Pueblo Santo y Amado por Él

Colosenses 3.12-15

Una de las características de las comunidades cristianas evangélicas en México durante los primeros sesenta años del Siglo pasado fue su tendencia a la evasión. Al convertirse, los cristianos querían huir del mundo. Para ello desarrollaron estrictos códigos de conducta que tenían que ver con lo que vestían, lo que comían y bebían, así como con sus prácticas de diversión y entretenimiento social. Paradójicamente, al correr del tiempo y debajo de todos esos énfasis, se ha hecho notorio que, en cuanto a sus valores y su sentido de misión, la comunidad cristiana evangélica ha hecho suyos, cada vez más, la cultura, los valores y los modelos de vida de lo que la Biblia denomina como este siglo.

El individualismo, la búsqueda del placer como la razón de la vida y la compulsión por la prosperidad material son las razones que, en no pocos casos, animan el desarrollo de una fe seudocristiana que pretende justificar tales valores y hacer posible el cumplimiento de las expectativas que les acompañan. Así, se sirve a Dios de manera egoísta (procurando el beneficio personal), la felicidad se convierte en el punto de referencia de las decisiones y acciones, al mismo tiempo que el éxito de la vida se mide en función de lo que se tiene y no de lo que se es. Dada esta realidad, cada vez más los cristianos se asemejan a los incrédulos, independientemente de cómo vistan, de qué coman y beban y del cómo se diviertan. Al hacer suyos los valores de la cultura de este siglo, pierden su identidad como discípulos de Cristo y viven como los que no tienen esperanza.

No es este un problema reciente. La Iglesia Primitiva enfrentó las mismas circunstancias y retos que la iglesia de nuestros días. Por ello es que encontramos, una y otra vez, el llamado a mantener nuestra identidad cristiana, a vivir de acuerdo con los valores del Reino y a pagar el precio que ello representa. La Biblia nos llama a tener conciencia de quiénes somos y de nuestra condición de distintos a los demás. El llamado es tomar en cuenta que no somos lo mismo que éramos antes de Cristo y que no somos iguales a los que no son de Cristo.

De acuerdo con Pablo, nuestro ser diferentes resulta del hecho de que Dios mismo nos ha elegido para ser su pueblo santo y amado por él. Porque nos ha apartado para sí nos ama, así el que somos amados por Dios es lo que nos hace diferentes. El que Dios nos ame es resultado de su autoridad y de su gracia. Él ha querido escoger a unos para amarlos y la única razón que ha tenido para ello es su gracia. Nos ha escogido y nos ha amado sólo porque ha querido hacerlo así. De tal forma, quienes somos su pueblo santo y amado somos privilegiados, gozamos de la ventaja que representa el favor de Dios.

Que seamos pueblo santo y amado exige y posibilita una forma de vida acorde a nuestra identidad. Sin embargo, según Pablo no es esta una forma de vida que se da en automático. Principal característica del pueblo santo y amado es que ha sido hecho libre y su libertad implica su derecho a elegir. De ahí que Pablo asegure que el pueblo santo y amado tiene que vestirse de tierna compasión, bondad, humildad, gentileza y paciencia. La expresión tiene que, destaca, por un lado, la obligación que la condición de pueblo santo y amado acarrea; al mismo tiempo que establece la libertad que el creyente tiene para elegir hacerlo. Estamos obligados a hacerlo, pero toca a nosotros el decidir actuar en consecuencia.

Como creyentes, como miembros del pueblo santo y amado de Dios, su iglesia, somos llamados a realizar diversas tareas. Mismas que, al cumplirlas, hacen evidente nuestra identidad como agentes de cambio. En efecto, los cristianos somos generadores del cambio por el poder del Espíritu que reposa en nosotros. Cuando el cristiano actúa de acuerdo con su identidad, no sólo provoca el cambio, sino que lo genera, lo produce. Desde luego, no cambiamos los hechos, pero sí las circunstancias que propicia el cambio de los mismos. En particular, cambiamos la calidad de las relaciones y cambiamos el mundo en cuanto mundo de alguien.

Pablo nos anima para que seamos comprensivos con las faltas de los demás y perdonen a todo el que los ofenda. No nos llama a que cambiemos a los que caen en falta, sino a que los comprendamos. Esto significa que los entendamos y que los rodeemos por todas partes. Es decir, que estemos dispuestos a relacionarnos con ellos de tal forma que lo que somos los proteja aún de sí mismos. Que los bueno que está en nosotros los envuelva. Así, nuestra bondad impedirá que salga de ellos lo que no deba salir e impedirá que entre a ellos lo que los pueda dañar. ¿Cómo lo hacemos? Perdonándolos de la misma manera en que nosotros hemos sido perdonados.

El verso trece explica cómo es que actúa el Espíritu que está en nosotros provocando una reacción en cadena. Si nosotros que hemos sido perdonados, perdonamos, entonces aquellos a los que perdonamos estarán inclinados y capacitados para hacer lo mismo. De tal forma, las circunstancias cambian y la calidad de las relaciones es otra, muy diferente. Propia de quienes somos miembros del pueblo santo y amado de Dios.

Pablo también explica cómo es que el cristiano puede preservar su identidad de pueblo santo y amado de Dios en medio de la anticultura propia de este siglo. En verso uno de nuestro capítulo, Pablo dice: Ya que han sido resucitados a una vida nueva con Cristo, pongan la mira en las verdades del cielo, donde Cristo está sentado en el lugar de honor, a la derecha de Dios. Dicen que todo depende del cristal con el que se mira. Si asumimos que esto es correcto, entonces debemos considerar que el cristal con el que miramos los cristianos no es el mismo con el que miran los no cristianos. Nuestra perspectiva es diferente, miramos desde otra posición y desde otra referencia. Nuestra referencia son las verdades del cielo, lo que Dios ha establecido como justo, lo que Dios ha declarado como bueno.

Como pueblo santo y amado de Dios somos llamados a preservar nuestra identidad en medio de las circunstancias en las que vivimos. En medio de la confusión que las mismas provocan, sobre todo cuando tenemos que asumirnos minoría y, a veces, hasta una minoría bajo ataque, debemos proponernos el mantener fija nuestra mirada en Jesucristo. Él es nuestra verdad y en función de él es que debemos hacer la vida. Ello implica tanto nuestra disposición a morir a nosotros mismos, como la convicción de que, llegado el tiempo, habrá de mostrarse el valor, la importancia y la congruencia de nuestro mantenernos diferentes. En efecto, la Palabra nos asegura que, cuando Cristo —quien es la vida de ustedes— sea revelado a todo el mundo, ustedes participarán de toda su gloria. Es esta nuestra fe y la razón que tenemos para seguir siendo y seguir viviendo como el pueblo santo y amado de Dios.

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