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Piedra Viva, Piedras Vivas

1 agosto, 2009

1 Pedro 2:1-12

Cuando la Biblia se refiere a la Iglesia como la comunidad de creyentes, siempre lo hace utilizando figuras en proceso de crecimiento: labranza, cuerpo, edificio. De ello podemos deducir que la vida cristiana es, siempre, una vida de oportunidades. Que nada es definitivo, por cuanto gracias a la obra redentora de Cristo y a la comunión con Dios mediante el Espíritu Santo, el creyente siempre puede “ir a más” en todas las áreas de su vida.

Jesucristo, la Principal Piedra del Ángulo

La comparación de la Iglesia con un edificio pasa por la consideración de un tema fundamental en el mensaje bíblico: Jesucristo es la piedra angular del edificio que es la Iglesia. Es decir, Jesucristo no solo es el sustento de la Iglesia, sino quien le da forma, sentido y consistencia. La Iglesia no puede ser otra sino aquella que Jesucristo ha establecido y a la que está edificando actualmente. Así que Jesucristo es esta clase de piedra, la primera y la que sirve de referencia única para la construcción toda del edificio.

Pedro se refiere a Jesucristo como “piedra y viva” y a continuación hace una interesante e importante traslación. En efecto, haciendo un giro discursivo se dirige a los creyentes y también a ellos los define como “piedras vivas” y los anima a que sean edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, ya que así podrán “ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”.

Casa Espiritual y Sacerdocio Santo

Las expresiones casa espiritual y sacerdocio santo resultan de por sí interesantes y retadoras. La primera (oikos), se refiere a la influencia espiritual que los creyentes unidos a Cristo pueden ejercer en su entorno social. Esta influencia no depende de sus conocimientos, habilidades o recursos. Es, simple y llanamente, la expresión del Espíritu de Cristo que habita en ellos. Mientras más Cristo en sí mismo, el creyente tiene una mayor influencia positiva, regeneradora, entre quienes convive.

Al ser una influencia espiritual, esta se caracteriza por ser invisible e intrínsecamente poderosa. El creyente no tiene que pregonar lo que está en él, de ahí la cuestión de la invisibilidad; pero, lo cierto es que el creyente tiene el poder para vivir de tal manera que quienes están a su alrededor sean afectados positivamente por el Espíritu que está en él. Este poder tiene que ver tanto con el liderazgo espiritual que el creyente ejerce de manera natural, como con la capacidad para llevar a Cristo hasta las personas y al entorno en que se desarrolla cotidianamente.

La segunda expresión, sacerdocio santo, también resulta importante. La función o tarea sacerdotal consiste en acercar a Dios a los hombres y a estos a Dios. El sacerdote acerca a Dios a los hombres haciéndolo comprensible y creíble. El sacerdote, es decir el creyente que tiene la mente de Cristo, revela la verdad de Dios a quienes están en oscuridad. Dios ha sido falsificado ante los ojos de los hombres. Eso explica tanto rechazo e incredulidad de muchos. Entre ellos, algunos de los que nos resultan cercanos. Por ello somos nosotros, que estamos unidos a Cristo, los que podemos ministrar a los incrédulos y los rebeldes para que se vuelvan a Dios.

Además, el sacerdote intercede ante Dios a favor de los hombres. La sanidad de la tierra, entendiendo esta como la regeneración integral de los hombres, depende, en buena medida, de la oración de los creyentes, tal como lo establece 2 Crónicas 7.14.

En Conclusión

Empezamos diciendo que, en Cristo, “el creyente puede ir a más”. Habiendo sido edificados en el fundamento de apóstoles y profetas, del cual Jesucristo es la principal piedra del ángulo, nosotros, como piedras vivas podemos crecer en nuestra fe al grado de poder ofrecer a Dios sacrificios espirituales que le sean agradables.

Podemos influenciar positivamente a quienes están en nuestro derredor y así convertirnos en agentes de cambio que contribuyan a la transformación de los individuos y aún de la sociedad. Es decir, podemos contribuir al establecimiento del Reino de Dios entre los hombres.

Además, podemos acercar a Dios a los hombres. Es decir, podemos hacer creíble a Dios y animar a quienes han perdido, no han hallado, la fe, a que se vuelvan a Dios y reciban la gracia redentora de nuestro Señor Jesucristo.

Poniendo la Vida en Todo lo que Hacemos

20 julio, 2009

Colosenses 3.23

El estudio de la Biblia permite descubrir el poder y la fuerza de las palabras. En la declaración paulina que sirve como sustento de nuestra reflexión, la palabra pas, “significa radicalmente todo”. Es decir, da a las palabras del Apóstol una carga totalitaria, por lo que no hay nada del pensar, hablar y quehacer del creyente que quede fuera de la admonición: “[todo] háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”.

La expresión “háganlo de corazón” puede ser traducida como: “poniendo la vida en lo que hacen”. Y el llamado “como para el Señor”, añade la que podemos considerar como “la dimensión del Reino”. Pues, de acuerdo con nuestro Señor Jesús, lo que hacemos con nuestros semejantes lo hacemos, en realidad, para él. Mt 25

Así: “Pongan la vida en todo lo que hacen porque, en realidad, todo lo hacen para el Señor”; sería una traducción que hiciera más lógica la conclusión del vs 25: “Porque ustedes sirven a Cristo, que es su verdadero Señor”.

