Archivo para enero 2010

Fe y Poder

31 enero, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios,

ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer

que él existe y que recompensa a quienes lo buscan. Hebreos 11.6

Generalmente el binomio fe y poder nos lleva a pensar en esas alteraciones de la realidad a las que llamamos milagros. Asociamos la fe con el poder hacer cosas extraordinarias: sanidades, resolución de conflictos, obtención de recursos, etc. Tiene más fe, hemos aprendido a pensar, aquel que le pide a Dios que intervenga en su vida en situaciones de crisis, obteniendo una respuesta favorable y a modo de parte del Señor.

Nuestro pasaje, sin embargo, contiene una declaración de fondo que nos obliga a un nuevo enfoque respecto del poder de la fe. El autor sagrado asegura: sin fe es imposible agradar a Dios. Si redactamos la misma de manera positiva, esta declaración sería: la fe hace posible el que agrademos a Dios. Este no es un punto de menor importancia. La Biblia nos enseña que el propósito del hombre, la razón de su existencia es que glorifique a Dios. Isaías transmite las palabras del Señor: Este pueblo he creado para mí;  mis alabanzas publicará. Isa 43.21 Tal declaración complementa la comprendida en el capítulo 60.21, cuando dice: renuevos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme. El Catecismo de Westminster dice al respecto: El fin principal del hombre es el de glorificar a Dios, y gozar de él para siempre.

Así, la razón de ser de la fe consiste en capacitar al hombre para que pueda cumplir el propósito para el cual ha sido creado. Sin fe nadie puede agradar a Dios, asegura la Biblia. De ahí que sin fe, nadie puede cumplir plenamente su cometido en la vida, nadie puede realizarse en tanto ser humano. Lo que el autor de la Carta a los Hebreos dice es que la fe ayuda a la persona a ser y hacer aquello que glorifica a Dios. No se refiere solamente a la capacidad para realizar cosas extraordinarias y aún sobrenaturales, sino a la capacidad de vivir lo cotidiano de manera extraordinaria. De convertir lo natural en algo sobrenatural por cuanto la forma en la que el cristiano vive, se relaciona con sus semejantes y realiza su trabajo adquiere una nueva dimensión de testimonio del poder, el amor y la presencia de Dios en medio de los hombres.

En la Biblia, los milagros son señales. Es decir, son signos que representan otra cosa, indicio de algo. Fenómenos que nos permiten conocer o inferir lo que no conocemos o podemos ver. De ahí que los milagros, en tanto señales, no son un fin en sí mismos. Son recursos al servicio del creyente que tienen como objetivo principal el animar, enseñar y aún provocar que las personas glorifiquen a Dios reconociendo que él es el Señor y nosotros sus siervos.

Es en tal sentido y con tal propósito es que el creyente recibe el poder de hacer milagros, señales. La fe, en tanto certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve, produce un doble efecto en el creyente. Primero, le anima a buscar que Dios sea glorificado en él y por él; luego, le hace creer que Dios obrará de manera extraordinaria para revelarse a sí mismo al ser humano. Ambos elementos se traducen y hacen evidente el poder que mora en el creyente.

Nosotros podemos y debemos creer que Dios dará, al través nuestro señales, extraordinarias de su poder y e interés a favor de los hombres. Podemos estar seguros que cuando nuestro propósito principal en la vida es agradar a Dios y vivimos de manera consecuente con ello, los recursos de Dios estarán a nuestra disposición. Que podremos invocar su nombre y ver como lo natural se somete a lo espiritual. Podemos orar por los enfermos y ver que sanen. Podemos orar por la conversión de las personas, y ver que ellas se vuelven a Dios. Podemos interceder por quienes están en conflicto, y ver que son liberados del mismo.

¿Qué explica el que las cosas puedan ser así? En realidad el asunto es bastante simple. Quien se propone y compromete a agradar a Dios en todo, se sintoniza con Dios. Es decir, coincide en pensamientos y sentimientos con el Señor. Entiende el corazón de Dios y, por lo tanto, conoce su voluntad. En consecuencia no hace sino lo que Dios está haciendo. Se suma al quehacer divino. Es el caso de nuestro Señor Jesucristo. Él mismo dijo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre;  porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Jn 5.19. Tal declaración resulta doblemente importante. Primero, porque Jesús testifica la unidad esencial que hay entre él y el Padre. Se refiere, por lo tanto al hecho de que el Padre está en él. Lo mismo pasa con el creyente que busca agradar a Dios, su comunión es tal que el Espíritu Santo hace su morada en él mismo. El cristiano es un cristóforo, es el que lleva a Cristo. Además, nuestro Señor se refiere al poder hacer del creyente, en cuanto este hace lo que ve hacer al Padre. Es decir, los milagros se originan en Dios mismo y lo tienen a él como razón de hacer.

