Vejez, ese valle de sombra

Salmo 23

Hablemos de las cosas de la vidaQuienes sufren de algún deterioro en sus facultades mentales y físicas enfrentan junto con los suyos el reto de aprender a vivir de una manera diferente. Es obvio que cada familia y aún que cada miembro de las familias afectadas, enfrenten los retos de manera diferente. Las enfermedades, el deterioro físico y mental de aquellos a los que amamos nos afectan de manera diferente. Los estudiosos de la conducta humana nos dicen que ante la aparición de las crisis que conllevan pérdidas, es necesario que aprendamos a resolver adecuadamente el duelo resultante. También proponen que el grado de dolor y sufrimiento estará determinado más por la cercanía afectiva, el complejo de culpa o las expectativas incumplidas, que por las formas o tiempos de la pérdida misma.

La vejez en particular representa una crisis tanto para quien se hace viejo, como para quienes le aman y acompañan. Resulta cuando menos curioso, el hecho de que siendo la vejez una etapa natural de la vida estemos tan poco preparados, y dispuestos, para enfrentarla. Resulta difícil asumir que uno se hace viejo. Pero, también resulta difícil que los familiares de los viejos estén dispuestos y en condiciones de aceptar la vejez de aquellos a quienes aprendieron a ver siempre fuertes, capaces y llenos de conocimientos y habilidades.

Para quienes se hacen viejos, la vejez resulta en la pérdida de su fuerza, de su sentido de utilidad, de su autonomía, etc. Pero, más difícil resulta el hecho de que al saberse cada día más débiles y frágiles, al sentirse cada vez menos útiles y al sentirse y verse cada día más dependientes de los demás, el principal dolor de los viejos sea el de la pérdida de su estima propia. Se cree que. mientras más viejos, menos valiosos, menos importantes, menos dignos del aprecio de aquellos a los que amamos y de quienes necesitamos su aprecio y consideración.

Resulta difícil de aceptar que los familiares de los viejos añaden un sentimiento más, el coraje (rabia, enfado o disgusto, especialmente el que causa no haber podido evitar una situación o suceso adversos), y una emoción creciente, el enojo. Les enoja ver que los suyos cada vez pueden valerse menos y menos por sí mismos obligando así a los suyos, hijos, nietos, parientes, a vivir una espiral que altera progresivamente el todo de su vida. Les enoja el que ante la creciente pérdida de capacidades, inteligencia y autonomía que sufren sus familiares, en especial sus ancianos, sean ellos quienes tengan que ocuparse de suplir, de hacer y de prever lo que el enfermo o el anciano ya no pueden atender por sí mismos.

En no pocas ocasiones, la pérdida de capacidades del ancianos exacerba las culpas de los suyos, haya o no razón para las mismas. Ver, saber, al padre o a la madre, tan vulnerables, sufriendo lo que no logran comprender, enfrentando situaciones que los hacen tan frágiles, provoca el surgimiento de los recuerdos de las heridas provocadas a quienes ahora están viejos y a expensas de otros. Pero, también, la culpa se manifiesta en una propuesta de resignación puesto que, se llega a asumir, se merece el sufrimiento, los problemas y las dificultades que se enfrentan, pues algo se ha de estar pagando con la cruz representada por el padre o la madre enfermos y viejos.

Dado que la vejez, la nuestra y la de los que amamos, es previsible, conviene que nos preparemos para vivirla. Y que, quienes ya estamos frente a tal realidad, sea porque nosotros mismos ya somos viejos o porque alguien de nuestra familia ya ha llegado a la Tercera Edad, tomemos en cuenta algunas consideraciones.

La primera es que tendremos que asumir la realidad de la vejez y la consumación de aquello que temimos o quisimos no tener que vivir. Job 14.1,2 En el procesamiento del duelo, la etapa en la que la persona encuentra y/o recupera su equilibrio es, precisamente, la etapa de la aceptación. Al respecto, resulta muy interesante el significado de la palabra aceptar: Recibir voluntariamente o sin oposición lo que se da, ofrece o encarga. El recibir voluntariamente o sin imposición, implica la necesidad de que estemos dispuestos, de que salgamos al paso de la realidad de la vejez que ahora enfrentamos. Ello implica que actuemos en consecuencia. Que no pretendamos que no somos viejos, y que tampoco insistamos en que nuestros viejos todavía pueden, o que nada más se están haciendo. Lo que es, es lo que es.

