Archivo para junio 2010

Para que el Mundo Crea

13 junio, 2010

Para que el Mundo Crea

Juan 17.21

Como hemos visto, la vida cristiana consiste en el vivir el aquí y ahora a la luz de la realidad del Reino de Dios. Es decir, el creyente es llamado a vivir su cotidianidad en el orden divino. Este sustenta y define el cómo del ser de la persona, el cómo de su actuar y, sobre todo el cómo de sus relaciones. Hemos dicho ya que la realidad del Reino se expresa básicamente en la santidad del creyente. Entendemos esta como la pureza moral y ética, así como en el asumirnos apartados para Dios procurando vivir de manera diferente a la que nos caracterizó antes de Cristo y de quienes no son de Cristo.

Ahora debemos ocuparnos del para qué de la vida cristiana. Al plantearnos esta cuestión, asumimos que ni la santidad, en cuanto pureza, ni la vida consagrada a Dios son un fin en sí mismas. Es decir, no se trata de no practicar el pecado sólo para ser limpios. Ni se trata de hacer las cosas a las que Dios nos llama, sólo por hacerlas. No, el propósito de la vida cristiana no consiste sólo en que seamos diferentes.

Nuestro breve pasaje contiene un par de elementos fundamentales para la comprensión del qué y el para qué de la vida cristiana. Primero, nuestro Señor se refiere a la cualidad distintiva de la vida cristiana: la unidad de los creyentes como cuerpo de Cristo. Después, el Señor establece el propósito de tal clase de vida: que el mundo crea.

Como hemos visto, hemos aprendido erróneamente que la vida cristiana resulta de lo que hacemos o dejamos de hacer. Mientras más hacemos en cierto sentido, se nos dice, más cristiana resulta nuestra vida. Pero, la Palabra de Dios nos enseña que el quehacer es fruto, consecuencia del ser. Así es que nuestro Señor, pide por sus discípulos no para que hagan, sino para que permanezcan siendo. ¿Siendo qué?, siendo uno con Dios y con sus hermanos en la fe.

El término utilizado por nuestro Señor Jesús y que se traduce como uno, tiene, entre otros, el sentido de uno en contraste con muchos. Se refiere, entonces, a la unidad esencial que los creyentes gozan. La koinonía, la unidad del Espíritu. Esta no la construyen los creyentes, la mantienen. Este mantenimiento consiste y es resultado del cultivo del amor que los cristianos disfrutan y expresan en lo cotidiano de sus vidas. La sustancia de la relación de Dios con los hombres, es la misma sustancia de la relación entre los creyentes: el amor.

Como su Pastor, debo confesar que de manera significativa he caído en el error de enfatizar, convocar y aún reclamar a ustedes el que no hagan –hagamos-, lo que se debe. Pero poco he insistido y promovido en el que cultivemos el amor que nos une. Lo he hecho, cierto, pero ni he abundado en la importancia que el cultivo de la unidad que nos une merece; ni me he ocupado en lo personal del fortalecimiento bilateral de tales lazos de amor. Por ello, pido a ustedes que me perdonen y que me ayuden, no sólo a amarlos con mayor pasión, sino a enseñarlos y animarlos debidamente al amor fraternal.

La razón por la que, como Iglesia de Cristo, abundemos en el amor fraternal es sencilla y va más allá de nosotros mismos. Porque no se trata sólo de que nos amemos más o de mejor manera. Es decir, la razón del amor fraternal no somos nosotros. Según la enseñanza de nuestro Señor, la razón y propósito del amor de los creyentes, es hacer creíble a Cristo. Que se haga evidente que él es el Mesías, que él es el mismo Dios que habita entre los hombres.

De tal suerte, la vida cristiana encierra un misterio salvífico. La unidad de los creyentes, al ser fruto de la unidad de Dios con ellos, se convierte en una fuerza poderosa que transforma, no sólo a los que ya creen, sino a quienes permanecen incrédulos respecto de Dios, de su amor y de su propósito.