Esto nos lleva a considerar, brevemente, la cuestión de los milagros que hacen muchos y que se convierten en un fin en sí mismos o que tienen el poder de engañar a las personas. Engañarlas no solo en cuanto que las llevan a adorar a ídolos: la Santa Muerte, tales o cuales advocaciones de la Virgen, fuerzas espirituales varias, etc. Sino que las llevan a considerar que los milagros son derechos adquiridos por los creyentes y a seguir lo espectacular como el sustento de la fe.

Nuestro Señor Jesús advirtió a sus discípulos que, en los últimos tiempos, se levantarían falsos cristos y falsos profetas, que harán grandes señales y prodigios y podrán engañar aún a los escogidos. Desde luego, quienes así proceden no buscan agradar a Dios en todo, sino beneficiarse del amor y del poder divino. Por lo tanto, los cristianos somos llamados a examinar [comprobar] qué es lo que agrada al Señor. Efesios 5.10. Más aún, la Palabra nos exhorta: Queridos hermanos, no crean a cualquiera que pretenda estar inspirado por el Espíritu, sino sométanlo a prueba para ver si es de Dios, porque han salido por el mundo muchos falsos profetas. 1 Juan 4.1

En Conclusión

La fe es un don de Dios que provee poder al creyente para vivir agradando a Dios en todo lo que es y hace. Para hacer lo que agrada a Dios, el creyente requiere de un poder extraordinario, mismo que adquiere cuando están en comunión con Dios. A mayor comunión, mayor poder. Por lo tanto, es en la comunión con Dios que el creyente adquiere la capacidad para realizar cosas extraordinarias, las señales o milagros que testifican el poder, el amor y el interés del Señor en el aquí y ahora de las personas.

San Estanislao de Kotska, aseguraba: he nacido para cosas mayores (ad maiora natus sum). La fe nos hace ver lo que no vemos y aspirar a lo que no hemos alcanzado. La fe ilumina y sostiene nuestros sueños, nuestros deseos. No solo ello, los posibilita cuando estos tienen como propósito agradar a Dios. Les animo a tener fe, a abundar en la comunión con Cristo, sabiendo que hemos nacido para cosas mayores.

Fe y Ciencia

29 enero, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien. 2 Ti 3.16,17

Generalmente se asume que la Biblia y la Ciencia se excluyen mutuamente, que no se puede pensar científicamente y al mismo tiempo tener fe. Quizá la razón principal de tal creencia sea la ignorancia respecto de lo que la Biblia es y dice, así como de una inadecuada comprensión de lo que es la fe, su origen y propósito.

Para empezar a comprender el cómo de la relación entre la fe bíblica y la ciencia, conviene considerar algunos presupuestos necesarios en el acercamiento a la Biblia y su mensaje:

La Biblia es la Palabra de Dios y humana, al mismo tiempo. Creemos que la Biblia es la Palabra de Dios en cuanto que la misma ha sido inspirada por Dios mismo. El término inspirada se traduce del literal respirada por Dios. Esto no significa que Dios haya escrito o dictado la Biblia a los más de cuarenta escritores, sino que el Señor reveló sus misterios a los hombres que la escribieron mediante su Espíritu Santo, en un período aproximado de 1,600 años.

La inspiración y la revelación divinas no dejan de lado la humanidad de los escritores bíblicos. Estos interpretan ambas en un contexto personal e histórico particular. De ahí que podamos encontrar que las cuestiones culturales, con sus peculiaridades, enfatizan, perfilan y aún complican el mensaje bíblico. Muestra de ello es la existencia de dos relatos de la Creación, de diferentes relatos acerca del Diluvio, de las restricciones culturales que relegan a la mujer en cuanto a su participación en la liturgia y el liderazgo de la iglesia, las cuestiones apocalípticas, etc.

La Biblia tiene un mensaje y un propósito. El mensaje central de la Biblia, el eje temático de la misma es Jesucristo, Señor y Salvador de los hombres. De hecho, los primeros capítulos de la Biblia (Gn 3.15), contienen el llamado proto-evangelio. Por su parte, Apocalipsis, el último libro del canon sagrado, termina con una invocación y referencia a Jesucristo mismo. La lectura de la Biblia nos revela la llamada economía de la salvación. Es decir, la razón y la manera que Dios ha tenido y establecido para reconciliar al hombre consigo mismo. Tal es la doctrina (enseñanza), bíblica: Jesucristo y su obra redentora.

