Su más se ha convertido en su menos

Hebreos 13.5 BLPH; 1 Timoteo 6.8-10 PDT

iCP Retos a la fe 2019 2Cultura es un término muy interesante. Al mismo tiempo que puede ser definido como el conjunto de conocimientos, creencias y patrones de conducta de un grupo social; se refiere a aquello a lo que las personas, las familias y las comunidades rinden culto, a lo que adora y reconoce como su autoridad espiritual. El mundo, es decir, el orden de Satanás que impera en y entre los hombres produce cultura. Tiene sus valores, sus sistemas de pensamiento, sus formas de control. Quien está bajo el poder del pecado tiene la cosmovisión propia del pecado. Y, como Theo Donner propone: La persona no decidió tener estos valores o presuposiciones, y de pronto nunca se ha cuestionado si son buenos o correctos.

Peterson describe el mundo como una atmósfera, un humor. Agregaría aquí esta se impregna en los creyentes que están inmersos en el mundo y que son llamados a mantener su identidad dentro de tal ambiente. Impregnar, es el estar una sustancia adherida en la superficie de un cuerpo. Impregnarse de la atmósfera, de la cultura, del pecado resulta tanto una cuestión pasiva -no requiere de la intención de la persona-, y una cuestión que ni requiere, necesariamente, de la consciencia de la misma. El cristiano corre siempre el riesgo de impregnarse de la cultura del pecado, de hacer suyos los valores, los presupuestos y las conductas que no le son propios, al grado de poder asumirlos como tales y aún de justificarlos y racionalizarlos presuntamente desde la fe. Esto resulta, hemos dicho, tanto de la normalización de tal cultura como de la necesidad de ser aceptado y no vivir una constante confrontación con los que le rodean.

Una de las cuestiones fundamentales de la cultura del pecado es lo que ahora llamamos consumismo y que la Biblia describe como el amor por el dinero. 1 Timoteo 6.8-10 PDT La frase: causa toda clase de males resulta de primordial importancia por su carácter inclusivo: toda clase de males. Además, porque rescata la dimensión espiritual del asunto cuando aclara que quienes han amado al dinero, codiciándolo, se extraviaron de la fe y se torturaron con muchos dolores. La razón de tal extravío es que la cultura del consumismo hace de las posesión de alguien o de algo, el sustento de la vida y, por lo tanto, el señor, el dios, de las personas.

La cultura dominante propone que la realización personal se encuentra en la obtención de tales o cuales cosas, riquezas o personas. Esta propuesta es tan obvia que hemos dejado de tener consciencia de ella. Lo cierto es que la misma se presenta de maneras novedosas pero, siempre, es la repetición del mismo patrón: merecemos tener más para ser más felices. Tener nos da felicidad porque asegura nuestra vida, está más seguro quien más tiene que quien tiene menos. Somos constructores de nuestra felicidad en la medida de que nos aseguramos de tener lo que necesitamos y merecemos. Etcétera.  ¿Quién no ha creído y promovido tales presupuestos? Presupuestos mentirosos, por cierto.

Tales valores mundanos están impregnando a la comunidad cristiana. Existe la llamada Teología de la Prosperidad, una creencia religiosa compartida por algunos cristianos, quienes sostienen que la bendición financiera y el bienestar físico son siempre la voluntad de Dios para con ellos, y que la fe, el discurso positivo y las donaciones a causas religiosas aumentarán la riqueza material propia. Podemos constatar la contaminación que no pocos creyentes sufren de tal propuesta cuando comprobamos que los testimonios de gratitud y las peticiones, que estos hacen tienen que ver, fundamentalmente, con lo que se ha recibido y lo que se espera recibir. No pocos califican la calidad de su relación con Dios en función de las bendiciones materiales recibidas o no. Concluyen que si reciben lo pedido es que su relación es buena y cuando no lo reciben o pierden algo de lo que ya tenían lo asumen como castigo o una forma de reconvención divina.

Cuando Pablo dice que el amor al dinero es la raíz de todos los males, se refiere, primero al hacer propios los presupuestos consumistas como el sustento y razón de la vida. Pero, también se refiere al efecto multiplicador que tal enfoque conlleva. Contra lo que algunos pensarían no se ocupan de los tropiezos financieros exclusivamente. Otra vez, Theo Donner, nos ilustra cuando rescata el término cultura del descontento, como el que define a nuestra sociedad de consumo. Se refiere al hecho de que los mismos que nos ofrecen que si tenemos tales o cuales bienes seremos felices, son quienes se ocupan de generar el descontento con los bienes obtenidos ofreciéndonos, siempre, algo más grande, más bueno, más propio de nosotros y de lo que merecemos.

Tal estrategia no afecta sólo a las cuestiones materiales sino que está incidiendo, afectando, las cuestiones relacionales. Detrás de todo conflicto relacional familiar está el descontento de unos o de todos los que forman las familias. Después de todo, merecemos más y mejor. Más atención, mejor trato. Una mejor esposa: más joven, más inteligente y hermosa, más comprensiva. Merecemos hijos más agradecidos, más dóciles y dependientes. Padres más generosos y complacientes. Lo mismo en el terreno laboral, en las cuestiones sociales y políticas. Y, sobre todo, en el terreno espiritual. Cada vez más, Dios nos sale debiendo. Y tal enfoque es el regulador de nuestro servicio cristiano. Lo que Dios es y ha hecho, sobre todo el darnos su salvación, no resulta suficiente para que correspondamos con nuestra fidelidad, nuestro servicio y nuestra integración a la vida y la tarea del cuerpo de Cristo, la iglesia.

Pablo advierte, según traduce TLA, que muchos, por el deseo de amontonar el dinero, olvidaron de obedecer a Dios y acabaron por tener muchos problemas y sufrimientos. Y, esta es la gran paradoja que muchos ahora enfrentan. Su más se ha convertido en su menos. Menos paz, menos satisfacción, menos sanidad mental, espiritual, emocional y afectiva. Trágicamente, quienes no tienen a Dios no se dan cuenta del estado en que se encuentran. Como niños siguen esforzándose en tener más, tratando así de romper ese ciclo de esfuerzo y frustración que están viviendo. Cada vez más cansados y desgastados encuentran en su esperanza la red que les mantiene atrapados en su desesperanza.

Pero, los creyentes contamos con el Espíritu Santo que habla a nuestro corazón y nos anima a buscar el rostro del Señor. Salmo 27.8 Este: busca mi rostro, es el llamado que Dios nos hace para que resistamos la presión de la cultura que nos rodea y para que hagamos de él nuestra razón de vivir, el todo de nuestra vida y el sustento de nuestra cotidianidad. Los animo a que veamos en las áreas de conflicto que estamos enfrentando, a nivel personal, familiar, laboral, económico, etc., el llamado divino al arrepentimiento y a la conversión.

Cada vez que le decimos que no a un modo de vida al que estamos muy acostumbrados, hay dolor. Pero, cuando la forma en que vivimos es un sendero que conduce a la muerte, a la guerra, cuanto más rápido nos alejemos de él, mejor. Eugene H Peterson

 

 

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