familiar superior.

Para los casados esto significa el asumir plenamente la responsabilidad de sí mismos. Hacerse cargo de las consecuencias de sus decisiones, así como del costo de las mismas. Deben asumirse otros, respecto de sus padres, hermanos y demás familiares. Esto tiene que ver con el establecimiento de prioridades, así como la reelaboración de los roles personales los que tienen que ver con la relación con sus familias parentales. Para los nuevos esposos, el uno y el otro son y están antes que sus padres y demás parientes. Aunque persiste su condición de hijos y hermanos, esta se reestructura y queda subordinada a los intereses, las prioridades y las responsabilidades propias de la relación de esposos. Tarea difícil esta.

Desde luego, tarea difícil para los esposos. En particular para quienes llegan al matrimonio trayendo hijos, y hasta nietos, de pasadas relaciones. También a estos hay que dejar, en el sentido bíblico de la expresión, para asumir como primera y principal relación la que les une a su pareja.

Pero, también, tarea difícil para las familias parentales. Para que los nuevos esposos puedan dejar, se requiere que los padres, hermanos y demás parientes, estén dispuestos a dejarlos ir. Antes decía que lo que sucede en los días previos a la boda es anuncio de lo que ha de venir. Después de treinta años de casar parejas, conozco bien de los conflictos intrafamiliares por cuestiones tales como si hay o no recepción de bodas, por el monto de los gastos nupciales, por a quién se invita y a quién no, etc. Estas y otras muchas cuestiones solo evidencian la necesidad conciente e inconciente de los padres, hermanos, abuelos, tíos, etc., de mantener bajo la cobertura familiar a los que se están yendo. Y son, también, anuncio de lo que puede venir si unos y otros no se deciden a irse y a dejar ir. El matrimonio es asunto de los dos que se casan. Ellos marcan rumbo, establecen tiempos y prioridades y pagan, siempre, el precio de sus decisiones.

Así que, a los novios les digo: “paguen el precio de ser ustedes mismos, dejen y váyanse”. A los familiares les recomiendo: “dejen ir a sus hijos, hermanos, padres, etc.”, el camino por el que habrán de andar es de ellos y a ellos toca el decidir a dónde, cuándo, cómo y con quiénes habrán de transitarlo. Que los novios se vayan y que los suyos los dejen ir es una expresión sublime del amor. Porque no se van porque dejen de amar a los suyos, ni los dejamos ir porque ya no los queramos. No, se van y los dejamos para que ellos y nosotros podamos descubrir y transitar nuevos caminos de amor.

Llegarán a Ser como Una Sola Persona

Las últimas palabras de nuestra lectura bíblica, NVI las traduce así: “Y los dos se funden en un nuevo ser”. Dejar padre y madre para llegar a ser uno solo, sin dejar de ser uno mismo. En tal propósito, ser como una sola persona, existe la tensión del “ya y todavía no”. En cierta manera, los nuevos esposos ya son una nueva persona, por eso son un matrimonio, una pareja. Pero, al mismo tiempo, no lo son sino que están en dirección de serlo. Por eso es que he utilizado el término “camino” como sinónimo de la relación matrimonial. Camino es la “tierra hollada por donde se transita habitualmente” y “vía que se construye para transitar”.

El matrimonio es tierra que hay que transitar habitualmente. También es una vía que nos lleva al propósito de terminar siendo uno solo. Tres son las etapas de este hollar la tierra que convertimos en vía: el deseo, los sueños y el propósito. La etapa del deseo es emocionante y candente; llena de romanticismo y pasión. Sin embargo, no garantiza el que la pareja se funda en un nuevo ser. Tampoco la etapa de los sueños, cuando la pasión se agota, cuando las emociones disminuyen, soñamos con lo que fue y con lo que nos gustaría que fuera. Pero, como los sueños, sueños son, poco sirven para hacer de la pareja un solo ser. La unión de la pareja pasa necesariamente por el compromiso. Es decir, por la obligación contraída con uno mismo y con el otro. La obligación que se mantiene pese a las dificultades, pese a los desánimos, pese a las decepciones.

Quien empieza un camino sabe que lo que valida la experiencia no es el iniciarlo, sino el llegar al final previsto. Pero, son muchas las parejas que dejaron el camino cuando dejó de haber razón para el compromiso. Hablar de esto así y en las circunstancias sociales que nos envuelven puede resultar incómodo y, para algunos, hasta obsoleto. Pero, quiero creer que quienes se casan quieren alcanzar el propósito de llegar a ser una sola persona. Que no se unen para fracasar, sino para trascender. Que más interesados están en el fin del asunto, que en estos emocionantes momentos del principio del mismo.