Quiero animarlos, pues, a que estemos dispuestos a recorrer el todavía virgen sendero del amor y la unidad del cuerpo de Cristo. A que nos ocupemos de mantenernos unidos en lo cotidiano de la vida. Para ello se requiere que estemos dispuestos a mostrarnos vulnerables unos con otros, compartiendo nuestra cotidianidad y haciendo nuestras las alegrías y los motivos de llanto mutuos. Se requiere, también, que salgamos de nosotros mismos y vayamos al encuentro del otro. A que tomemos la iniciativa dinámica de involucrarnos y ser involucrados en el día a día de nuestras vidas. Y, desde luego, se requiere que fortalezcamos la conciencia de que los lazos que nos unen como creyentes son más fuertes y trascendentes que cualquier otra clase de lazos relacionales en los que participamos.

En el cultivo de la unidad que hemos recibido, encontraremos el poder para testificar y descubriremos como nuestra unidad se convierte en un argumento irrebatible a favor de la realidad de Dios en Jesucristo. Es decir, seremos testimonio viviente del amor y la intención salvífica con los que Dios se relaciona con los hombres.

Injusticia y la Guardería ABC

7 junio, 2010

El pasado sábado cinco de junio, decenas, si no es que cientos de familias sonorenses recordaron un día que, estoy seguro, desearían no haber vivido. En efecto, el cinco de junio de 2009, la Guardería ABC, subrogada por el Instituto Mexicano del Seguro Social a familiares de funcionarios federales y estatales, fue el espacio donde murieron cuarenta y nueve niños y decenas más quedaron heridos y algunos con discapacidades de por vida.

Difícilmente podemos comprender el dolor que madres y padres, junto con sus demás familiares, vivieron en tan fatal fecha. Menos podemos comprender el dolor que se renueva cada mañana, cuando se hace más y más evidente el hecho de las ausencias injustas. Injustas, sí, porque esos cuarenta y nueve niños no debieron morir; ni las decenas de niños heridos tenían por qué enfrentar la vida en la desventaja a la que la irresponsabilidad de unos pocos les ha condenado.

Estoy seguro que los padres de los niños muertos y los de los niños heridos habrán escuchado de labios piadosos, pero ignorantes, la invitación a que se resignen porque, después de todo, esa ha sido la voluntad de Dios. Sin embargo, lo que Dios nos revela de su carácter en la Biblia, nos hace estar seguros de que la tragedia de la Guardería ABC, de Hermosillo, Sonora, es todo menos el cumplimiento de la voluntad divina. Por el contrario, existen suficientes elementos que nos permiten asegurar que la tragedia que condena al dolor y a la desesperanza a todos, lejos de ser un acto de Dios, es un atentado contra la voluntad divina por cuanto es fruto de la injusticia, la corrupción, el pecado, vaya, de autoridades federales, estatales y municipales.

Sustenta nuestro dicho el que, hasta el momento, a poco más de un año de la tragedia, ninguna persona haya asumido responsabilidad alguna al respecto de la misma. A favor de los responsables opera la lasitud de del sistema jurídico mexicano. No solo porque las leyes reflejan, con sus lagunas y contradicciones, la ignorancia jurídica de los legisladores que las elaboran; sino, porque a más de con tal ignorancia jurídica, las leyes se elaboran de tal forma que quienes detentan el poder puedan encontrar salidas a modo a sus excesos u omisiones. El caso de la Guardería ABC, viene a mostrar cómo el marco jurídico está de tal forma elaborado, que garantiza la impunidad de los poderosos, de los beneficiarios del sistema político mexicano.

