Alguna vez, cuando fui a su casa para saludarla, mi mamá se veía triste, cansada, preocupada. Al hacérselo notar, me respondió: Están pasando tantas desgracias, hijo, tantas. Personal, familiar y socialmente estamos enfrentando circunstancias que nos conmueven. Es decir, cosas que sacuden nuestro ánimo de manera violenta y brusca.
Es tal el impacto de tales experiencias que nos vemos animados a pensar que nunca había habido tanto sufrimiento en el mundo. Pero, dado que son muchas las evidencias de que esto no es así quizá el impacto de lo que vivimos responda más a nuestra cosmovisión que a los hechos que enfrentamos.
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A Job le fue tan bien en la vida que su prosperidad aún se convirtió en motivo de conversación entre Dios y el diablo. Quienes conocían a Job lo envidiaban, quienes oían hablar de su riqueza deseaban ser como él. En fin, Job era la persona a la que había que poner de ejemplo cuando se hablaba de la buena vida. Job era especial porque era diferente a la mayoría de las personas. Era justo, sí, pero ello no era lo que lo hacía especial. Indudablemente también había otras personas temerosas de Dios, cuidadosas al extremo de honrar al Señor, aunque fueran menos ricas o muy pobres en comparación con Job. Lo que hacía especial a este hombre y a su familia era que vivían en una burbuja de prosperidad. Aunque seres humanos, Job y los suyos poco sabían de humanidad. Es decir, nada sabían de la fragilidad o flaqueza propia del ser humano.
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