A quienes ya han hollado tierras de otros caminos, debo advertir que en su actual caminar habrán de encontrar paisajes que les recordarán viejos caminos. Y que, por momentos les parecerá que están allá y no aquí. Y, quizá, se vean animados a renunciar al viaje que han emprendido. Yo les animo a que se propongan alcanzar la meta, que luchen contra todo lo que pretenda echarlos fuera del camino. Que, contra toda desesperanza, mantengan la esperanza. Que perseveren y que no desistan a menos que permanecer en este camino atente contra su propia dignidad y valía.

Los caminos largos nos hacen viajar de noche, entre las tinieblas. Los que se casan habrán de encontrar valles de sombra y de muerte. Pero no estarán solos cuando enfrentan tales realidades. El que consagren su matrimonio a Dios les garantiza la presencia divina a lo largo de su caminar. La gracia, el amor y la guía divinos son, han sido y serán la razón que les sostiene, les consuela y les dirige.

Salir al camino del matrimonio sin la presencia de Dios no es un acto de valor y autosuficiencia, es, cuando menos, un acto irresponsable. Todos los matrimonios necesitamos de la gracia divina. Del regalo incondicional que Dios nos da de la salvación en Cristo. San Pablo aseguro que, por gracia, Dios nos ha dado un espíritu, una manera de pensar, que se distingue por el amor, el poder para ser dignos en cualquier circunstancia y el dominio propio que nos permite prevalecer aún ante la inmadurez del otro. Necesitamos también del amor que escucha, comprende y acompaña en las más diversas circunstancias a las que el matrimonio nos lleva. Y, desde luego, necesitamos de la guianza divina. Si el matrimonio es camino que no conocemos, hay uno que ya nos espera al final del mismo: nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Él puede decirnos por donde, cuando y como ser y hacer matrimonio. Cuando no sabemos, él sabe y cuando no podemos, él puede.

En Cristo, quienes se casan, pueden alcanzar las metas que se han propuesto. Pueden disfrutar el placer de caminar juntos por caminos desconocidos. Es más, en Cristo, quienes se casan pueden encontrar la libertad para ser totalmente ellos y totalmente uno. Porque en Cristo, no solo el inicio es bueno, el final lo es mejor.

En el Mundo Ustedes Tendrán Aflicción

20 julio, 2009

Juan 16.33

De vez en vez, Jesús dijo cosas que descorazonaban a sus oyentes, cosas que no resultaban agradables al oído, ni al corazón. Pero algo que quienes seguían a Jesús aprendieron fue a no juzgar el todo de su mensaje por algunas de las cosas por él dichas. Tal el caso de nuestro pasaje: “En el mundo, ustedes habrán de sufrir, pero tengan valor: yo he vencido al mundo”.

La declaración de Jesús: “ustedes habrán de sufrir”, adquiere un significado totalmente diferente cuando se escucha a la luz del enunciado-promesa que complementa su dicho: “pero tengan valor: yo he vencido al mundo”.

Generalmente, cuando oímos la palabra “mundo”, pensamos en los y lo que está “fuera” de nosotros: en los otros, en las cosas, etc. Sin embargo, la palabra utilizada por Jesús, cosmos, se refiere, sin embargo, a un orden existente. Mismo que ejerce una autoridad sobre la persona y sobre las circunstancias de la misma. Por lo tanto, Jesús, más que referirse a un lugar donde habremos de sufrir: la tierra; se refiere a un orden dentro del cual hay sufrimiento y dolor estériles.

Las Características del Orden Presente

Este orden tiene que ver tanto con nuestro interior, como con lo que está más allá de nosotros mismos.

Tiene que ver con nuestros pensamientos. La mayor parte de los conflictos humanos tienen que ver con los patrones de pensamiento de las personas. Eres lo que piensas, acerca de ti mismo y acerca de los demás. En la Biblia encontramos dos clasificaciones contrastantes de los pensamientos: (1) Pensamientos ansiosos, Sal 139.23-24.; (2) Pensamientos de paz, Jer 29.11. Los primeros son generados “desde adentro”, son el resultado de nuestra experiencia de vida, de la calidad espiritual de nuestra vivencia cotidiana, y del acoso de Satanás. Los segundos, son los que Dios tiene para nosotros y los anima (les da vida), en nosotros por el poder de su Espíritu. Los primeros tienen que ser discernidos, los segundos, creídos.

