Virtud: Excelencia, Valor-Bravura

2 Pedro 1.3-11

Construir sin cimientos lleva a la ruina. Pero, construir solo los cimientos no hace la casa, y la inversión inicial termina convirtiéndose en pérdida total. En asuntos de la fe sucede algo similar. Quien construye su fe en meras experiencias, sentimientos o emociones, corre el riesgo de terminar confundido, defraudado y en fracaso. Quien solo llega al nivel inicial del caminar cristiano, la fe, pronto encontrará que la misma no es suficiente, ni tiene sentido a menos que se siga adelante en el conocimiento y servicio de Cristo.

Para Pedro no es suficiente con tener fe. A esta hay que agregarle otros valores. El primero de ellos es la virtud. Es este un término interesante. Su primer significado es “[el] estado de una cosa que constituye su excelencia propia y la capacidad para realizar bien su función”. Los Padres de la Iglesia, sucesores del liderazgo apostólico, consideraron como virtudes cardinales las siguientes cuatro: prudencia (sabiduría), fortaleza, templanza y justicia. Dado que según el diccionario virtud es también la potestad de obrar, entendemos que los creyentes hemos sido capacitados para actuar con excelencia en el cultivo de tales virtudes.

Ahora bien, la palabra utilizada por el Apóstol Pedro y que se traduce como virtud, es arete. Este término conlleva dos acepciones: la primera es, otra vez, excelencia; mientras que el segundo es valor, bravura. Si a tales sentidos añadimos la exhortación a que añadamos a cada virtud otra más, podemos comprender mejor el llamado que la Palabra de Dios nos hace. Veamos por qué:

En primer lugar, Pedro hace a los cristianos los sujetos de su propio progreso en Cristo. Es decir, no invita a que pidamos a Dios que sea él quien agregue virtud sobre virtud en nuestra vida. Así, del llamado petrino resulta que el crecimiento, el ir adelante, en la vida cristiana depende inicialmente de la decisión y del compromiso del creyente.

La segunda cuestión a destacar, es que el término usado por Pedro, añadir, implica la generosidad, es decir la disposición para invertir voluntaria y abundantemente todo lo que sea necesario para nuestro crecimiento personal.

Finalmente, este llamado apostólico implica la necesidad de equiparnos adecuada y excelentemente para cumplir la tarea que se nos ha encomendado.

Así, podemos sintetizar, Pedro nos llama a hacernos responsables de nuestro propio crecimiento; a que invirtamos generosamente en el mismo y que lo hagamos de una manera excelente. Es decir, nos llama a progresar, a avanzar. Equipara nuestro caminar cristiano al avance de un ejército en el campo de batalla. Robert Moffat, misionero al África y traductor de la Biblia, concluye ante dicho llamado: “la vida cristiana no debe ser un espasmo inicial, seguido por una inercia crónica”.

Crecer, caminar, avanzar, ¿hacia adonde? Otra vez, el diccionario viene en nuestra ayuda cuando define virtud también como: Integridad de ánimo y bondad de vida. Disposición constante del alma para las acciones conformes a la ley moral.

De lo que se trata es que nos ocupemos de mantener nuestro ánimo, nuestra disposición, firmes en la práctica de las cosas que Dios ha establecido como buenas. Que perseveremos en hacer el bien.

Hacer el bien, lo que Dios ha establecido como justo, es una tarea que requiere de nuestra fe y de nuestra entrega personal. De nuestra fe porque sabemos, conocemos y actuamos conforme a lo que Dios ha establecido. Solo la fe hace posible que, ante situaciones adversas, perseveremos haciendo lo bueno. Pero, a la fe debemos añadir nuestro esfuerzo, nuestra determinación, nuestra lucha constante.

“En la lucha”, es la respuesta que recibo de un amado hermano cuando le pregunto cómo está. Luchando, no estando dispuesto a permitir que las circunstancias de la vida nos detengan en nuestro servicio a Dios, ni, mucho menos que nos hagan retroceder.

No es suficiente conocer, confiar, conducirse inicialmente de cierta forma. Es indispensable avanzar y crecer en Cristo. No basta con haber empezado el caminar cristiano, como no basta con echar los cimientos. Todos los cristianos tenemos áreas comunes a las que debemos atender en nuestro caminar. Pero, cada uno tiene sus propias áreas de reto, sus propios espacios de oportunidad. Y nadie puede crecer por el otro. Cada uno debe añadir, por sí mismo, a su propio crecimiento.

Hay algunos a quienes las circunstancias los frenan y, como dejan de luchar, los hacen retroceder. Se apartan, se rezagan y terminan deslizándose fuera del espacio de oportunidad de Dios. La razón de su fracaso está en aquello en que han puesto su mirada, tal como lo evidencia la historia de Eliseo y Giezi, su siervo:

Una mañana, Giezi el siervo de Eliseo, salió al campo y descubrió que estaban rodeados por los sirios. Desesperado, preguntó: ¿qué haremos? Eliseo pidió a Dios: “Te ruego Jehová que abras sus ojos para que vea”. Y, cuando Dios lo hizo, el criado miró que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo. 2 Reyes 6.17

Permanecer mirando a Cristo, es garantía de nuestra permanencia y, por lo tanto, de nuestra victoria. Cristo permanece siempre al frente, nuestra tarea es permanecer mirándole a él. Esto requiere de nuestro esfuerzo, de nuestra concentración y de nuestro propósito, desde luego. Cosa difícil, pero posible puesto que, aunque nuestros ojos estuvieran cerrados, el monte sigue estando lleno de gente de a caballo y nos protegen los carros de fuego que están a nuestro alrededor.

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