Tierras que nada producen

Salmos 68.6; 119.44, 45

Hemos dicho, y aquí lo reiteramos, que el hombre es libre para elegir, decidir y hacer. Sin embargo, aun cuando parezca que nos contradecimos, debemos decir que el hombre libre no siempre puede ejercer su libertad, es decir, no siempre puede ser libre. No es que no sea libre, es que no puede vivir su libertad. Para los humanistas las causas de tal incapacidad radican tanto en cuestiones sociales como en cuestiones sicológicas. Es decir, se asume que la persona está bajo la presión de fuerzas sociales como de procesos internos que atentan contra su individualidad. Desde la perspectiva espiritual, a tales cuestiones debemos agregar una que resulta mucho más incómoda e impopular: el pecado, tanto en su dimensión social como en la personal.

En consecuencia, no siempre lo que parece una elección lo es. Elegir presupone la libertad, es decir, el estar libre de presiones externas e internas. Por ello es que podemos hablar de grados de libertad y, por lo tanto, de espacios de elección. A menor libertad, menor el espacio en el que podemos ejercer la libertad que nos es inherente. Es por ello que la mayoría de las escuelas sicológicas animan al interesado a comprender las causas y las circunstancias que atentan contra su total libertad. Y, sobre todo, es la comprensión del poder y de la sutileza del pecado lo que lleva a Jesús a asegurar que si una persona no nace de nuevo no podrá ver el reino de Dios. Juan 3.3 TLAD Mientras que el humanismo propone que basta con la comprensión de las causas y el compromiso del esfuerzo propio la persona podrá ser libre, Jesús reconoce el poder del pecado y asume que a menos que la persona muera y nazca de nuevo no puede participar de la libertad propia del reino de Dios.

Cuando uno se encuentra bajo la inercia que lo controla, cualquier presunta alternativa contribuye mucho más a conservar el estado de cosas que a un cambio real. Por lo tanto, cuando uno hace una elección bajo tales circunstancias debe estar dispuesto a enfrentar las consecuencias de la misma. Aún más, debe estar consciente y dispuesto a asumir como propia la responsabilidad final sobre las elecciones tomadas y las decisiones y acciones consecuentes. Abundar en lo mismo significa la creciente pérdida de la libertad y la reducción de los espacios en los que podemos mantenernos en control de la situación.

El Salmo 68.6 TLAD, advierte cuál es la consecuencia de vivir así, asegura que a quienes desobedecen, les da tierras que nada producen. Los hace vivir en una tierra estéril, dice DHHD. El salmista se refiere al contraste existente entre el esfuerzo realizado y los resultados obtenidos. Creo que podemos comprender bien tal cosa. Pero, aunque nos resulte difícil creerlo debemos comprender que no tenemos por qué vivir siempre en pérdida, siempre decepcionados, siempre deseando y no teniendo la paz que ansiamos.

Desde la perspectiva bíblica somos llamados a morir al pecado. Es decir, a liberarnos de las fuerzas internas y externas que nos controlan, para nacer a una nueva vida. Una que es plena porque es libre. Juan 10.10 TLAD Quien está bajo esclavitud, no vive. Sobrelleva una forma de vida que le es impuesta. A este proceso se le llama conversión y se compone de tres simples pasos: reconocer que se ha vivido alejándose de Dios, la confesión del pecado como ofensa a Dios y atentado contra lo que uno es y, en tercer lugar, comprometerse a vivir para Dios, honrándolo en todo.

Morimos, con todo lo que ello implica, para nacer de nuevo. Nada más radical que la muerte… a menos que consideremos la vida. La diferencia entre vivir muriendo y vivir es una elección: elegir vivir para Dios, amándolo con todo lo que pensamos, con todo lo que somos y con todo lo que valemos. Por la gracia de Dios nosotros podemos escoger la vida. Dios nos aconseja que elijamos la vida. Deuteronomio 30.19 TLAD En el consejo divino hay un compromiso implícito: su presencia que acompaña nuestra elección y contribuye a hacerla posible. Sobre todo, el poder de su Espíritu Santo que nos capacita recordándonos quiénes somos: Hijos de Dios. Romanos 8.12-17 TLAD Escoger la vida implica el rehacer la que estamos haciendo. Con sus costos, su dolor… y sus ventajas. Siempre es mejor vivir siendo quienes somos que vivir obligándonos a ser quienes no somos y a hacer lo que no nos es propio, por muy gratificante que parezca.

El salmista hace una doble declaración, asegura que puede andar con toda libertad. Y explica la razón para ello: Porque sigo tus enseñanzas y siempre las cumpliré. Salmos 119.44, 45 TLAD Ha descubierto el secreto de la libertad, estar en sintonía con Dios. Cuando hacemos nuestra su ley moral quedamos libres del poder del pecado y permanecemos firmes en la libertad que nos es propia. Rechazar su ley moral equivale a sufrir las consecuencias de retar la Ley de la Gravedad, por ejemplo.

Cristo vino a nosotros para hacernos libres. Nos atan nuestros miedos, nuestros deseos, las manipulaciones de que somos objeto. Pero, Jesús vino a revelarnos la verdad que está en él. Su promesa, comprobada una y otra vez por quienes le hemos creído, se hace cierta en nosotros: La verdad nos hará libres. Juan 8.31 TLAD Resulta una tragedia que optemos por permanecer atados a lo que no nos es propio. Resulta absurdo que nos mantengamos haciendo lo mismo suponiendo que si hacemos más de ello lograremos un cambio para bien.

 

 

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