Tiene que ver con el poder limitado de Satanás sobre el creyente. Jesús llama a Satanás: “príncipe de este mundo”. El título en sí mismo, reconoce la autoridad satánica sobre este orden, sobre cierto orden. Aunque no de manera absoluta, es apenas príncipe, nuestro adversario gobierna, tiene la facultad y la capacidad para hacerlo. Ello explica muchos de nuestros conflictos y muchas de nuestras derrotas; tanto con los personales, como con los relacionales. Pero, Jesús dice algunas cosas que redimensionan el poder satánico: (1) El príncipe de este mundo ya ha sido juzgado. Jn 16.11; (2) El príncipe de este mundo será echado fuera. Jn 12.31; (3) El príncipe de este mundo no tiene ningún poder sobre mí. Jn 14.30.

Partiendo del hecho de que el príncipe de este mundo busca nuestro mal, pero que Jesús ya lo ha vencido, es que nuestro Señor puede hacernos un doble llamado: (1) A estar confiados, es decir, a actuar con valor. Esto es, a tener la disposición para enfrentar las situaciones, con la seguridad de que hemos de triunfar. Las declaraciones de Jesús respecto al príncipe de este mundo, son el sustento para tal valor: “ha sido juzgado”, “será echado fuera”, “no tiene ningún poder sobre mí”. (2) A entrar en su paz. Uso el verbo entrar, porque la paz de Cristo es un estado, una condición. No tiene que ver con las circunstancias o las cosas que pasan, sino con aquel en quien estamos.

La paz de Cristo no es la ausencia del sufrimiento. Es el permanecer en él, el creer lo que él nos ha dicho acerca de su poder, acerca de nosotros y acerca de las cosas que vivimos. Sabedor de ello, el Apóstol Pablo invita: “No se aflijan por nada, sino preséntenselo todo a Dios en oración; pídanle, y denle gracias también. Así Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús”. Flp 4.6-7.

La ansiedad provocada por la oscuridad, desaparece cuando se hace la luz. Así, el poder del sufrimiento desaparece cuando se hace evidente la paz de Cristo. La invitación paulina a “no afligirnos”, es un llamado a no perder el equilibrio, a no desorientarnos. A permanecer firmes y fija nuestra vista en Jesucristo mismo. Crecemos en ello por medio de la oración fiel, constante y confiada. El resultado es el cuidado de nuestras emociones y pensamientos por nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. En otras palabras, creer y permanecer en la palabra de Cristo, nos hace más que vencedores, en medio de todas estas cosas. Ro 8.37.

Poniendo la Vida en Todo lo que Hacemos

20 julio, 2009

Colosenses 3.23

El estudio de la Biblia permite descubrir el poder y la fuerza de las palabras. En la declaración paulina que sirve como sustento de nuestra reflexión, la palabra pas, “significa radicalmente todo”. Es decir, da a las palabras del Apóstol una carga totalitaria, por lo que no hay nada del pensar, hablar y quehacer del creyente que quede fuera de la admonición: “[todo] háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”.

La expresión “háganlo de corazón” puede ser traducida como: “poniendo la vida en lo que hacen”. Y el llamado “como para el Señor”, añade la que podemos considerar como “la dimensión del Reino”. Pues, de acuerdo con nuestro Señor Jesús, lo que hacemos con nuestros semejantes lo hacemos, en realidad, para él. Mt 25

Así: “Pongan la vida en todo lo que hacen porque, en realidad, todo lo hacen para el Señor”; sería una traducción que hiciera más lógica la conclusión del vs 25: “Porque ustedes sirven a Cristo, que es su verdadero Señor”.

“Ustedes sirven a Cristo”. Es esta otra frase llena de fuerza. Los creyentes estamos al servicio de Dios. Esto significa que lo que hacemos, “de palabra o de hecho”, lo hacemos para el bienestar, la gloria, de Dios. Nos unimos a su propósito y lo que hacemos contribuye a que él cumpla, en nosotros y en la Creación entera, su voluntad. Colaboramos con él y contribuimos al cumplimiento de su voluntad. ¿Por qué habríamos de hacer tal cosa? ¿Por qué vivir de tal manera?

Básicamente son tres las razones que tenemos para ello. La primera, porque reconocemos que Dios es nuestro Señor. La segunda, porque, en el bautismo, hemos contraído el compromiso de servirle. Y, la tercera, en gratitud por lo que él es y hace a favor nuestro.

Pero, ¿qué significa “poner la vida en todo lo que hacemos… porque todo lo hacemos para el Señor?

