Separados de Mí, Nada

En memoria de Carmen Martínez Contreras

Juan 15.1-11

Ante la realidad impactante de la muerte nada mejor podemos hacer que ocuparnos de la vida. Desde luego, se trata de hacer memoria de la vida de quienes nos han dejado, como es el caso de Carmen. Pero, mejor aún, se trata de hacer consciencia del sentido y la razón de la vida misma.

Carmen vivió con el santo de espaldas. Su vida fue una sucesión de pérdidas, de sus seres amados, de su salud, de su estabilidad económica, etc. Desde luego, ello implica que su carácter se haya perfilado de tal forma que, de muchas maneras, se encontró sola y aislada. Le resultaba difícil compartir la vida y a quienes estaban a su lado no siempre les resultaba fácil comprenderla. No obstante, en Carmen encontramos elementos que nos ayudan a la mejor comprensión del cómo y el para qué de la vida.

La muerte de Carmen nos recuerda que la vida física se acaba. Una primera conclusión nos llevaría a pensar que, por lo tanto, lo más importante es prepararnos para la muerte. Pero, quizá esta sea una conclusión apresurada. Si la vida se acaba, entonces hay que ocuparnos de vivirla plenamente. Este es un concepto interesante, significa vivir llena y enteramente. Algunos podríamos pensar que ante las pérdidas de la vida resulta imposible vivirla llena y enteramente. Sin embargo, en personas como Carmen descubrimos que quienes no se dan por vencidos aprenden a identificar y apreciar lo que puede vivirse en llenura y con plenitud. Que si bien es cierto que en la vida no todo llena y no todo es entero, también es cierto que lo que la vida da, llena muchos de los vacíos de la misma y que estos podemos vivirlos sin merma alguna, con llenura.

Muchos que, como Carmen, aparentemente sumaron más pérdidas que ganancias, también nos han dejado un testimonio de valor y de esfuerzo. Pero, descubrimos que lo que anima el valor y lo que explica el esfuerzo no es lo que se ha perdido, sino lo que se ha logrado alcanzar y conservar en cada etapa y a lo largo de la vida. El valor es subsistencia, es decir la determinación de permanecer en equilibrio y conservando lo que se ha logrado. Valor no es temeridad, arrojo, necesariamente. Valiente es quien permanece firme ante las dificultades de la vida. Desde luego, el valor es una opción, se elige el ser valiente o no serlo.

Esforzarse es resistir. Quien se determina a permanecer en equilibrio, a mantenerse en control en los vaivenes de la vida, siempre encontrará resistencia, oposición. De adentro y de afuera. San Pablo lo dijo así: Desde que llegamos a Macedonia, no hemos tenido ningún descanso, sino que en todas partes hemos encontrado dificultades: luchas a nuestro alrededor y temores en nuestro interior. 2Corintios 7.5 Luchas a nuestro alrededor y temores en nuestro interior, ¿quién no sabe de esto? Estar dispuesto a permanecer no es suficiente, hay que pagar el precio que ello representa, hay que resistir la oposición que sale de nosotros mismos y la que encontramos en las circunstancias de la vida y, aún, en otras personas.

Vivir es mucho más que sólo sobrevivir. La sobrevivencia es pasiva. Vive quien crea, quien produce para el bien propio y el de los demás. Sobre todo, vive quien produce frutos que honran a Dios. Carmen, y muchos otros, han encontrado que la vida es mucho más que un estado, una condición, la vida es una persona: Jesucristo. Han descubierto que ante las adversidades que enfrentamos, Jesucristo hace la diferencia que nos lleva del vivir escasamente, a vivir de manera fructífera, dejando huella en otros. Sembrando semillas que producirán fruto aún después de nuestra muerte física. No puedo hablar por otros, pero en mí, Carmen dejó huella, marcó mi vida para bien, me sirve de ejemplo.

Jesús nos compara con las ramas que, unidas al tronco, llevan fruto. Su advertencia en el sentido de que separados de él nada podemos hacer, establece un principio que no tenemos el derecho a ignorar. Claro que se trata de un principio animado y dimensionado por la fe en Cristo. No podemos esperar comprenderlo a menos que tengamos fe, que estemos dispuestos a correr el riesgo de la fe.

La fe dimensiona y estructura nuestra vida. La explica, le da sentido y dirección y la sustenta. Para empezar, nos recuerda que la vida es más que el vestido y que la comida. Al hacerlo así nos anima a la trascendencia. Dios, dice la Biblia, ha puesto eternidad en el corazón del hombre. Eclesiastés 3.11 Es decir, Dios nos ha creado con el deseo de trascender, de ir más allá de nuestras circunstancias. Pero, no sólo puesto tal deseo en nosotros, sino que ha provisto del medio para que lo logremos: Jesucristo mismo.

Respirar, comer, trabajar, no es garantía de que se está vivo. Sólo quienes están en comunión con Jesucristo producen frutos de vida, trascienden. Sólo quienes están en comunión con Cristo superan el obstáculo de la muerte física y acceden a la vida plena, la vida eterna. La fe nos dice que quien cree en Cristo, aunque muera, vivirá. Juan 11.25 Lo que esto significa es que el cómo de nuestra vida no tiene el poder para definirnos. Quien nos define es Cristo, nuestra relación con él. Sin él, nada, con él, todo.

Hoy que estamos vivos, que todavía podemos decidir hacerlo, es tiempo de que nos volvamos a Dios. Es tiempo de que establezcamos una relación con él haciendo nuestra la obra redentora de Jesucristo. Animo a quienes están separados de Cristo, a que se unan a él. A que se arrepientan de su pecado y se vuelvan a Dios. A que sean bautizados para que así reciban el don del Espíritu Santo. Es decir, para que al volverse templo del Espíritu Santo, sean animados por la vida de Cristo y, entonces, al permanecer en su amor, nos alegraremos con él y nuestra alegría será completa. Juan 15.11 DHH

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