Papá, querido papá

Gálatas 4.1-7,9

Una de las principales críticas que se hacen al cristianismo es que este promueve una vida de reglas, exigencias y descalificaciones. Se le acusa, también, de promover el oscurantismo intelectual pues, se dice, impide a las personas pensar por sí mismas y se les imponen maneras de pensar que las limitan y hacen manipulables. Se enseña y se aprende a no pensar. Lamentablemente, debemos aceptar que hay una gran dosis de razón en tales apreciaciones y acusaciones. Desde nuestros púlpitos se promueve una cultura de culpa, la misma que establece reglas y metas inalcanzables, e innecesarias desde la perspectiva bíblica, para alcanzar y conservar la salvación.

Propongo a ustedes que tal cultura de culpa es un resabio de nuestra experiencia anterior a Cristo y de la cosmovisión resultante de la misma. El sabor desagradable, de nuestra vida sin Cristo, impide la plena comprensión y la aceptación de la gracia. Es decir, del favor inmerecido que hemos recibido sólo porque hemos hecho nuestro el sacrificio de Cristo en la cruz. El peso de nuestra cosmovisión, personal, familiar y social, nos dice que no hay desayunos gratuitos; es decir, que en la vida sólo se tiene derecho a aquello que ha representado el esfuerzo y el merecimiento adecuados. Esto es lo justo, pensamos.

La justicia, dice el diccionario, es el principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. Si tomamos en cuenta que estar bajo el dominio del diablo significó el que fuéramos robados, muertos y destruidos integralmente (Juan 10.10), podemos entender el acercamiento parcializado y, por lo tanto, deformado que tenemos acerca de la justicia y de la gracia. Antes me he referido a las tres dimensiones de nuestra cosmovisión antes de Cristo: personal, familiar y social. Mucho me temo que nuestras experiencias personales y familiares son las que explican nuestra dificultad para asumir la simplicidad de la gracia.

Me explico: quizá la mayoría de quienes vienen a Cristo han sido despojados de su identidad y, por lo tanto, de su estima personal, por los modelos de relación, sobre todo los familiares, fuera de Cristo. Sobre todo, cuando la figura paterna resulta conflictiva y retadora. Los padres abusivos, los padres que abandonan esposa e hijos, son, generalmente, hijos desheredados que se convierten en padres sin herencia. Tanto ellos como sus hijos aprenden a ganarse el derecho de ser amados, apreciados y respetados por sus respectivos padres. Aprenden que el amor no se da ni se recibe, se gana.

Los hijos desheredados aprenden que el amor cuesta, que el favor paterno se gana a base de esfuerzo, complacencia y renuncia personal. Por lo general, no sólo tienen como referencia el cómo de su relación filial sino el hecho de que alguno, o algunos, de sus hermanos no tiene que esforzarse, como ellos, para obtener tal favor paterno. Los hijos de la otra, el hijo favorito del padre o de la madre, se convierten en la mayor evidencia de lo que es injusto. En ellos advierten que la relación filial, la suya, no se caracteriza por la igualdad de ánimo.

Me parece que esto explica la importancia que muchos dan a lo que ellos consideran lo justo. Quieren, necesitan ser tratados con justicia y asumen que lo mejor que pueden hacer respecto de los demás es tratarlos, también, justamente. El problema de este enfoque es que la palabra justicia es un concepto maleable, se le puede dar distintas formas y significados. En Alemania, por ejemplo, quienes sustentaron a Hitler estaban plenamente que era justo que, como raza superior, recuperaran lo que los inferiores les habían quitado. También Donald Trump considera justo que los inmigrantes latinos sean expulsados de los Estados Unidos. En Venezuela, en Medio Oriente, en México, unos y otros se confrontan exigiendo lo mismo: justicia. Aun cuando esta signifique cosas diferentes para cada quién. El único factor común es la convicción de que cada quién merece aquello a lo que se ha hecho meritorio, aquello que ha ganado con su propio esfuerzo, aquello que es su derecho. Creo que la justicia -entendida como se entienda- subyace a toda clase de conflictos humanos: personales, familiares y sociales.

La gracia poco o nada tiene que ver con la justicia. La gracia tiene que ver con un modelo particular de relación filial. La gracia tiene que ver con el hecho de que Dios nos ha hecho sus hijos en, y junto con, Jesucristo. Por gracia, el mismo Espíritu que está en Jesús está en nosotros. Es como si su ADN se convirtiera en el nuestro. Porque el Espíritu que está en Jesús, el Espíritu Santo, está en nosotros dado que hemos sido adoptados como hijos. Y, por lo tanto, asegura Pablo, tenemos derecho a recibir su herencia. Gálatas 4.5y7

La palidez de la justicia frente a la gracia se hace evidente ante el hecho de que, si bien el salario que paga el pecado es la muerte, (Romanos 6.23), entendida esta como la radical enemistad con Dios, el Señor actúa motivado por un factor ajeno a la justicia, se relaciona con nosotros a partir de su amor, pues asegura la Escritura: Dios nos ha dado la mayor prueba de su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores. Romanos 5.8 Es su amor lo que le ha llevado a tratarnos con misericordia y no justamente. Sobre todo, es su amor la razón de que nos haya hecho sus hijos.

No cabe duda que el cómo de nuestra relación filial con nuestros padres naturales afecta el todo de nuestra identidad y de nuestro quehacer vital. Ello, porque asumimos que nuestros padres son nuestro origen, nuestra raíz. Sin embargo, hay un hecho que debemos recuperar y tomar en cuenta. La razón de nuestra existencia, la decisión sobre la misma no descansa en la autoridad o poder de nuestros padres físicos. En nuestro pasaje pareciera que Pablo juega con las palabras cuando dice: Pero ahora que ya conocéis a Dios o, mejor dicho, ahora que Dios os conoce… (v9). ¿Desde cuándo nos conoce, cuándo empezó a interesarse en nosotros, cuándo decidió hacernos sus hijos?

La Biblia asegura que Dios, nos ha elegido en la persona de Cristo antes de crear el mundo. Efesios 1.4 En su omnisciencia, Dios, desde siempre, supo que y cuándo naceríamos. Desde siempre ha tenido ha tenido fijos sus ojos en nosotros y, lo que es mejor, desde siempre nos ha amado. Por eso nos llamó a vida abundante. Por eso es que nos ha capacitado por medio de su gracia para que seamos libres de las taras, las omisiones y los despojos que hemos sufrido en la vida. Nos ha hecho capaces por su misericordia y, por lo mismo, nos ha capacitado para que nos relaciones con los demás a partir de la misericordia recibida con misericordia para con ellos.

Cuando leemos Romanos 7, aquello del viejo hombre que nos hace pecar, casi siempre lo relacionamos con nuestras pasiones y deseos inmorales, con lo sucio. Pero, propongo a ustedes que la mayor manifestación de nuestro viejo hombre tiene que ver con nuestra cultura del merecimiento, el propio y el de los demás. Creo que es esta presión de ser hallados justos, perfectos o casi, la de dar la medida en todo, es lo que nos impide confiar en que la gracia recibida es suficiente y capacitadora para que podamos vivir y gozar nuestra condición de hijos de Dios, con todo lo que ello significa.

Por ello, termino invitando a ustedes a que privilegiemos la misericordia por sobre la justicia, al amor por sobre lo justo. Que, con San Agustín, amemos y, entonces, hagamos lo que nos venga en mano hacer. Propongo que empecemos practicando la misericordia porque, estoy convencido, al practicarla podremos descubrir y experimentar en nosotros mismos la plenitud de la gracia divina, de su misericordia.

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