Cambiar nuestros Pensamientos Gobernantes

Primero que nada, significa cambiar nuestros paradigmas, nuestros pensamientos gobernantes. Saber que estamos al servicio de Dios implica reconocer que vivimos para algo más grande e importante que nosotros mismos. Es vivir sabiendo que la vida es más que aquello que generalmente nos ocupa; que la vida trasciende y que nosotros somos llamados a dejar huellas en la eternidad. En la práctica esto significa que somos llamados y nos obligamos a vivir una calidad de vida diferente, mejor. Nos negamos a la mediocridad (dejamos de tirar a lo malo), y nos comprometemos a vivir “como deben hacerlo los que han sido llamados por Dios”. Ef 4.1

El punto de inflexión, la cuestión que facilita el cambio de nuestra manera de pensar, tiene que ver con el pasar del presupuesto de la justicia, al de la gracia como la razón y el motivador de nuestras actitudes y acciones. Si poner la vida en todo lo que hacemos y hacerlo para el Señor, requiere de la negación a nosotros mismos; nunca podremos hacerlo mientras nos mantengamos anclados al precepto de la justicia, entendida esta como nuestro derecho. Nunca podremos relacionarnos con los otros como con el Señor, si nuestro presupuesto vital es nuestro derecho. Con frecuencia escucho a quienes recomiendan, aconsejan, que se defienda lo que es justo, como el principio regulador de las relaciones. El problema es que quien se coloca en el espacio de la justicia, se obliga a sí mismo a la justicia, queda bajo la justicia divina. Mt 18.23-35 Y esta establece que no hay uno solo que sea justo y que, por “cuanto todos pecaron”, todos están lejos de la presencia gloriosa de Dios. Ro 3.23 DHH

El corazón de la relación cristiana es, antes que la justicia, la gracia. “La disposición amistosa de la que procede el acto bondadoso… bondad, buena voluntad en general”. ¡Qué diferentes serían nuestras relaciones si estas estuvieran regidas por el principio de la disposición amistosa a favor del otro! Si la justicia es retribución equivalente, la gracia es, siempre, don inmerecido. A fin de cuentas, el creyente es llamado a imitar, en su trato con los demás, la actitud y la conducta que Dios mismo ha tenido y sigue teniendo con él. Relación esta que se fundamenta en la gracia, antes que en la justicia.

Discernir al Destinatario Último

La segunda cuestión relacionada con hacerlo todo como para el Señor, es que aprendemos a discernir[1] quién es el destinatario último de nuestro quehacer. Sobre todo cuando se trata de las tareas de la Iglesia, es frecuente que nos confundamos respecto de a quién estamos sirviendo y de las razones que tenemos para hacerlo. Generalmente, nos vemos orillados a hacer las cosas “para el pastor”, “para los hermanos”, “por los perdidos”, etc. Pero, hacer la tarea de la Iglesia, por las razones y para las personas equivocadas, siempre termina en cansancio, frustración y fracaso. La razón es sencilla: nunca el otro será suficiente razón para que nos neguemos a nosotros mismos. Ni sus méritos, ni su simpatía, ni sus necesidades. Nada será suficiente razón para que pongamos la vida en lo que hacemos por el otro, puesto que el otro siempre representará posibilidades o taras que hagan parecer vana, absurda, nuestra entrega. Tal cuestión es válida aún para los miembros de nuestra propia familia, y no se diga para los compañeros de trabajo, de estudio, o los vecinos, las amistades, etc.

Solo Dios en Cristo es razón suficiente para que estemos dispuestos, y podamos, negarnos a nosotros mismos. Porque él es el Señor, porque nos hemos comprometido con él y porque vivimos una constante de gratitud por lo que es y hace en, y por, nosotros.

Obviamente, una clase de vida así requiere tanto de fe como de fidelidad. Es decir, se requiere de conocer y confiar en el Señor y en su Palabra. Conocerlo lo suficiente para confiar en él. Pero, también se requiere que, en todo, permanezcamos leales a él. A que, como Abraham, cuando ya no haya razón para la esperanza, creamos y tengamos esperanza. Ro 4.18 DHH Él es la razón de nuestra confianza y, por lo tanto, el sustento de nuestro actuar superior; así como él es la razón por la que permanecemos firmes en el propósito de poner la vida en lo que hacemos[2].

El camino que tenemos por delante es un camino de fe. No sabemos por donde va, ni el tiempo ni los recursos que demanda de nosotros. Pero, sabemos quién es: nuestro camino es Cristo. Por lo tanto, les animo a que en cada persona, circunstancia y reto que enfrentemos, procuremos descubrir a Cristo. Así podremos poner la vida en todo lo que hacemos, sabiendo que, en todo, servimos a Cristo quien es nuestro Señor.


[1] 1. tr. Distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas. Comúnmente se refiere a operaciones del ánimo.

[2] El que perdona termina la pelea.