Tráeme otra jarra

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2 Reyes 4.1-7

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Cuando leo la historia de esta viuda pobre, no me resulta difícil el intentar ponerle nombre a ella y a sus hijos. Es que la experiencia de esta familia resulta tan contemporánea, tan propia de nuestros días, que uno bien puede decir: ¡yo la conozco! Para empezar, se trata de una familia que, a la desgracia vivida, la muerte del esposo y padre tiene que agregarle otra más: el peligro de que los hijos sean hechos esclavos por la deuda dejada por el hombre. Alguien dirá que las familias modernas, contemporáneas, no enfrentan el riesgo de la esclavitud de los hijos. ¿De veras? Lo cierto es que la ausencia de los padres, especialmente de la figura masculina, condena a las familias a situaciones extremas, dolorosas y condicionantes terribles: pobreza, desajustes emocionales, delincuencia, etc. ¿Habrá peores formas de esclavitud?

Hay otro elemento en la historia que me resulta desafortunadamente conocido. Podríamos llamarlo la injusticia de la vida. Fijémonos que cuando la viuda fue a ver a Eliseo, el profeta de Dios, se refiere a que el muerto fue un servidor de Eliseo. Es decir, se trataba de un hombre justo, temeroso de Dios y fiel servidor de la causa que Eliseo representaba. No obstante, era un hombre que vivió y murió en la pobreza y con grandes deudas. Yo me pregunto si en el clamor de la viuda a Eliseo no era, de hecho, un reclamo al profeta. ¿Qué clase de persona era este que no se dio cuenta de la condición de quién le sirvió fielmente, qué tipo de cuidados tenía el hombre de Dios de los suyos? ¿Cómo es que no supo lo que la familia de uno de sus colegas estaba enfrentando? ¿Por qué el bien con el que el hombre le había servido era recompensado con tanta injusticia y dolor para los suyos?

Ustedes estarán de acuerdo conmigo, creo, en que esta es una de las cuestiones más inquietantes que no pocos están enfrentando. ¿Por qué muchos tienen que enfrentar las consecuencias injustas de la vida? ¿Por qué hacer lo bueno no siempre es garantía de bienestar y felicidad? Me temo que estas preguntas inquietan a quienes hoy están enfrentando las consecuencias de sistemas político-económicos que, en medio de la pandemia que vivimos, agregan a su condición de pobres y enfermos desgracias sobre desgracias. Como los empleados de las grandes corporaciones a quienes obligan a trabajar en condiciones de alto riesgo, sin importar que enfermen o aún mueran, como ya ha sucedido y, desafortunadamente, seguirá sucediendo.

Contra lo que muchos acusan, la Biblia no es un compendio de relatos fantásticos de la vida. Por el contrario, los relatos bíblicos son terriblemente sinceros y duramente realistas. Revelan que el quehacer de Dios en medio de los hombres no es un cuento de fantasía en el que todos vivieron felices. No, lo que la Biblia revela es el quehacer de Dios en medio del quehacer de los hombres. Distingue bien entre el propósito y el hacer de Dios y el de los hombres. Y nos muestra cómo es que en las situaciones en las que los hombres enfrentan dificultades, Dios interviene y muestra su poder y misericordia. Tal el caso de los relatos que involucran a Eliseo.

Debemos a la NTV un encabezado en el capítulo cuatro del segundo libro de los Reyes. Milagros durante un tiempo de hambre, dice tal encabezado. Y, aunque nuestro pasaje es previo a tal apartado, me parece que este nos ubica no sólo en un contexto histórico, sino que nos revela la forma del actuar de Dios ante nuestras desgracias y limitaciones. Dios hace milagros, confirma la vida de Eliseo. Pero, estas intervenciones sobrenaturales de Dios no invaden las esferas de acción, autoridad y derecho de los seres humanos. Es decir, cuando Dios interviene no hace a un lado a las personas, sino que colabora con ellas para que enfrenten sus circunstancias y, una vez superadas estas, permanezcan firmes y capaces de hacer la vida por sí mismas. Con sus milagros, Dios no ocupa el lugar de las personas sino que las capacita y empodera, además de acompañarlas y ayudarlas, para que estas sigan siendo ellas sin merma de su identidad y libertad.

