Para Sacudirlos como a Trigo

Lucas 22.31-34

Si de algo nos llenamos las manos en la vida es de decepciones. Con frecuencia nos encontramos que la confianza depositada en otros, no es honrada por ellos y actúan en forma diametralmente opuesta a lo que esperábamos de ellos. Es esta la razón de la pérdida de la esperanza, de la confianza y aún del interés en seguir adelante.

Mientras más cercana a nosotros la persona que nos decepciona, mayor el conflicto que experimentamos, la tristeza que sufrimos. Como aquellos hijos que van por la vida sin comprender por qué sus padres no quisieron o no pudieron seguir juntos. Por qué es que los hijos tienen que pagar el precio de la soledad, la vergüenza y la confusión que enfrentan, fruto de la separación o la ausencia de sus padres. O como la mamá de Ricardo, que no entiende cómo es que el hombre al que ella le entregó todo su amor, su confianza… su vida toda, la engañó ocultándole que era casado y que no tenía el propósito de honrar sus palabras de amor y entrega.

Ahora bien, en tal sucesión de decepciones, siempre vamos atesorando la esperanza de que algunos, hasta llegar a uno, Dios, nunca puedan decepcionarnos. No nos extraña que otros lo hagan, pero creemos que no lo harán los más cercanos a nosotros… hasta que lo hacen. Caemos en una especie de espiral en la que pensamos que si este lo hizo, aquel no lo hará y así, hasta llegar al momento en el que ya no tenemos en quién más confiar. Y, entonces, nuestro refugio es pensar que el Señor, Dios, nunca lo hará, que él nunca nos decepcionará. Así pensaba Pedro, seguramente. Creía que Jesús siempre respondería a su confianza y que nunca haría, ni permitiría, nada que pudiera significarle un conflicto; sobre todo, confiaba que Jesús nunca lo abandonaría en las manos de Satanás.

Pero, un día Jesús le avisa que Satanás los ha pedido, a Pedro y a sus compañeros discípulos, para sacudirlos como si fueran trigo. Estoy seguro que al impacto de tal anuncio, Pedro reacciona con temor, se cimbra… hasta que razona: “pero Jesús no lo va a hacer caso y va a hacer algo en mi favor”. No estaba equivocado, pero ese “algo en mi favor”, no era lo que Pedro esperaba. Él esperaba que Jesús impidiera a Satanás lastimarlo a él y a sus compañeros discípulos. Pero, Jesús tenía otros planes: “yo he rogado por ti, para que no te falte la fe”.

Por un momento pongámonos en las sandalias de Pedro. “Valiente ayuda”, pudo haber pensado, o “de qué me sirve que ore pidiendo que no me falte la fe, si de todos modos voy a sufrir”, o “si puede evitarlo, ¿por qué no lo hace? O, más aún, “de qué me sirve haber sido fiel, haberle creído y haber hecho lo que él me pidió que hiciera”. Podemos imaginar las preguntas de Pedro porque, seguramente, son las mismas que nos hemos hecho cuando el Señor no ha estado a la altura de nuestras expectativas. Porque ha habido ocasiones en que hemos enfrentado el silencio de Dios, el que Dios “se esconda”, el que lo que Dios hace “no tenga sentido”.

En principio, la actitud de Jesús ante la solicitud de Satanás nos muestra que los cristianos, al igual que nos lo cristianos, hemos de enfrentar ciertos sufrimientos que habremos de beber hasta la última gota. Que, en la vida, como alguien dijo: “hay veces en las que el dragón gana”.

Creo que el que Pedro haya entendido esto es lo que le llevó a exhortarnos diciendo: “Queridos hermanos, no se extrañen de verse sometidos al fuego de la prueba, como si fuera algo extraordinario. (1P 4.12). En tal declaración encontramos una manera alternativa de enfrentar el sufrimiento:

Lo primero es entender que el sufrimiento no nos es extraño. Hay quienes al dolor tienen que sumar la carga de la culpa. Se sienten culpables y tratan de encontrar en su culpa la razón de su sufrimiento. Ciertamente hay sufrimientos que nosotros mismos nos causamos al hacer el mal. Pero, cabe siempre la posibilidad de que hacer el bien también provoque nuestro sufrimiento. (1P2.20ss). Y como el sufrimiento no nos es extraño, debemos y podemos soportarlo con paciencia… porque eso es agradable a Dios.

Lo segundo es que bendición y sufrimiento ni se excluyen, ni se anulan mutuamente. Podemos estar siendo bendecidos y sufriendo simultáneamente. Podemos estar sufriendo y recibiendo bendición al mismo tiempo (Mc 10.30). Es en este sentido que el sufrimiento no resulta extraordinario. Y si no es extraordinario, no está más allá de nuestra capacidad, de nuestra resistencia, de nuestras posibilidades.

Lo tercero es que ningún sufrimiento tiene el poder para destruirnos. Pedro no solo escuchó las malas noticias, también oyó a Jesús decirle: “tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”. Pedro descubre que la decepción inicialmente sentida no tiene razón de ser. Jesús sí actúa en su favor. Hace lo que es apropiado. Permite que Pedro enfrente a Satanás porque sabe que Satanás ha sido vencido y, entonces, sus victorias son efímeras, nunca definitivas ni definitorias. Y, sabe también, que Pedro tiene la capacidad para vencer y permanecer unido a Cristo.

En y con Cristo, el sufrimiento nunca es definitivo, ni definitorio. No tiene poder para definir quienes somos, para hacernos ser. La historia, nuestra historia, no termina en, ni por el sufrimiento. Hay quienes permiten que el sufrimiento los defina; que el sufrimiento determine no sólo lo que piensan y hacen, sino lo que son. Jesús nos dice, al hablarle a Pedro, que el sufrimiento termina, pero tu victoria permanece.

Finalmente, Pedro se entera de que el sufrimiento no sólo no tiene el poder para destruirlo, sino que él mismo será beneficiado por el sufrimiento. “Tú, cuando te hayas vuelto a mí, ayuda a tus hermanos a permanecer firmes”. Las cicatrices en las manos y el costado del Señor, símbolo de su sufrimiento, son también señales de su victoria. Son testimonio del poder de Dios… como las tuyas y las mías. Jesús no siempre hace lo que esperamos, siempre hace lo que es mejor para nosotros.

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One Comment en “Para Sacudirlos como a Trigo”

  1. yanamontoya Says:

    Cuán cierto es que Dios siempre esta con nosotros, creerlo, aceptarlo y “sujetarnos” de tal verdad es lo que nos permitirá ser sacudidos y resultar bendecidos.


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