Por otro lado, el comprender quién es Jesucristo, cuál su obra y las consecuencias de la misma, establece el propósito de la Biblia y el cómo y para qué de la fe bíblica. En nuestro pasaje, el Apóstol Pablo establece que la Escritura es útil para: enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien. Este pasaje revela el carácter parenético de la Biblia toda: se trata de una exhortación, de un llamado a vivir de manera consecuente con lo que Dios es y lo que él mismo ha establecido como justo. A esto es a lo que la Biblia define como la vocación con que hemos sido llamados. Efesios 4.1.

La fe bíblica es confianza, pero también conocimiento. En efecto, el sentido primario de la palabra pistis, como sabemos, es firme persuasión, convicción basada en lo oído. Como podemos ver, tiene que ver tanto con la fiabilidad nuestra en lo que Dios declara en su Palabra y lo que esta nos revela de él; así como del contenido de la misma: su doctrina o enseñanza.

Sin embargo, el conocimiento que la Palabra transmite, aun cuando se traduce como ciencia, no se trata del conocimiento científico.  Sino del que permite al ser humano conocer, comprender, obedecer y, por lo tanto, vivir en comunión con Dios.

Tomar en cuenta lo anterior nos permite acercarnos de manera más objetiva y fundamentada a la cuestión de la relación entre la fe y la ciencia. Si la fe bíblica, la ciencia bíblica, no tiene como objetivo el explicar de manera científica los hechos naturales de la naturaleza, luego entonces no hay lugar para la contradicción o el enfrentamiento entre lo que la ciencia, en el sentido moderno, significa. La Biblia no se ocupa de tales asuntos. Aún aquellas cuestiones que pudieran parecer en conflicto, tales como la Creación, el origen y desarrollo de las relaciones humanas, etc., deben ser consideradas en su propio y particular contexto; así como en función del propósito de tales relatos. En el caso de las historias de la Creación, por ejemplo, la intención del texto bíblico es uno solo: establecer que Dios es origen y creador de todo lo que existe y que lo que él ha creado (incluyendo al ser humano), responde a un propósito divino.

Los autores bíblicos se valen de los recursos literarios a su alcance para relatar y hacer comprensible el quehacer divino a sus lectores. Por ello es que el lector de la Biblia tiene la obligación de interpretar en sus circunstancias y contexto histórico, lo que fue escrito en otras circunstancias y en otro contexto. De ahí, que la interpretación correcta de la Biblia es aquella que recupera los principios establecidos en sus páginas y los lleva a la práctica en las circunstancias y el contexto particular del lector.

Resulta interesante el descubrir que aun cuando la Biblia no se ocupa del conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales. Sus autores, de manera extraordinaria y sorprendente, se anticiparon hasta por varios siglos a los descubrimientos de la ciencia moderna en cuestiones tales como la astronomía, geología, física y aún en cuestiones de aeronáutica y meteorología, etc. (Para mayor información sigue este link)

El desarrollo de la ciencia, en su acepción moderna, así como la capacidad del hombre para investigar, descubrir y recrear la naturaleza se fundamenta en el cumplimiento del pacto establecido por Dios con el ser humano, en Génesis 1.28-31. A este Dios le ha concedido la facultad de tomar dominio sobre lo que él ha creado. Ha puesto bajo su facultad el observar, razonar y transformar lo que existe. Más aún, Dios ha prometido que a quien le falta sabiduría él habrá de dársela, si se la pide; y que a quien no entiende las cosas, él habrá de enseñarle cosas grandes y maravillosas. Si bien, tales promesas se refieren inicialmente al conocimiento de Dios, la experiencia ha demostrado que se cumplen también en aquellos que mediante la actividad científica procuran glorificar a Dios y servir a su prójimo.

La fe bíblica, el conocimiento de Dios y su propósito, actúa, por lo tanto, como un referente esencial para la tarea científica. Sustenta la capacidad y el derecho del hombre a hacer ciencia. Además de que, en el caso de los científicos cristianos, les dirige y empodera para que su tarea científica se traduzca en el bienestar de la humanidad, como un testimonio del amor y la presencia de Dios en medio de los hombres.

La fe bíblica no excluye ni rechaza al quehacer científico. Por el contrario, lo anima, lo orienta y lo dimensiona respecto del ser y del quehacer divinos.