La segunda es que asumamos, es decir que hagamos nuestro, el hecho de que la vejez es un espacio propicio para el ánimo mutuo. Sí, debemos animar a quienes han llegado a la vejez y enfrentan situaciones desconocidas para ellos. Les damos ánimo tanto con nuestras palabras amorosas y con nuestras actitudes amables, comprensivas y pacientes. Pero, lo cierto es que también nosotros, los familiares de los ancianos dependientes, necesitamos ser animados. No siempre el ánimo vendrá de los consanguíneos pues estos enfrentan sus propios demonios. Por ello necesitamos de amigos que sean más que hermanos. Proverbios. 17.17 Dios es bueno y está, siempre, atento a nuestras necesidades. Así que él se ocupa de acercarnos a quienes nos observan, se ocupan de nosotros y están dispuestos a animarnos. Debemos, ante estos ángeles disfrazados de humanos, ceder nuestra pretensión de fortaleza y permitir que su ánimo venga a refrescar nuestras almas.

La tercera consideración es que, los ancianos y quienes los acompañan, deben aceptar que solos no podrán enfrentar victoriosamente el reto al que la vida los enfrenta. Necesitan de compañía y ayuda. Pero, no solamente de la compañía y ayuda de sus iguales. También, y, sobre todo, necesitan de la compañía y la ayuda divinas. Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones, aseguraba el Salmista. La vejez, sea la propia o la de los nuestros, es ese espacio en el que nuestra debilidad sirve, permite y provoca, que se manifieste de manera plena el amor y la suficiencia divinos.

La tercera consideración nos lleva a la última y, quizá la más importante. Conviene que los ancianos y quienes conviven con ellos recuperen la que podemos llamar la espiritualidad práctica. Es decir, hay que fortalecer la fe y reconocer el valor central de la misma en nuestra vida. La espiritualidad práctica es la que lleva la fe al todo de la vida y cuando se resuelve el todo de la vida a la luz de la fe. Esta se entiende, desde luego, como la confianza en Dios; el creer que él responderá a nuestras peticiones y que se ocupa de nuestras circunstancias. Pero, la fe también es conocimiento: de Dios, de nosotros mismos y de la vida. La fe también es vida en comunidad, es decir, el reconocimiento del valor del hacer la vida estando en relación armónica con otros, mismos que por amarnos y conocernos pueden comprendernos mejor, así como nosotros podemos hacerlo con ellos.

Las circunstancias que nos toca vivir, cualquiera que estas sean, podemos aceptarlas y, al mismo tiempo, superarlas con la ayuda de Dios. El Salmista asegura, en el conocido Salmo 23, que en los valles de sombra y de muerte podremos no tener temor alguno, porque Dios estará con nosotros y nos infundirá aliento. En muchos sentidos la vejez es un valle de sombra de muerte, el más oscuro de los valles. Pues bien, podemos transitar el oscuro valle de la vejez, sea que se trate de la propia o la de nuestros seres queridos, al amparo del amor, el cuidado y la providencia divinos.

No hay ninguna razón para que temamos que el que nos ha traído hasta aquí, nos abandonará nada más porque ya estamos viejos. Salmo 71.9,12 Al contrario, podemos confiar que, en la circunstancia de la vejez, el amor de Dios y su cuidado es lo que necesitamos para que nuestras pérdidas pierdan el poder de destruirnos. Podemos creer que, en Dios, tenemos lo que necesitamos para hacernos viejos en paz y esperanza y para vivir con nuestros viejos en la confianza de que habremos de ser su apoyo, sus compañeros y los que compartan la alegría que todavía anima sus vidas.

 

 

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