Jesús sí, la iglesia no

Juan 13.34,35; Hebreos 10.23-25

Jesús los convence, pero la iglesia no, es el título de un libro publicado en 2009, por Dan Kimball. Con ese título Kimball verbaliza la que para muchos resulta una experiencia difícil, conflictiva y aun enajenante: La pertenencia y la asistencia a iglesia resultan cada vez menos relevantes para la vida diaria de las personas, aún de quienes, de alguna manera, se consideran a sí mismos como cristianos. Diversos estudios muestran que el número de asistentes a las reuniones congregacionales está disminuyendo significativamente, especialmente entre los hombres y los jóvenes.

Dichos estudios también muestran que un alto porcentaje de quienes todavía asisten a la iglesia se han convertido en consumidores pasivos de los bienes religiosos. Buscan diversos beneficios pero están lejos de comprometerse vitalmente con la vida congregacional. Como buenos consumidores y ante la variedad de ofertas religiosas a su alcance, cuando su congregación no recompensa sus expectativas, simplemente la cambian por otra. Muchos están más dispuestos a dar su dinero que su tiempo. Así, la pertenencia a una congregación suele convertirse en un problema complejo, costoso y no siempre satisfactorio.

¿Por qué habrían de comprometerse las personas con su congregación? ¿Qué razones podría tener un cristiano para hacer de su iglesia una de sus prioridades vitales? Desde luego, el Nuevo Testamento nos da muchas razones para ello. La primera tiene que ver con una cuestión ontológica, es decir, del ser mismo de la Iglesia: esta es el cuerpo de Cristo quien al través de la misma actúa entre los hombres. Donde Cristo, la Iglesia; donde la Iglesia, Cristo.

Además, la Iglesia es el espacio primario en el que los discípulos de Cristo son edificados y tienen la oportunidad de servir. En la Iglesia misma crecen, maduran y se capacitan en el ejercicio de los dones espirituales, para así estar en condiciones de servir con el evangelio a los no creyentes e incorporarlos a la Iglesia.

También, al contribuir de manera comprometida con sus recursos intelectuales, sociales, económicos, etc., los miembros de la Iglesia sirven como vasos comunicantes de la gracia divina, propiciando así la capacidad y la disposición de la comunidad de creyentes para realizar las tareas que se le han encomendado: la evangelización, el trabajo pastoral, la asistencia a los necesitados, el testimonio profético ante la injusticia social, etc.

Una última razón para mencionar aquí es que la hermandad, otro nombre para congregación, facilita el fortalecimiento mutuo, es decir, para que los cristianos se animen (se estimulen), mutuamente en la lucha espiritual a que son llamados.

Sin embargo, hay una razón fundamental para el compromiso congregacional. En Juan 13.35, nuestro Señor Jesús previene: Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos. El contexto del dicho de Jesús es de por sí relevante y revelador, Jesús está a punto de ser entregado a sus asesinos y, por lo tanto, la comunidad de sus discípulos surge como una comunidad distinta y alternativa a las multitudes que se ocuparán de destruir a Jesús y su obra. Ante la ausencia física de Jesús, que marca el inicio de una nueva etapa en la vida de sus discípulos, será el amor mutuo que estos cultiven, la evidencia y el sustento de su la validez de su mensaje.

Como nunca en la vida y el ministerio de Jesús se hace evidente el contraste entre la luz y las tinieblas, entre el reino de este mundo y el Reino de Dios. Jesús mismo era la imagen visible de Dios. Colosenses 1.15. ¿Qué es lo que hará creíble su mensaje ante su ausencia física? La respuesta está en el cómo de la relación entre sus seguidores. Ello explica que Jesús encomiende a los suyos que desarrollen y fortalezcan un modelo de vida y de relaciones que los distinga de quienes no siguen a Cristo, y sirva como evidencia de su realidad ante quienes viven sin Dios y sin esperanza.

La comunidad cristiana en general y cada congregación cristiana en particular tienen una doble tarea: Anunciar la realidad de Cristo, tanto de palabra como por obra; y, atraer a Cristo a quienes viven en tinieblas y bajo el poder del pecado. Esta es una tarea difícil que requiere de una condición particular en la forma de ser y relacionarse de los discípulos. A este respecto, el Apóstol Pablo exhorta a los filipenses, diciéndoles en el capítulo 2.15,16: Para que nadie encuentre en ustedes culpa ni falta alguna, y sean hijos de Dios sin mancha en medio de esta gente mala y perversa. Entre ellos brillan ustedes como estrellas en el mundo, manteniendo firme el mensaje de vida.

Según el Apóstol, los cristianos brillamos como estrellas en el mundo; con tan poética frase, Pablo actualiza el dicho de Jesús, quien nos asegura en Mateo 5.13,14: Ustedes son la sal del mundo… ustedes son la luz del mundo. Resumiendo así a la doble función de la Iglesia: Su ser diferente y su encarnación en medio de los sin luz, para traerlos a Cristo.

Este llamado resulta de especial importancia ante una realidad que nuestra congregación, como muchas otras, enfrenta hoy en día. Se estima que dos terceras partes de quienes asistieron a la iglesia en su infancia, la abandonan al llegar a la edad adulta. De particular interés resulta que uno de cada tres de quienes abandonan la iglesia, explican su decisión como el resultado de un proceso de decepción y desencanto ante lo que ellos consideran es la hipocresía de la iglesia.