Una Fe entre Muchas

17 enero, 2010

Pastor Adoniram Gaxiola

Quienes profesamos la fe cristiana enfrentamos el reto de hacerlo en un contexto de una creciente diversidad religiosa. Se trata de un reto porque cada alternativa religiosa desafía la convicción de los cristianos, así como su capacidad para proclamar el evangelio de Cristo en competencia con quienes ofrecen opciones más atractivas y acordes a la cultura contemporánea.

A lo largo de su historia, los cristianos han enfrentado diversas amenazas. Desde luego, han enfrentado la persecución violenta: muerte, despojo y aún el exilio de sus comunidades y/o países. Otros han enfrentado la marginación social, laboral y aún escolar. No pocos han sido encarcelados. En nuestros días, la amenaza mayor consiste en la propuesta postmoderna de que todas las creencias tienen igual valor, ya se trate de cuestiones de fe religiosa, de preferencias sexuales o de asuntos de moralidad. Todos, se enfatiza, tienen el mismo derecho de creer lo que prefieran y nadie tiene el derecho de imponer su creencia a los demás.

Otra faceta de la amenaza que enfrenta el cristianismo, y esta viene principalmente desde su interior, consiste en el hecho de que en la cultura postmoderna el sentimiento suple a la razón. Es decir, cada vez más importa menos la doctrina o enseñanza y la experiencia personal (lo que se siente), resulta el sustento de la fe. En este contexto, conviene acercarnos a la Palabra de Dios para entender lo que se espera de los discípulos de Cristo ante el hecho de la creciente diversidad religiosa.

El Carácter Único de la Fe Cristiana

La fe cristiana es excluyente (deja fuera y rechaza). La Biblia confiesa la existencia y señorío de un solo Dios. Nuestro Señor Jesucristo lo resume diciendo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. El Apóstol Pablo abunda en el carácter único del evangelio cuando asegura que: “Pero si alguien les anuncia un evangelio distinto del que ya les hemos anunciado, que caiga sobre él la maldición de Dios…”.

La exclusividad de la fe cristiana representa una tensión tanto para los no cristianos como para quienes lo son. Para los primeros, la fe cristiana resulta incómoda. Muestra de ello es la polémica actual respecto de los matrimonios gays, por ejemplo. El que la Biblia (Ro 1.26-28), asuma que la práctica de la homosexualidad es pecado, molesta a muchos y provoca que la fe cristiana sea menospreciada, objeto de burla y, aún, perseguida.

Pero, también el carácter exclusivo de la fe cristiana afecta a los cristianos mismos. Además de que son llamados a mantener la ortodoxia bíblica, creyendo y aceptado como la única regla de su fe lo que la Biblia dice, evitando toda clase de sincretismo religioso; los creyentes enfrentan el reto de parecer (y en no pocos casos serlo), intolerantes  ante la propuesta de que toda creencia tiene el mismo valor para llegar a Dios. Los cristianos fieles no pueden ser políticamente correctos y asegurar que todos los caminos llevan a Dios.

Desde luego, el que la fe cristiana se asume como el único camino para llegar a Dios representa no solo un reto, sino también un peligro para los propios cristianos. Estos pueden caer, y no pocos lo han hecho, en actitudes y conductas persecutorias y discriminadoras respecto de aquellos que no creen lo que el cristianismo enseña. Ejemplos clásicos de tales excesos son las Cruzadas, la Santa Inquisición y, en nuestros días, el menosprecio, la burla y las amenazas espirituales contra quienes ignoran o se rebelan contra los presupuestos de la doctrina cristiana.

Nada más alejado del Espíritu de Cristo.

Los Cristianos y su Relación con los No Cristianos

El elemento clave en la relación de los cristianos con quienes no lo son es la compasión. Esta consiste en una disposición favorable a los no creyentes, considerando su condición como ovejas sin pastor. Tal disposición favorable provoca al cristiano a interceder ante Dios por quienes viven sin fe y sin esperanza; así como a presentarles de la manera más adecuada posible el evangelio de redención. No se trata de perseguirlos, menospreciarlos o burlarse de ellos. Por el contrario, la compasión se expresa en el más absoluto respeto de ellos como personas y al derecho que tienen de creer o no creer, de aceptar o no aceptar el mensaje de Cristo.

Contra lo que muchos cristianos creen y enseñan, la disposición favorable hacia los no creyentes les obliga a permanecer en el mundo. Es decir, a mantenerse en relación estrecha con los no creyentes, a encarnarse en la realidad social y a no asumirse ajenos a la misma. La razón es sencilla, es en medio de las tinieblas donde se requiere que la luz brille. El cristiano es llamado a permanecer firme en su propósito de compartir con quienes no la tienen, la luz de Cristo. Hay cristianos que a la primera dificultad, ante el primer rechazo o ante la incomprensión que sufren, se aíslan, huyen o se amoldan a las circunstancias, se mimetizan (adoptan la apariencia de quienes les rodean).

