Propuso en su corazón no contaminarse

Daniel 1.6-17

De tanto en tanto la predicación parece una cuestión ridícula, una locura, un sinsentido. 1 Corintios 1.21, 22 Para algunos así puede parecer nuestra aseveración de que los creyentes somos diferentes porque hemos sido llamados individual y personalmente para vivir en comunión con Dios y con su iglesia. Mayor tontería puede parecer el que ahora digamos que no solo somos diferentes, sino que también somos privilegiados.  Es decir, que gozamos de características y cualidades que nos hacen excepcionales, lo que nos permite destacar entre quienes no gozan de la gracia de Dios. A los filipenses (2.15), el Apóstol les recuerda que deben vivir de acuerdo con su llamamiento pues, les dice: Entre ellos brillan ustedes como estrellas en el mundo.

Creer esto parece un sinsentido, decirlo, una verdadera locura. Pero, la historia que hemos leído nos ayuda a dimensionar tal convicción. En los creyentes habita el Espíritu de Dios. Esta presencia de Dios en el creyente le afecta a él y a quienes y a lo que está a su alrededor. La condición de excepcional no resulta de la personalidad natural del creyente sino del Espíritu de Dios que lo habita, que ha hecho de él su morada, su casa, su templo. 1 Corintios 6.19, 20 Quien es habitado por el Espíritu Santo se sabe diferente y privilegiado. Por lo tanto, desarrolla el deseo -que se convierte en decisión-, de mantener tales cualidades y calidades en su vida.

Daniel nos aporta un elemento de reflexión sumamente valioso en este contexto. En general, cuando las personas piensan en vidas excepcionales, piensan en cuestiones extraordinarias. Es decir, en aquellas cosas que salen de lo ordinario. En quienes logran grandes éxitos, alcanzan mucha fama, acumulan muchas riquezas, etc. Se presume que quienes se salen de lo ordinario son extraordinarias. Y, en cierto sentido tienen razón quienes así piensan.

Daniel, sin embargo, se sabía diferente y privilegiado. Se sabía miembro del pueblo de Dios. En medio de un entorno hostil, Daniel no está dispuesto a perder su identidad y actúa en consecuencia. No realiza actos heroicos, no se envuelve en la bandera y se lanza al vacío. No, decide no contaminarse con la comida y el vino dados por el rey. Daniel 1.8 Es decir, se compromete a que su vida ordinaria sea la mejor evidencia de su condición diferente, excepcional. Daniel decide excluirse de la generalidad o de la regla común.

Aquí debemos recordar que iniciamos este ciclo de reflexiones haciendo un llamado a quemar nuestras naves. Es decir, a asumir que como creyentes no tenemos más opción de vida que aquella que agrada a Dios, lo glorifica y da testimonio de su presencia entre las personas. Siguiendo a Bruce Wydick, propusimos tres elementos que facilitan el tomar la difícil y costosa decisión de quemar nuestras naves para así poder enfocarnos en lo que vale la pena. Ya nos hemos ocupado de los dos primeros: Cultivar un profundo sentido de llamamiento; y, Mantenernos enfocados en el llamamiento recibido.

La tercera propuesta de Wydick, se vuelve relevante ante el testimonio de Daniel: Tomar aún las más pequeñas decisiones en función de nuestro llamado mayor. Nuestra consciencia de identidad, así como nuestra condición de diferentes y privilegiados se fortalece en la medida que aún lo más pequeño, lo cotidiano, lo vivimos en función de nuestro llamado. Podríamos decir aquí que el llamado no tiene que ver con las grandes empresas, sino con la manera en que vivimos nuestro día a día. Que lo extraordinario de nuestra identidad se hace evidente en lo ordinario de nuestra vida.

Quizá esto tiene que ver con la economía de Dios. Es decir, con la manera en que Dios administra su Creación entera. En Mateo 25.14ss, Jesús cuenta una historia que inicia con la advertencia: El reino del cielo puede ilustrarse mediante la historia de un hombre que tenía que emprender un largo viaje. El meollo de la historia está en la respuesta que el hombre da a sus empleados. A quienes administraron bien lo recibido: El amo lo llenó de elogios. Bien hecho, mi buen siervo fiel. Has sido fiel en administrar esta pequeña cantidad, así que ahora te daré muchas más responsabilidades. ¡Ven a celebrar conmigo! Mientras que en el caso de quien no supo, quiso, pudo, administrar bien lo recibido, decidió: Quítenle el dinero a este siervo y dénselo al que tiene las diez bolsas de plata. A los que usan bien lo que se les da, se les dará aún más y tendrán en abundancia; pero a los que no hacen nada se les quitará aun lo poco que tienen. Ahora bien, arrojen a este siervo inútil a la oscuridad de afuera, donde habrá llanto y rechinar de dientes.

Lo ordinario, lo cotidiano, no es menos. Por el contrario, es el espacio propicio para que quien y lo que está en el creyente se haga evidente y muestre todo su poder. Como en el caso de Daniel. Algo tan sencillo como la comida y la bebida que consumieron él y sus compañeros los mostró como más saludables y mejor nutridos que los jóvenes alimentados con la comida asignada por el rey. Más aún, nuestro pasaje da testimonio de que: A estos cuatro jóvenes Dios les dio aptitud excepcional para comprender todos los aspectos de la literatura y la sabiduría; y a Daniel Dios le dio la capacidad especial de interpretar el significado de visiones y sueños.

Quiero terminar recalcando que todo esto empezó cuando Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse. RVR1960 Toda grande empresa, todo gran logro inicia con un deseo, con un propósito. En la vida cristiana, tal propósito es vivir lo ordinario desde lo extraordinario de nuestro llamado, desde lo excepcional de nuestra identidad. Lo que somos determina nuestros deseos y anula los que no son acordes a nuestro llamado. En lo cotidiano, en el día a día, en la compleja simpleza de la vida.

 

 

 

 

 

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