Se refieren, principalmente, a la incongruencia entre el discurso de las personas que se consideran cristianas y el cómo de sus relaciones entre sí. Sobre todo, en tratándose de aquellos que son, al mismo tiempo, familias consanguíneas y miembros de la iglesia. Los conflictos familiares dividen y separan a las personas. Ello trae como consecuencia una pérdida del sentido de pertenencia lo que contribuye a que se deje de considerar como importante el permanecer en relación, familiar y eclesial, con aquellos quienes les han decepcionado.

Ante esta realidad, quienes viven su experiencia cristiana de manera incongruente acostumbran a argumentar que, a fin de cuentas, la fe es una responsabilidad personal. Arguyen que somos llamados a poner nuestros ojos en Cristo y no en las personas. Desde luego, de esta manera pretenden desplazar la responsabilidad que les corresponde ante su mal testimonio, a quienes, en última instancia, son afectado por el mismo.

A este respecto alguien ha dicho: Si escuchas a Caín, te dirá que el justo Abel era el problema. Si escuchas a la esposa de Potifar, te dirá que José era el hombre malo. Si escuchas a Saúl, te dirá que David era un traidor. Si escuchas a Amán, te dirá que Mardoqueo era un enemigo peligroso. Si escuchas a Judas Iscariote, te dirá que Jesús era el problema. Es decir, quienes no se comprometen en el cuidado de la santidad y la comunidad, encontrarán normal el responsabilizar al otro de sus propios errores.

Schökel y Mateos, en las notas de su traducción de La Nueva Biblia Española, salen al paso de quienes presumen que dado que la experiencia salvífica es una cuestión intimista e individual, por lo que el Reino de Dios no tiene por qué afectar el todo de nuestra vida, ni el de la comunidad en la que estamos insertos. En contraparte con tal pretensión, tales autores aseguran: El Reino de Dios no es pura interioridad, sino un hecho social con exigencias muy definidas; no se trata de proponer una ideología, sino de realizar un modo nuevo de vida… Jesús quiere realizarlo en un grupo que refleje las características del Reino de Dios, para que sea sal de la tierra y luz del mundo, por presentar de hecho la meta que él propone. Así, “entrar en el Reino de Dios” y hacerse discípulo de Jesús llegan a ser equivalentes.

Retomemos el núcleo de tal declaración: Un hecho social con exigencias muy definidas… [se trata] de realizar un nuevo modo de vida. Como creyentes somos llamados a ser agentes de cambio en un ambiente distinto y hostil a Cristo; y, para lograrlo debemos constituirnos en una comunidad alternativa cuya característica principal es el amor. El amor como mandamiento, como compromiso y no como mera sensación o sentimiento; mucho menos que como mera amistad. Juan 13.34,35.

El amor de los creyentes es fruto de su unidad con Cristo y del cultivo de la unidad entre la comunidad cristiana. De ahí que el amarse de los discípulos no es otra cosa sino el que estos, procuren mantener la unidad que proviene del Espíritu Santo, por medio de la paz que une a todos. Efesios 4.3. Desde luego, esto sólo es posible en la medida que los discípulos, (1) permanecen juntos (congregados); (2) en unidad de propósito; y, (3) procurando mutuamente el bien de cada uno. Hebreos 10.23-25.

Es decir, los creyentes somos llamados a desarrollar modelos de relación que contrasten con aquellas agrupaciones u organizaciones sociales carentes de Cristo, procurando convertirse en modelos alternativos y atractivos para estas últimas.

La actividad de la iglesia no puede limitarse exclusivamente a las reuniones de la misma. Los creyentes agrupados en cada congregación son llamados a desarrollar redes relacionales incluyentes de todos y cada uno de los espacios vitales de unos y otros. Pero, conviene tomar en cuenta lo ya dicho: lo que hace relevantes a las reuniones de la comunidad es la congruencia entre el discurso y la práctica, en cuanto santidad personal y cultivo de la comunidad de fe, que los asistentes evidencian.

Es un hecho que a menor compromiso, menor fruto y, por lo tanto, mayor insatisfacción. Así que podemos sintetizar nuestra respuesta a las preguntas planteadas diciendo que hemos de comprometernos con la congregación a la que pertenecemos porque sólo así podremos ser el tipo de personas y de comunidad que puedan brillar como estrellas en medio de una generación perversa; al mismo tiempo que resultaremos un testimonio viviente de la realidad de Cristo y, por lo tanto, su palabra se volverá relevante y atractiva para quienes ahora viven vacíos de él.

En la medida que crezcamos en el propósito de ser cada vez más miembros los unos de los otros, Romanos 12.5. Y en la medida que nos esforcemos para permanecer unidos, sostenidos y ajustados por todos los ligamentos, realizando la actividad propia de cada miembro, (Efesios 4.16), habremos de comprobar el valor y la importancia del compromiso con nuestra congregación y podremos alegrarnos al comprobar que honramos a Dios con nuestro fruto abundante y permanente. Juan 15.16.

Siempre debemos tener presente que somos llamados a dar testimonio de la realidad de Cristo en el todo de nuestra vida. No debemos olvidar que con nuestro testimonio contribuimos a que otros, los nuestros en primer lugar, crean que el evangelio es verdad y de principal importancia para sus vidas. Somos llamados a vivir de tal manera que nuestro testimonio anime a otros a permanecer en Cristo y no a abandonar el camino del Señor.

A esto los animo, a esto los convoco.

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