Eliseo tenía muchas alternativas a la mano para resolver el problema de la mujer. Conociendo su carácter y su historia, podía haber maldecido al acreedor y este habría muerto. Igual que como lo hizo con aquellos muchachos que se burlaron de su calvicie y un oso los destrozó. Podía haber pedido la intervención del rey para impedir que el acreedor esclavizara a los hijos de la mujer. Sí, podía haber hecho muchas cosas, pero, hizo algo inesperado. ¿Qué tienes en tu casa? Le preguntó a la mujer. Qué absurda resulta la pregunta, si ella tuviera en su casa algo de valor, algo que valiera la pena, no tendría que haber ido a pedirle ayuda al hombre de Dios. Por eso su respuesta sólo hizo evidente su pobreza, vulnerabilidad e impotencia: No tengo nada, sólo un frasco de aceite de oliva respondió.

Esta declaración es muy reveladora, no sólo de la condición de la mujer y de las personas que necesitan de un milagro. Nos muestra también cómo es que Dios actúa a partir de lo que tenemos. Lo que tenemos es lo que revela, precisamente, lo que no tenemos. El frasco de aceite de la mujer sólo hacía evidente todo lo que la familia no tenía, mostraba todo lo que le hacía falta. Esto es importante porque es la necesidad la que da lugar al milagro. En tiempos de hambre nos acercamos a Dios con lo que no tenemos en la mano.

Una constante de los milagros en la vida de Eliseo es la de la multiplicación. Multiplicó el aceite, multiplicó el grano y los panes de cebada, multiplicó la harina. En nuestras necesidades, Dios multiplica. Primero, multiplica su amor y las expresiones del mismo. Como su sabiduría, su amor se vuelve multiforme, abarca y satura el todo de nuestra vida. Trae consuelo, paz, fortaleza, acompañamiento, etc. Pero, también multiplica lo que tenemos y que aun así nos hace falta: salud, recursos, fuerzas… todo. Aún cuando no nos de lo que le pedimos, él sigue multiplicando lo que tenemos, poco o casi nada, y lo convierte en lo que nos hace falta y que nos conviene para la nueva etapa que tenemos por delante.

Los milagros tienen un final, porque Dios no está interesado en hacernos codependientes de él. Llegó el momento en que la madre aquella pidió otra vasija, ¡Ya no hay más! le dijo su hijo. Y, al instante, el aceite de oliva dejó de fluir. En la vida, cada uno debe llevar su propia carga, asegura Pablo en Gálatas 6.5 BLP El final del milagro no implica el desentendimiento de Dios respecto de nosotros o de nuestra suerte. Por el contrario, es el reconocimiento de que lo que ha hecho es suficiente para que podamos enfrentar lo que viene. Ahora, vende el aceite de oliva y paga tus deudas: tú y tus hijos pueden vivir de lo que sobre, le dijo el profeta a la viuda. Nada de ven cada quince días para que te renueve el milagro. Ve y haz lo que te es propio. Vive la vida con lo que tienes porque Dios te ha dado lo que necesitas.

En las circunstancias que enfrentamos quiero invitarles para que nos acerquemos a Dios pidiendo su actuar favorable para nosotros, los nuestros y los otros. Que pidamos no que cambie nuestras circunstancias, sino que multiplique lo que ya nos ha dado, lo que tenemos. A que confiemos que él puede hacer mucho con lo que nos parece tan poco. A que recordemos que, como le dice Ángel Figueroa al Señor: para ti no hay nada imposible, todo lo imposible es posible. Ello implica el reconocimiento y aprecio para lo que tenemos en nuestro aquí y ahora. Sabiendo que es principio de la bendición que Dios podrá agregar a nuestra vida.

Termino animándote a buscar al Señor. Quizá no parezca tener sentido el hacerlo, quizá no tengas mucha confianza para ello. De cualquier modo, vale la pena buscar a Dios en las circunstancias que enfrentamos. Al acercarnos a él su presencia afectará positivamente el todo de nuestra vida. Traerá bendición y nos capacitará para enfrentar lo que tenemos por delante. A esto te animo, a esto te convoco.

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One Comment en “Tráeme otra jarra”

  1. yanamontoya Says:

    Qué interesante propuesta, que Dios multiplique lo que ya nos ha dado.
    Que con lo resultante, seamos instrumentos útiles el sus manos.


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