Archive for the ‘Testimonio’ category

El Costo de la Vida Cristiana

27 junio, 2010

Lucas 9.23,24

Cuando se trata de considerar el costo del discipulado, del seguir a Jesús, es necesario considerar también dos cuestiones relativas a la naturaleza del discípulo. Recordemos que quien ha nacido de nuevo es una nueva creación. 2Co 5.17 Ello significa que la persona es ahora animada por el Espíritu Santo y ha dejado atrás lo que era propio de una naturaleza (identidad) animada por el pecado.

Entender lo anterior nos permite atender las dos cuestiones antes apuntadas. Primero, el discípulo de Cristo es una persona diferente; y, la segunda, el discípulo de Cristo ha recibido un llamamiento específico y prioritario para su vida.

El discípulo de Cristo es diferente en dos sentidos: es diferente a lo que él mismo era antes de ser transformado por Cristo y es diferente a quienes no sirven a Cristo. La regeneración (Tito 3.5), implica una transformación radical y no una mera modificación de la persona. Sin embargo, el discípulo regenerado sigue habitando lo que Pablo llama este cuerpo de muerte. Es decir, sigue confrontado el poder del pecado practicado y las consecuencias del mismo. Por lo tanto, cada día y a cada momento enfrenta el reto de encarar la vida presente de una manera radicalmente diferente a la forma en que lo hacía antes de Cristo. El discípulo tiene que desaprender la forma de vida propia de los sin Cristo.

Además, el discípulo es llamado a vivir en medio de gente mala y perversa. Fil 2.15 Teniendo, así, que enfrentar el reto de mantenerse dentro de ella brillando como estrellas en el mundo. Podemos asegurar que el lugar del creyente es el mundo, la realidad cotidiana donde gobierna Satanás. Por lo tanto, los discípulos de Cristo no son llamados a exiliarse en islas aisladas del pecado, sino a constituirse en comunidades alternativas que permean a la comunidad de pecado.

Dado que hemos sido comprados a precio de sangre, no nos pertenecemos a nosotros mismos. Nuestra vida no es nuestra. Nuestra vida pertenece a Cristo. Por lo tanto, somos llamados a glorificar a Dios en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, los cuales son de Dios. 1Co 6.20 Este glorificar a Dios no es otra cosa que honrarlo. De acuerdo con Juan 15.8, nosotros glorificamos a Dios cuando llevamos mucho fruto y nuestro fruto permanece. El fruto del discípulo no es otro sino aquello que el Espíritu Santo produce en y al través de él. Gál 5.22 Este fructificar se traduce en la tarea evangelizadora; es decir, en la proclamación efectiva del anuncio de Jesucristo que tiene como resultado la salvación de quienes todavía permanecen en la esclavitud del pecado.

Habiendo considerado lo anterior estamos en condiciones de acercarnos a la cuestión del costo de la vida cristiana. Primero, debemos entender que la vida cristiana es una vida de lucha, de esfuerzo y aún de sufrimiento. Luchamos contra nosotros mismos, nos esforzamos por desaprendernos y aprender a Cristo (Efesios 4.20), todo lo cual implica sufrimiento. Esto es lo que significa, de inicio, el llamado del Señor a negarnos a nosotros mismos. La exhortación es a que nos olvidemos de nosotros mismos y que hagamos de Cristo nuestra realidad presente. Es decir, que dejemos de vivir en función de nosotros mismos y que lo hagamos en función de Cristo.

La segunda faceta del costo del discipulado tiene que ver con el llamamiento que como discípulos recibimos. Somos llamados, hemos dicho, a honrar a Dios llevando fruto abundante y permanente. De acuerdo con Pablo nos convertimos en colaboradores de Dios en la obra que él realiza. Por lo tanto, como Dios se ocupa de manera prioritaria de alcanzar con la salvación al mayor número de personas posible; así también nosotros somos llamados a hacer de tal tarea la nuestra. Para ello somos llamados a hacer todo en la intención de que nuestro todo contribuya a la reconciliación de los hombres con Dios. 2Co 5.19 Ello implica, primero, que la razón última de nuestro hacer no lo somos ni nosotros, ni los nuestros. Así que somos llamados a dejar para después la satisfacción de nuestras necesidades y nuestros objetivos, cuando la satisfacción de los mismos impide o retrasa el propósito divino. En segundo lugar, ello implica que asumamos como propios los sufrimientos propios de la lucha espiritual en que estamos envueltos. Desde luego, el diablo no cederá ni a las personas, ni los espacios de poder que están bajo su dominio. Peleará en una guerra que no hace prisioneros, sino que procura la destrucción total de los enemigos. Satanás busca destruirnos porque él sabe que su destino es la destrucción eterna, puesto que será lanzado al infierno por la eternidad. Ap 20.10

Lucha, esfuerzo, sufrimiento, olvido de uno mismo, son las palabras que contienen y definen el costo del discipulado, de la vida cristiana. Uno podría pensar que es un costo demasiado alto y que quizá no valga la pena pagarlo. Sin embargo, nuestro Señor asegura que el que pierda su vida por causa de él, la salvará.

Cuando Jesús habla de la vida, se refiere a la personalidad del discípulo. Así que cuando nuestro Señor se refiere al salvar la vida, se ocupa de la realización plena de la persona. En términos postmodernos diríamos, del éxito de vida de la persona. Se trata, entonces, sí de un costo muy alto, pero que tiene como resultado el éxito más alto al que cualquiera pueda aspirar. El discípulo que se niega a sí mismo y toma su cruz, trasciende al todo de la vida puesto que se hace uno con su Maestro.