En un mundo hostil, el creyente no es llamado a perseguir, humillar o burlarse de quienes profesan una fe distinta a la suya. Son llamados a permanecer firmes dando testimonio de aquel que vive en ellos y haciéndolo no solo visible, sino creíble. Para ello, su propia fidelidad a Cristo, su arraigo bíblico y su corazón compasivo son las armas espirituales que les garantizan la victoria sobre las tinieblas.

Ante las Diferencias Intra-Cristianas

La intolerancia religiosa se da también al interior de la familia cristiana y de las familias cristianas. Las muchas corrientes del cristianismo enfatizan, defienden y promueven diversos énfasis doctrinales, litúrgicos y morales. Fumar o no fumar, pre o post milenaristas, aplaudir o no aplaudir, bailar o no bailar, pentecostales o cesacionistas, etc. Son muchas las razones, o los pretextos, que amenazan no solo la unidad entre los cristianos, sino la armonía entre ellos.

La Biblia nos llama a la unidad entre los cristianos y no a la uniformidad. El cuerpo de Cristo, la Iglesia, como todo cuerpo humano tiene diversos miembros, cada uno con su propia forma y función. Pero, todos los miembros son un mismo cuerpo. Más allá de las diferencias secundarias en cuestiones de fe, los cristianos somos llamados a preservar la unidad del cuerpo de Cristo. Otra vez, la compasión que se expresa en el respeto al otro y a su otredad, resulta la clave para permanecer fieles al Señor y unidos a nuestros hermanos. Se trata de mantener la unidad del Espíritu, entre tanto llegamos a la unidad de la fe.

El riesgo de que rompamos la unidad del cuerpo de Cristo se da entre las distintas confesiones e iglesias cristianas. Pero, resulta mucho más inmediato y peligroso al interior de las familias cristianas. En ellas afloran distintos énfasis, prácticas y tradiciones que ponen en peligro su unidad no solo religiosa, sino familiar. Esposas que creen y acusan que sus maridos son menos cristianos porque hacen o no hacen lo que ellas consideran bueno o malo. Padres perseguidores de sus hijos adolescentes o jóvenes, a quienes quieren obligar a que asistan a la misma iglesia que ellos, les guste la misma música y se interesen en las mismas cosas que ellos, etc.

Al interior de nuestras familias debemos actuar, también, con compasión y caridad. Los adultos debemos respetar el derecho de los otros a profesar su fe en Cristo conforme a lo que el Espíritu Santo les revela a ellos. En aquellas cosas en que no nos parezca que proceden de manera correcta, debemos procurar aconsejarles con paciencia y humildad. Y si han caído en el error, debemos procurar restaurarles en la fe considerando que nosotros mismos enfrentamos el riesgo de tropezar y caer.

En el caso de los padres de adolescentes y jóvenes, debemos confiar en el poder de la Palabra que han recibido. Además, debemos abundar en el testimonio fiel, congruente y consistente. Tomando en cuenta que ellos nos conocen y saben de nuestra sinceridad, nuestra fidelidad y de nuestra integridad. Pero, también saben de nuestra simulación, nuestra carnalidad y nuestra incongruencia. Por ello, a más de abundar en el consejo sabio y paciente, debemos ocuparnos de que nuestro testimonio glorifique realmente al Cristo que servimos y amamos.

Desde luego, la oración paciente, perseverante y llena de fe a favor de los nuestros, puede mucho. Oremos con gozo y en esperanza por nuestra familia, procurando no ser nosotros mismos el obstáculo que impida que nuestra oración sea cumplida.

En Conclusión

Ya se trate de mantenernos firmes en medio de un mundo incrédulo y hostil, o ya se trate de mantener la unidad del cuerpo de Cristo, y/o de mantener la unidad y la paz al interior de nuestras propias familias, somos llamados a imitar el modelo de Cristo. Fieles, firmes y compasivos. Encarnándonos en la sociedad a la cual hemos sido llamados a servir, permaneciendo entre las tinieblas, pero sin perder nuestra identidad cristiana.

Sí, la obediencia al principio bíblico esbozado por Pablo, es y será la garantía de que podremos ser fieles y relevantes en medio de aquellos que no solo no confiesan su fe en Jesucristo, sino que atentan contra ella.

Haced todo sin murmuraciones ni discusiones, para que seáis irreprochables y sencillos,  hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como lumbreras en el mundo, asidos de la palabra de vida,  para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado.

Filipenses 2.14-16