Contra el discurso frecuente y manipulador de nuestros gobernantes, México no es un Estado de Derecho, en el sentido ortodoxo del término. Porque, si el Estado de Derecho es aquel en el que autoridades e individuos se rigen por el Derecho, y éste incorpora los derechos y las libertades fundamentales, y es aplicado por instituciones imparciales y accesibles que generan certidumbre, la realidad nacional evidencia que tal no es el caso de México. En nuestro país, las instituciones creadas para preservar las garantías individuales, para asegurar el respeto a los derechos humanos y, sobre todo, para fortalecer la práctica de la justicia, han sido rebasadas por un estado legaloide que al través de las leyes hechas a modo termina legitimando la injusticia.

Cabe aquí hacer referencia a lo dicho por el Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Arturo Zaldívar, quien en el documento denominado Facultad de Investigación 1/2009, referente precisamente al caso de la Guardería ABC, establece: que las instituciones se ven rebasadas por la dimensión de los hechos o cuando las condiciones no les permiten actuar con libertad en el sistema democrático… Cuestión que obedece a que, en ocasiones, los entramados institucionales y metajurídicos dificultan el señalamiento de responsabilidad de las instancias de gobierno de la que dependen o con las que están orgánicamente vinculados los entes encargados de investigar y sancionar las conductas violatorias de los derechos.

Lo que el Ministro Zaldívar establece es, sencillamente, que el sistema legal mexicano está a expensas de los que él llama entramados institucionales y metajurídicos. Se refiere, indudablemente, a cuestiones tales como las alianzas corruptas entre funcionarios y sus familiares, el uso de prestanombres y, sobre todo, el poder económico que hermana a quienes tienen el deber de ejercer justicia y a quienes han hecho su fortuna gracias a la violación constante de la ley y la justicia misma.

Quizá alguno de mis oyentes esté pensando que cuestiones como esta no debieran ser del interés de una barra cristiana de radio, ni, mucho menos, de un pastor y predicador del Evangelio. La cuestión es que el Reino de Dios demanda de nosotros la práctica y la defensa de la justicia. El Profeta Miqueas asegura que lo que Dios pide de nosotros es: solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios. Y en Isaías, Dios nos exhorta a aprended a hacer el bien, buscad el derecho, socorred al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.

Nuestra fidelidad a Dios exige de nosotros que no permanezcamos indiferentes ante la injusticia de los poderosos y la impunidad de los mismos. Los padres de los niños muertos y los de los niños heridos, no solamente padecen la injusticia de la muerte y el dolor de sus hijos. Padecen también la injusticia de la impunidad de los responsables y la del cinismo de los que llevan la espada para hacer justicia, como dice Pablo. Impunidad y cinismo que actúan como abono en un estado de cosas en las que, cada vez menos, parece haber razón para cumplir con la ley y para mantener la esperanza de la justicia.

La manipulación que se ha hecho de los padres adoloridos, entre otras cosas con invitaciones a modo en la Presidencia de la República. El cinismo de los funcionarios señalados por el Ministro Zaldívar, quienes, seguros del poder de sus relaciones cortesanas, ni sudan ni se acongojan ante el reclamo de que rindan cuentas. O, el uso político que hacen quienes quieren dañar a sus adversarios, como el de quien desde Bucareli, asegura sin sustentar su dicho, que el incendio fue intencional. En fin, todo esto y mucho más, no es sólo una cuestión jurídica o política. Es, en su origen mismo, una cuestión espiritual. Lo es por cuanto evidencia que quienes han sido puestos por Dios para impartir justicia, han terminado sirviendo al diablo al ir en contra de lo que Dios ha establecido. En el caso de la Guardería ABC, los gobernantes han olvidado que: la justicia enaltece a una nación, pero el pecado deshonra a todos los pueblos.

La injusticia que propició la tragedia de la Guardería ABC; la injusticia que alienta en los familiares de los muertos y heridos, semillas de amargura que ahogan cualquier posibilidad de esperanza; la injusticia que exime a los responsables de la mínima rendición de cuentas, es pecado que deshonra a nuestro México.