Dejemos pues de hacer de nosotros el centro de nuestro limitado, en tiempo y espacio, universo personal. Salgamos al camino con Jesús, pagando el precio que ello significa, para que podamos llegar hasta la consumación eterna de todas las cosas. Para que podamos, como Cristo en la cruz, decir al final de nuestra vida, consumado es.

Para que el Mundo Crea

13 junio, 2010

Para que el Mundo Crea

Juan 17.21

Como hemos visto, la vida cristiana consiste en el vivir el aquí y ahora a la luz de la realidad del Reino de Dios. Es decir, el creyente es llamado a vivir su cotidianidad en el orden divino. Este sustenta y define el cómo del ser de la persona, el cómo de su actuar y, sobre todo el cómo de sus relaciones. Hemos dicho ya que la realidad del Reino se expresa básicamente en la santidad del creyente. Entendemos esta como la pureza moral y ética, así como en el asumirnos apartados para Dios procurando vivir de manera diferente a la que nos caracterizó antes de Cristo y de quienes no son de Cristo.

Ahora debemos ocuparnos del para qué de la vida cristiana. Al plantearnos esta cuestión, asumimos que ni la santidad, en cuanto pureza, ni la vida consagrada a Dios son un fin en sí mismas. Es decir, no se trata de no practicar el pecado sólo para ser limpios. Ni se trata de hacer las cosas a las que Dios nos llama, sólo por hacerlas. No, el propósito de la vida cristiana no consiste sólo en que seamos diferentes.

Nuestro breve pasaje contiene un par de elementos fundamentales para la comprensión del qué y el para qué de la vida cristiana. Primero, nuestro Señor se refiere a la cualidad distintiva de la vida cristiana: la unidad de los creyentes como cuerpo de Cristo. Después, el Señor establece el propósito de tal clase de vida: que el mundo crea.

Como hemos visto, hemos aprendido erróneamente que la vida cristiana resulta de lo que hacemos o dejamos de hacer. Mientras más hacemos en cierto sentido, se nos dice, más cristiana resulta nuestra vida. Pero, la Palabra de Dios nos enseña que el quehacer es fruto, consecuencia del ser. Así es que nuestro Señor, pide por sus discípulos no para que hagan, sino para que permanezcan siendo. ¿Siendo qué?, siendo uno con Dios y con sus hermanos en la fe.

El término utilizado por nuestro Señor Jesús y que se traduce como uno, tiene, entre otros, el sentido de uno en contraste con muchos. Se refiere, entonces, a la unidad esencial que los creyentes gozan. La koinonía, la unidad del Espíritu. Esta no la construyen los creyentes, la mantienen. Este mantenimiento consiste y es resultado del cultivo del amor que los cristianos disfrutan y expresan en lo cotidiano de sus vidas. La sustancia de la relación de Dios con los hombres, es la misma sustancia de la relación entre los creyentes: el amor.

Como su Pastor, debo confesar que de manera significativa he caído en el error de enfatizar, convocar y aún reclamar a ustedes el que no hagan –hagamos-, lo que se debe. Pero poco he insistido y promovido en el que cultivemos el amor que nos une. Lo he hecho, cierto, pero ni he abundado en la importancia que el cultivo de la unidad que nos une merece; ni me he ocupado en lo personal del fortalecimiento bilateral de tales lazos de amor. Por ello, pido a ustedes que me perdonen y que me ayuden, no sólo a amarlos con mayor pasión, sino a enseñarlos y animarlos debidamente al amor fraternal.

La razón por la que, como Iglesia de Cristo, abundemos en el amor fraternal es sencilla y va más allá de nosotros mismos. Porque no se trata sólo de que nos amemos más o de mejor manera. Es decir, la razón del amor fraternal no somos nosotros. Según la enseñanza de nuestro Señor, la razón y propósito del amor de los creyentes, es hacer creíble a Cristo. Que se haga evidente que él es el Mesías, que él es el mismo Dios que habita entre los hombres.

De tal suerte, la vida cristiana encierra un misterio salvífico. La unidad de los creyentes, al ser fruto de la unidad de Dios con ellos, se convierte en una fuerza poderosa que transforma, no sólo a los que ya creen, sino a quienes permanecen incrédulos respecto de Dios, de su amor y de su propósito.

Quiero animarlos, pues, a que estemos dispuestos a recorrer el todavía virgen sendero del amor y la unidad del cuerpo de Cristo. A que nos ocupemos de mantenernos unidos en lo cotidiano de la vida. Para ello se requiere que estemos dispuestos a mostrarnos vulnerables unos con otros, compartiendo nuestra cotidianidad y haciendo nuestras las alegrías y los motivos de llanto mutuos. Se requiere, también, que salgamos de nosotros mismos y vayamos al encuentro del otro. A que tomemos la iniciativa dinámica de involucrarnos y ser involucrados en el día a día de nuestras vidas. Y, desde luego, se requiere que fortalezcamos la conciencia de que los lazos que nos unen como creyentes son más fuertes y trascendentes que cualquier otra clase de lazos relacionales en los que participamos.

En el cultivo de la unidad que hemos recibido, encontraremos el poder para testificar y descubriremos como nuestra unidad se convierte en un argumento irrebatible a favor de la realidad de Dios en Jesucristo. Es decir, seremos testimonio viviente del amor y la intención salvífica con los que Dios se relaciona con los hombres.