Dios nos demostró su amor

Romanos 5.8 TLAD

Cuando celebramos la Cena del Señor y, anunciamos su muerte -hasta que él venga-, lo que hacemos es hacer evidente la razón de la misma, su motivo. Según nos enseña Pablo: Pero Dios nos demostró su gran amor al enviar a Jesucristo a morir por nosotros, a pesar de que nosotros todavía éramos pecadores. Romanos 5.8

En efecto, cada vez que en algún lugar del mundo los cristianos participamos del pan y del vino estamos dando testimonio del amor incomparable con que Dios nos ha amado. Anunciamos que la esencia de la cruz de Jesús es el amor que hace posible nuestra salvación. Con ello nos referimos no a un hecho pasado sino a un actuar divino constante dado que el mismo amor que nos redimió sigue obrando día a día en el perfeccionamiento de nuestra salvación. Filipenses 1.6 NVI

Por ello la muerte de Jesús no es un fin sino un medio. Dado que Jesús pagó el precio y las consecuencias de nuestro pecado es que ahora estamos en paz con Dios, gozamos de comunión con él. Romanos 5.1 Este tener paz con Dios significa, primero, nuestra regeneración como seres creados a imagen y semejanza de Dios. 2 Corintios 5.17 Esta novedad de vida significa, además, libertad plena. Libres del poder del pescado, libres del temor a la muerte, libres de la condenación eterna.

No siempre prestamos atención al hecho de que viviremos eternamente. Que la muerte de nuestro cuerpo sólo será una transición entre esta vida terrenal y la vida eterna. Romanos 6.23 El no tomar en cuenta esto nos lleva a olvidar, también, que la paga del pecado es muerte y que, por Jesucristo, nosotros ya no tendremos que sufrir el castigo eterno -la muerte espiritual-, sino que gozaremos de la comunión eterna con nuestro Señor. Así se manifestará el amor con que Dios nos ha tratado.

Pero, no se trata sólo de esta manifestación futura. El amor de Jesús, mostrado en la cruz, se hace manifiesto en la plenitud de nuestra vida. Es decir, en la capacidad que Dios nos ha dado para que alcancemos nuestro máximo desarrollo, nuestra perfección como personas aún en medio de las circunstancias de vida que nos toca enfrentar. Dicho de otra manera, la plenitud de vida, la vida abundante que Jesús nos ha dado, significa que podamos seguir siendo nosotros. Que podamos permanecer firmes en lo que somos en medio de los vaivenes de la vida. 1 Pedro 5.9

Los seres humanos somos seres de propósito, podemos desear y, en consecuencia, determinarnos a alcanzar aquello que deseamos. La Biblia dice que Dios ha puesto eternidad en nuestros corazones. Eclesiastés 3.11 NTV Ello significa que podemos entender que hay un pasado, un presente y un futuro. Lo que se traduce en la capacidad para prever y evaluar nuestras actitudes y actos en función del cómo afectan nuestra comunión con Dios.

Esta resulta de primordial importancia para nosotros. David aseguro que su corazón ha oído la voz del Señor que le dice: Ven y conversa conmigo. O, como lo traduce TLAD: Una voz interna me dice: Busca a Dios. Salmo 27.8 Y es que, dado que llevamos el Espíritu de Dios en nosotros, este provoca una gran necesidad de su presencia, de su comunión. Los hijos de Coré lo dijeron así: Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivoSalmo 42.1,2

Aquí propongo que la comunión con Dios es la necesidad toral de los seres humanos. Que quienes no gozan de ella van por la vida tratando de compensarla dolorosamente frustrados. Que saberse no en comunión, en enemistad con Dios, es lo que genera el temor y la impotencia ante la muerte. Forma desgraciada, esta, de vivir el día a día y de enfrentar la eternidad inminente.

Pero, nosotros ahora estamos en paz con Dios. Ello, porque su amor ha sido suficiente para redimirnos y para ir perfeccionándonos en el día a día. Por lo tanto, es que, al participar de la Cena del Señor, debemos recuperar la importancia de las palabras del mismo cuando, refiriéndose a su cuerpo y a su sangre, nos recuerda que su cuerpo ha sido entregado por nosotros y su sangre derramada por muchos. 1 Corintios 11:23; Marcos 14:24

Lo anterior nos recuerda lo evidente, que el amor de Dios es un amor sacrificial. Implica un esfuerzo y una pena. No es ni un amor romántico, etéreo, ni un amor superficial. Que la vida que hoy celebramos tiene el costo de la muerte de quien, no mereciendo morir, estuvo dispuesto a hacerlo por nosotros. De esta manera, la Cena del Señor, de la cual hoy participamos, se convierte en una convocatoria doble. Primero, a valorar que Dios nos ha amado hasta el extremo de la muerte de Jesús, y, segundo, a que nosotros le amemos de la misma manera, hasta el extremo de nuestra propia muerte. No la de la muerte física, sino la que represente el que nos neguemos a nosotros mismos para que él sea glorificado en nosotros. Gálatas 2.20 TLAD

Cuando vivimos así, muriendo para nosotros mismos, no perdemos lo que vale la pena. En realidad, vivimos plenamente porque permanecemos firmes en nuestro propósito de honrar a Dios y porque, al honrar la comunión con el Señor abundamos en su amor y en el gozo de nuestra salvación. Nuestra vida se convierte en testimonio de su amor ello nos une, todavía más, a quien murió para que nosotros tengamos vida.

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