Los cristianos, además de interceder de corazón a favor de los que se duelen por la ausencia y/o por la tragedia de por vida que sus hijos habrán de enfrentar, debemos, tenemos la obligación, no sólo de solidarizarnos con ellos, sino también la de asumir nuestra responsabilidad a favor de la justicia. Esto empieza por no asumirnos ajenos a lo que otros padecen por la impunidad, la corrupción, el cinismo, de nuestros gobernantes.

Pero, también requiere del que nos reconozcamos responsables de ser nosotros mismos hacedores de justicia. Cumpliendo y velando por el cumplimiento de las leyes justas. Exigiendo a funcionarios y gobernantes que cumplan con las tareas que se les hayan encomendado y que honren la confianza que, como ciudadanos, les hemos otorgado.

Muchas cosas habrán de cambiar en México cuando nosotros, la Iglesia de Cristo, asumamos nuestra tarea de ser sal de la tierra y luz del mundo. Mientras tanto, quiera Dios bendecir, consolar y hacer justicia a quienes hoy sufren la ausencia y el dolor de sus pequeños hijos.

Con Llamamiento Santo

6 junio, 2010

¿Qué es la Vida Cristiana?

Pastor Adoniram Gaxiola

¿Qué es la vida cristiana? La vida cristiana es el aquí y ahora que se vive en la realidad del Reino de Dios. Vivir la vida cristiana es vivir igual, pero de manera diferente. Así lo estableció nuestro Señor Jesucristo cuando, en su oración sacerdotal dijo: No te pido que los saques del mundo, sino que los protejas del mal. (Jn 17.15 DHH) Tiene que ver más con el cómo que con el qué de la vida.

En efecto, tiene que ver con el cómo vivimos la vida en cada una de las llamadas esferas vitales: como esposos, como padres, como hijos, como trabajadores y estudiantes, como ciudadanos, etc. La vida cristiana se distingue no por lo que hacemos, sino por el cómo lo hacemos. La diferencia la establece, de entrada, la manera en que se cumple en nosotros una doble dinámica: la del llamamiento y la vocación.

La Biblia nos enseña que el cristiano, el discípulo de Cristo, ha sido llamado con llamamiento santo. La cualidad de santo tiene que ver con quién hace el llamamiento: Dios, mismo. Además, tiene que ver con el hecho de que en tal llamamiento hay un propósito y hay gracia. Tal propósito no es otra cosa sino el deseo de Dios, mismo que ha de cumplirse con nuestra colaboración. Desde luego, el creyente participa de tal deseo de Dios, cuando es animado por el mismo Espíritu del Señor. En la salvación hay una incorporación, no sólo a la Iglesia, sino, sobre todo, al sentir de Dios. A esto se refiere nuestro Señor cuando pide: como tú,  Padre,  en mí y yo en ti,  que también ellos sean uno en nosotros,  para que el mundo crea que tú me enviaste. (Jn 17.21)

Por otro lado, el Apóstol Pablo, en Efesios 4.1, hace una especial convocatoria: os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados. Añade al hecho del llamamiento santo, la cuestión de la vocación. En principio parecería que nos encontramos ante una redundancia. Llamamiento y vocación serían sinónimos; sin embargo, podemos distinguir un matiz en ambos. Primero, el llamamiento se origina en Dios, como hemos visto y es, por lo tanto, un estímulo externo que apela a la persona. La vocación sigue siendo un llamado, pero actúa desde el corazón del creyente, quien ante el impacto de la gracia recibida se asume y siente motivado a responder al llamado que Dios le hace. En el binomio llamamiento-vocación, hay una doble fuerza de atracción y empuje para cumplir con el propósito divino en y para nosotros.

