Nada de lo que hay en el mundo

1 Juan 2.15-17 NVI

iCP Retos a la fe 2019 2Eugene H Peterson propone: El mundo es una atmósfera, un humor. Con total precisión se refiere a la casi imposibilidad de entender y definir el término bíblico mundo. Siendo así las cosas, resulta especialmente difícil comprender la exhortación juanina a que no amemos el mundo ni nada de lo que hay en él. A lo largo de la Historia, los creyentes han procurado comprender y obedecer tal exhortación haciendo un ejercicio de selección prejuiciada de ciertas cosas, prácticas o tradiciones a las que dan la categoría de mundanas. Así, en el evitar las mismas y abundar en las que se han seleccionado como espirituales, descansa el pretendido mérito salvífico que, se pretende, es propio de y garantiza la salvación. La Biblia, desde luego, no apoya tal presunción pues la misma implica el desconocimiento de la gracia como razón, origen y método de la redención. Colosenses 2.8, 16ss

Una de las cuestiones que hacen difícil la comprensión del mandato bíblico tiene que ver con que nosotros entendemos la palabra mundo como la tierra habitada (oikoumene), y, por relación, quienes la habitan. Sin embargo, en nuestro pasaje y en otros similares, la traducción viene del término kosmos, mismo que se refiere a un orden, a una cierta disposición. Es decir, a un ambiente, puesto que las cosas vitales están acomodadas de manera conveniente y necesaria para lograr un fin determinado. Este ambiente, al que se refiere Pablo, no es otro sino el orden satánico que se contrapone al Reino de Dios. Juan 17.14-19

Dada la naturaleza del creyente, regenerado por Dios en Cristo y por lo tanto, una nueva criatura, el estar inmerso en un ambiente que no le es propio le resulta incómodo al grado de generar en él una tensión existencial. Esta resulta de la necesidad constante de vivir y enfrentar cada experiencia de vida de manera diferente a como lo hacen quienes están sujetos al orden presente. Esta condición de diferente tiene que ver con la manera en que responde a los mismos estímulos, provocaciones y oportunidades que experimentan quienes no sirven a Cristo. Es decir, la otredad del creyente no tiene que ver con las experiencias vitales en sí mismas, sino con el cómo las vive, las enfrenta y las supera cotidianamente.

Cuando Juan nos previene a no amar nada de lo que hay en el mundo, se refiere a la atracción que la manera en la que los no creyentes responden a la vida, nos atrae. TLAI traduce con mayor claridad tal exhorto: No quieran ustedes ser como los pecadores del mundo, ni tampoco hacer lo que ellos hacen. Quienes lo hacen, no aman a Dios el Padre. La prevención para que no queramos ser se sustenta en una triple consideración: la necesidad de aceptación que es propia de todo ser humano, el alto costo de ser diferente en cuestiones vitales, y, en la pretensión de normalidad del orden que nos rodea.

De las tres, la última es la más importante y difícil de superar. Primero, porque el orden presente tiene lógica y produce satisfactores objetivos. Tiene lógica porque las ideas que lo sostienen y los hechos que resultan de las mismas parecen ser coherentes y sin contradicción. Esto es lo que provoca el conflicto de tantos hombres de Dios, quienes enfrentan que quienes practican el mal obtienen beneficios que quienes honran a Dios no alcanzan. Salmo 73.2-14, v.gr. Además, porque hemos aprendido que lo normal es lo propio, que la norma es buena per se. Si la mayoría lo hace, concluimos, entonces es bueno, correcto, apropiado. De hecho, uno de los retos que los creyentes enfrentamos es la rapidez y fortaleza con la que diversas espiritualmente torales están siendo asumidas como normales. Cuestiones que se asumen acríticamente, no como resultado de un análisis integral, sino como resultado de su práctica y aceptación implícitas.

Nos hemos referido al hecho de que ante la dificultad de quienes están envueltos en un ambiente mundano, los creyentes hemos optado por identificar cosas, prácticas y tradiciones como aquellas que debemos considerar como mundanas y de las que debemos preservarnos. El problema es que tales selecciones son, siempre, cambiantes en forma, grado y espacio de influencia. Lo que para unos es normal, para otros no lo es. Y lo que ha sido la norma pronto deja de serlo. Por ello es tan importante la observación que Juan hace en nuestro pasaje cuando nos exhorta a no amar nada de lo que hay en el mundo. Enlista tres cosas: los malos deseos del cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida. Estos son elementos a los que constantemente estamos expuestos y de los cuales, sin embargo, no tenemos consciencia de la oposición implícita que los mismos representan al orden de Dios en nuestra vida. Theo Donner propone que hay cosas de las que el cristiano tomará en cuenta sino hasta ser directamente cuestionado al respecto de las mismas.

Pues bien, el orden actual de las cosas está cuestionando nuestras creencias torales y las que, pretendemos son nuestros convicciones más profundas. Existe un paralelismo notable entre la lista de Juan y la propuesta de Cruz Kronfly en el sentido de que el postmodernismo, esa expresión de la cultura en medio de la cual somos llamados a ser luz, nos reta con el consumismo, el hedonismo y el relativismo. Tales retos son los que nos incomodan actualmente. Vivimos una constante confrontación interna y como Cuerpo de Cristo, porque mientras nuestra consciencia nos llama a buscar el Reino de Dios, este mundo nos atrae y provoca a permanecer bajo la influencia del orden satánico.

Al no tener consciencia de tal tensión y no identificarla en nuestras luchas cotidianas: personales, conyugales, familiares, laborales, sociales y aún políticas, estamos en el riesgo de abundar en una vivencia esquizoide, en la que pretendemos asimilar lo que nos es propio, lo de Dios y lo que nos es ajeno, lo de Satanás. Olvidando así que no hay comunión entre la luz y las tinieblas. 2 Corintios 6.14, 15 NTV  Por ello, nos ocuparemos de tales cuestiones en los siguientes domingos. He de invitarles, por lo tanto, a la oración, al estudio de la Palabra y a la reflexión cuidadosa sobre nuestro modelo de vida. A cuestionarnos respecto de nuestra otredad y de la necesidad de reafirmar en nuestro diario vivir que somos pueblo de Dios.

A esto los animo, a esto los convoco.

 

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