“Ustedes sirven a Cristo”. Es esta otra frase llena de fuerza. Los creyentes estamos al servicio de Dios. Esto significa que lo que hacemos, “de palabra o de hecho”, lo hacemos para el bienestar, la gloria, de Dios. Nos unimos a su propósito y lo que hacemos contribuye a que él cumpla, en nosotros y en la Creación entera, su voluntad. Colaboramos con él y contribuimos al cumplimiento de su voluntad. ¿Por qué habríamos de hacer tal cosa? ¿Por qué vivir de tal manera?

Básicamente son tres las razones que tenemos para ello. La primera, porque reconocemos que Dios es nuestro Señor. La segunda, porque, en el bautismo, hemos contraído el compromiso de servirle. Y, la tercera, en gratitud por lo que él es y hace a favor nuestro.

Pero, ¿qué significa “poner la vida en todo lo que hacemos… porque todo lo hacemos para el Señor?

Cambiar nuestros Pensamientos Gobernantes

Primero que nada, significa cambiar nuestros paradigmas, nuestros pensamientos gobernantes. Saber que estamos al servicio de Dios implica reconocer que vivimos para algo más grande e importante que nosotros mismos. Es vivir sabiendo que la vida es más que aquello que generalmente nos ocupa; que la vida trasciende y que nosotros somos llamados a dejar huellas en la eternidad. En la práctica esto significa que somos llamados y nos obligamos a vivir una calidad de vida diferente, mejor. Nos negamos a la mediocridad (dejamos de tirar a lo malo), y nos comprometemos a vivir “como deben hacerlo los que han sido llamados por Dios”. Ef 4.1

El punto de inflexión, la cuestión que facilita el cambio de nuestra manera de pensar, tiene que ver con el pasar del presupuesto de la justicia, al de la gracia como la razón y el motivador de nuestras actitudes y acciones. Si poner la vida en todo lo que hacemos y hacerlo para el Señor, requiere de la negación a nosotros mismos; nunca podremos hacerlo mientras nos mantengamos anclados al precepto de la justicia, entendida esta como nuestro derecho. Nunca podremos relacionarnos con los otros como con el Señor, si nuestro presupuesto vital es nuestro derecho. Con frecuencia escucho a quienes recomiendan, aconsejan, que se defienda lo que es justo, como el principio regulador de las relaciones. El problema es que quien se coloca en el espacio de la justicia, se obliga a sí mismo a la justicia, queda bajo la justicia divina. Mt 18.23-35 Y esta establece que no hay uno solo que sea justo y que, por “cuanto todos pecaron”, todos están lejos de la presencia gloriosa de Dios. Ro 3.23 DHH

El corazón de la relación cristiana es, antes que la justicia, la gracia. “La disposición amistosa de la que procede el acto bondadoso… bondad, buena voluntad en general”. ¡Qué diferentes serían nuestras relaciones si estas estuvieran regidas por el principio de la disposición amistosa a favor del otro! Si la justicia es retribución equivalente, la gracia es, siempre, don inmerecido. A fin de cuentas, el creyente es llamado a imitar, en su trato con los demás, la actitud y la conducta que Dios mismo ha tenido y sigue teniendo con él. Relación esta que se fundamenta en la gracia, antes que en la justicia.

Discernir al Destinatario Último

La segunda cuestión relacionada con hacerlo todo como para el Señor, es que aprendemos a discernir[1] quién es el destinatario último de nuestro quehacer. Sobre todo cuando se trata de las tareas de la Iglesia, es frecuente que nos confundamos respecto de a quién estamos sirviendo y de las razones que tenemos para hacerlo. Generalmente, nos vemos orillados a hacer las cosas “para el pastor”, “para los hermanos”, “por los perdidos”, etc. Pero, hacer la tarea de la Iglesia, por las razones y para las personas equivocadas, siempre termina en cansancio, frustración y fracaso. La razón es sencilla: nunca el otro será suficiente razón para que nos neguemos a nosotros mismos. Ni sus méritos, ni su simpatía, ni sus necesidades. Nada será suficiente razón para que pongamos la vida en lo que hacemos por el otro, puesto que el otro siempre representará posibilidades o taras que hagan parecer vana, absurda, nuestra entrega. Tal cuestión es válida aún para los miembros de nuestra propia familia, y no se diga para los compañeros de trabajo, de estudio, o los vecinos, las amistades, etc.

Solo Dios en Cristo es razón suficiente para que estemos dispuestos, y podamos, negarnos a nosotros mismos. Porque él es el Señor, porque nos hemos comprometido con él y porque vivimos una constante de gratitud por lo que es y hace en, y por, nosotros.

Obviamente, una clase de vida así requiere tanto de fe como de fidelidad. Es decir, se requiere de conocer y confiar en el Señor y en su Palabra. Conocerlo lo suficiente para confiar en él. Pero, también se requiere que, en todo, permanezcamos leales a él. A que, como Abraham, cuando ya no haya razón para la esperanza, creamos y tengamos esperanza. Ro 4.18 DHH Él es la razón de nuestra confianza y, por lo tanto, el sustento de nuestro actuar superior; así como él es la razón por la que permanecemos firmes en el propósito de poner la vida en lo que hacemos[2].

El camino que tenemos por delante es un camino de fe. No sabemos por donde va, ni el tiempo ni los recursos que demanda de nosotros. Pero, sabemos quién es: nuestro camino es Cristo. Por lo tanto, les animo a que en cada persona, circunstancia y reto que enfrentemos, procuremos descubrir a Cristo. Así podremos poner la vida en todo lo que hacemos, sabiendo que, en todo, servimos a Cristo quien es nuestro Señor.


[1] 1. tr. Distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas. Comúnmente se refiere a operaciones del ánimo.

[2] El que perdona termina la pelea.