Esta doble fuerza se manifiesta y pone a prueba el todo de nuestro quehacer cotidiano. De acuerdo con Romanos 8, la calidad de vida está determinada por el espíritu que anima a las personas. Estas pueden ser animadas por la carne, o ser animadas por el Espíritu. Ser animados por la carne no significa, necesariamente, tener la intención de hacer cosas malas. Tiene que ver, sobre todo, con el hecho de que la razón para la vida es la satisfacción prioritaria del interés personal, vivir para uno mismo. En tal caso, la persona, lo suyo, se convierte en origen y propósito de su quehacer todo. Este egoísmo, [el] inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás. Afecta el todo de nuestra vida, lo familiar, lo laboral, lo social, etc. Desde luego, también afecta el cómo de nuestra relación y servicio a Dios. La pauta es la misma, nosotros primero, los demás, después.

Ser animados por el Espíritu de Dios no significa desatendernos de nosotros mismos. Por el contrario, nos obliga a prestar a lo nuestro la atención debida. Dios quiere fortalecer la obra de nuestras manos, tiene para nosotros propósitos de bien, porque en la medida que haya un equilibrio en nosotros, en la medida que seamos fuertes y estemos firmes, podremos servir mejor al propósito divino. Por ello, con honrosas excepciones, tales como quienes somos llamados al ministerio pastoral, Dios no saca a las personas de su dinámica diaria. No provoca el rompimiento familiar, ni el abandono laboral o escolar, ni la marginación social de los suyos. Por el contrario, Dios quiere que cada quien siga viviendo su propia vida, que cumpla sus sueños y alcance sus metas. Sí, pero que lo haga de una manera diferente.

¿En qué consiste tal diferencia?, podemos preguntarnos. Primero, se trata de que en todo lo que hacemos tengamos conciencia de que somos llamados, escogidos y fieles. Es decir, se requiere de asumirnos a nosotros mismos como diferentes. No basta con que nuestro hacer sea diferente, es indispensable que seamos y nos ocupemos de ser diferentes. Pedro nos llama extranjeros y peregrinos. (1Pe 2.11) En razón de tal cualidad, debemos, dice, abstenernos de los deseos pecaminosos que combaten contra la vida. De tal suerte, el primer elemento que marca la diferencia es que nuestro quehacer vital es santo: tanto porque es limpio, puro, por cuanto está consagrado para glorificar a Dios. Tratamos al esposo de manera limpia, porque queremos glorificar a Dios en nuestra relación matrimonial. Trabajamos honesta y comprometidamente, sin corrupción alguna, porque queremos que Dios sea glorificado y conocido por nuestro trabajo.

El segundo elemento diferenciador consiste en asumir como propias las prioridades divinas. Todo lo que hacemos, todo, tiene como propósito reconciliar a los hombres con Dios. El Señor nos ha llamado a ello y su llamamiento es irrevocable. (Ro 11.29). De ahí que toca a nosotros mantenernos firmes en el cultivo de nuestra vocación, es decir del impulso interior que nos lleva a responder al llamamiento divino. Esto, que empieza por la conciencia de nuestro ser diferentes, se traduce en que debamos asumir cuestiones tales como el éxito en la vida, la felicidad, la trascendencia, etc., de manera diferente. Debemos hacerlo a la luz de la eternidad. De ahí la importancia que tiene la exhortación que hace nuestro Señor: No os hagáis tesoros en la tierra,  donde la polilla y el orín corrompen,  y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo,  donde ni la polilla ni el orín corrompen,  y donde ladrones no minan ni hurtan.  Porque donde esté vuestro tesoro,  allí estará también vuestro corazón. (Mt 6.19-21)

Con tristeza vemos como muchos, en el afán de ganar su propia vida, la van perdiendo. Teniendo más, cada día tienen menos. Haciendo más, cada día cosechan menos bueno. Conviene que animemos nuestra vocación, para así responder a nuestro llamado, tomando cotidianamente la advertencia-exhortación hecha por Jesucristo: Todo el que quiera salvar su vida,  la perderá;  y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará, porque  ¿de qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? Mc 8.35-36)(