Después de la mente, el terreno por excelencia de nuestras luchas espirituales es, precisamente, la familia. Ello, porque nada de lo que pasa a los miembros de la familia en lo individual les afecta única y exclusivamente a ellos, todo tiene un efecto multiplicador que termina afectando al todo de la familia. Se trate de cosas buenas o de cosas malas. Lo mismo sucede a la inversa, las dinámicas del sistema familiar terminan afectando a cada uno de sus miembros en lo particular, de diferente manera y en distintos grados. Lo que, genera a su vez, otra dinámica de afectación a los miembros y al todo de la relación familiar.
Siendo las cosas así, resulta interesante el hecho de que la Biblia poco nos dice, alerta o recomienda sobre la importancia y el cuidado de las relaciones familiares. De hecho, el número de veces que el Nuevo Testamento se refiere al ser familia y a la manera en que esta se relaciona es menor a diez. Diez son, apenas, las citas bíblicas que las Sociedades Bíblicas Unidas recomiendan para el estudio del tema. Quizá ello contribuya a darle una dimensión especial al hecho de que nuestro Señor Jesús se refiera a la familia como un modelo que permite una mejor comprensión de las cuestiones espirituales.
Al dinamismo que distingue al relato que Marcos hace de la vida de Jesús habrá que agregarle la dimensión contestataria de la vida y la propuesta evangélica del Señor. Jesús va por los caminos de la vida confrontando el orden establecido. Por lo tanto, despierta pasiones… y acusaciones. Los maestros de la ley lo acusaban de estar poseído por Satanás. Sólo así, decían, era posible que Jesús expulsara los demonios de aquellas personas que estaban poseídas.
Ser y hacer familia es equiparable a construir un proyecto único. Cada miembro puede ser descrito como una
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