El poder de la restitución

Lucas 19.1-10

Una de las palabras menos conocidas de la Biblia es, al mismo tiempo, una de las más importantes. Se trata del verbo restituir, o de su variante restitución. Restituir, dice el diccionario es volver algo a quien lo tenía antes, y, restablecer o poner algo en el estado que antes tenía. Cuando se refiere a una persona significa volver al lugar de donde había salido.

En la Biblia, la restitución resulta necesaria cuando, injusta o accidentalmente, se ha despojado o dañado a alguna persona. Cuando el daño o despojo ha sido injusto, presupone la conciencia e intención de quien lo provoca en perjuicio del otro. Cuando se trata de un accidente, aun cuando no responde a la intención del responsable, afecta la relación de este con el afectado.

En ambos casos, podemos notar, el daño o despojo resulta ser causa y efecto de una alteración en las relaciones de los involucrados. Cuando se afecta al prójimo, siempre se pierde algo, haya o no mala intención en lo que se hace. Así, todo daño o despojo termina por dañar las relaciones entre las personas, insistimos.

Tales situaciones son, desafortunadamente, mucho más frecuente de lo que pensamos. De hecho, sería prácticamente imposible que no dañáramos a aquellos con los que estamos en relación. Lo hacemos una y otra vez, a veces intencionalmente, a veces de manera accidental. Pero lo hacemos.

Y, cada vez que lo hacemos dejamos abierto algo, una herida, una perforación o desgarramiento. Desde luego, las relaciones no pueden sanar mientras tal herida permanezca abierta. El tiempo no cierra las heridas, ni las cura. El no hablar del tema, tampoco. Mucho menos lo hace el que nos desquitemos por el daño recibido, al contrario, ello abre más heridas. Me temo, que el perdón tampoco puede cerrarlas.

Nuestro Señor Jesús hizo una declaración sorprendente: si tu hermano tiene algo contra ti… reconcíliate con tu hermano. El centro de tal declaración es si tu hermano tiene algo contra ti. Se trata de una circunstancia en la que hemos dañado o despojado a nuestro prójimo y la herida permanece abierta. En estos casos, Jesús establece un principio: es quien ha dañado o despojado quien tiene la responsabilidad inicial de la reconciliación. El término bíblico aposkatalasso, significa cambiar de una condición a otra, de modo que se elimine toda enemistad y no quede impedimento alguno a la unidad y la paz. Es decir, se trata de hacer lo que sea necesario para cerrar las heridas que separan a las personas.

Desde luego, el ofensor debe arrepentirse, confesar y pedir perdón a quien ha dañado. Pero ello no es suficiente. También debe restituir al otro. Es decir, debe dar al otro lo que le ha quitado y/o reponer lo que ha dañado… en una proporción mayor a la afectada. El doble, el quíntuplo, etc. En algunos casos, la legislación bíblica obligaba al ofensor a venderse a sí mismo para poder cubrir el precio de la restitución.

Zaqueo representa bien la conciencia y el espíritu de la restitución: ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea. Zaqueo asume que su arrepentimiento, sinceridad y conversión no le liberan de la responsabilidad de restituir a quienes ha dañado y/o despojado.

Que nosotros hemos dañado y/o despojado a nuestros semejantes está fuera discusión. Preguntémonos si no hay espacios, distancias, separaciones entre nosotros. Por ejemplo, en las parejas. ¿Podemos identificar las grietas que nos sepan? ¿No es verdad que, aunque hacemos la vida juntos y seguimos teniendo muchas cosas en común, hay huecos entre nosotros? A veces son tan grandes que no podemos disimularlos ante los demás. Nuestro lenguaje corporal da cuenta de ello. También lo evidencia nuestros silencios, nuestras quejas, nuestras soledades, etc. Lo mismo pasa con los hermanos, entre los hijos y los padres, entre los amigos y, aún entre los hermanos en la fe.

También está fuera de discusión el que nos dolemos por tales circunstancias. A veces tratamos de suplir los vacíos con otras relaciones. Las abuelas distanciadas de sus esposos tienden a refugiarse en los nietos, por ejemplo. O los hermanos distanciados, tienden a refugiarse con los amigos. En algunos casos, tampoco se discute si nos hemos arrepentido o no; ni siquiera, si hemos pedido perdón o no. Lo cierto es que, a pesar de todo ello, seguimos distanciados.

La restitución nos permite cerrar las heridas, por cuanto nos permite repararlas, sanarlas. Al restituir llenamos los espacios que habíamos abierto. Es la demostración más clara y convincente de nuestra intención de estar unidos a quien dañamos.

Al restituir damos más de aquello mismo que quitamos o dañamos. No sustituimos, reponemos. Si quitamos respeto, aprecio, amor, debemos dar respeto, aprecio, amor. Si privamos al otro de lo que le es propio, debemos reponerle de lo mismo que le privamos. Y debemos hacerlo en una proporción mayor porque nuestra acción no se ha detenido en el acto mismo del despojo y el daño, sino que con la misma hemos provocado una serie de daños colaterales, impredecibles y con la capacidad para provocar otros daños que escapan tanto a nuestra voluntad como a nuestro control.

Cuando un esposo daña a su mujer, siéndole infiel. La despoja de la fidelidad que le es propia; pero también afecta su confianza en sí misma, la expone a la burla e incomprensión de los demás. Cuando un padre abandona a sus hijos, no solo los priva de su compañía, dirección y cariño; también los expone a la pobreza, a la vergüenza, a la soledad. De ahí que la restitución obliga a abundar en aquello que se ha quitado o dañado.

¿Quién puede restituir a cabalidad? Nadie. Pero tal incapacidad no nos libera, ni quita valor al hecho de que nos ocupemos de la restitución en nuestras relaciones. Creo que cuando nosotros nos esforzamos por reponer lo que hemos quitado o dañado, provocamos la intervención sobrenatural de Dios que hace perfecto aquello que nosotros empezamos a restituir. Es decir, nuestra disposición y nuestro actuar son perfeccionados por el Espíritu Santo.

Así, lo que se requiere de nosotros es que asumamos nuestras responsabilidades tanto en el distanciamiento que ahora lamentamos, como en el proceso de restauración que tanto necesitamos. Al hacerlo así, contribuimos a la paz y a la reconciliación.

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