Ya no importa si eres hombre o mujer

1 Corintios 12.13; Gálatas 3.28, 2 Corintios 5.14-20 NBV

Hoy, por fin, podemos ocuparnos del tercer pasaje que da sustento a nuestra relectura bíblica de los pasajes que, hemos dicho, al ser leídos e interpretados a la luz de la cultura dominante, parecen dar sustento al machismo, al patriarcado y la creciente violencia en contra de la mujer.

Nos hemos ocupado ya del relato de la creación que establece la igualdad en dignidad, derechos y responsabilidades de los seres humanos, independientemente de su género. Génesis 1 Además, hemos visto como es el pecado lo que explica y da lugar a una cultura de subordinación e indignidad en contra de la mujer. Hemos considerado al pecado como la génesis de las factores sociales y sicológicos que explican la perversión del propósito divino de dignidad, integridad y libertad propios de la identidad humana. Génesis 3

Ahora nos ocupamos del hecho de que, dado que Jesús ha venido a destruir las obras del diablo (1 Juan 3.8), quienes están en Cristo, independientemente de su género, son nuevas criaturas, regeneradas a su condición de imagen y semejanza de Dios y, por lo tanto, libres ante el poder del pecado y de las estructuras mentales e ideológicas que este ha puesto en la mente de los individuos y la mentalidad colectiva. 1 Corintios 12.13; Gálatas 3.28, 2 Corintios 5.14-20 NBV

En Cristo, Dios ha vuelto las cosas propias de la relación entre hombres y mujeres a su condición original. Por la regeneración de la sangre de Cristo, las personas recuperamos nuestra identidad original. Somos justificados, es decir en Jesús quita lo que sobra y añade lo que falta a nuestra identidad y, por lo tanto, somos reconciliados con Dios, con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

Al ser salvos somos llamados a libertad. Gálatas 5.13 Por ello resulta incomprensible que las mujeres y los hombres que han sido redimidos sigan repitiendo los patrones propios de la esclavitud del pecado. La carta a los Gálatas (5.1), nos advierte que es posible que quienes son libres, sigan viviendo como si aún fueran esclavos. Vivir así es una insensatez, es decir, algo sin sentido. Gálatas 3.1, 13-14 La traducción NBV es más contundente, asegura que quienes viven así son estúpidos.

Resulta interesante que uno de los espacios vitales en los que más frecuentemente vivimos como si no estuviéramos en Cristo, es el espacio de las relaciones humanas. Relaciones entre géneros, relaciones matrimoniales, familiares, aún las eclesiales, son espacios astutamente aprovechados por el diablo para engañar aún a los escogidos de Dios. Mateo 24.24

Una poderosa corriente surgida de las comunidades cristianas, en sus más diversas expresiones, es la que promueve la subordinación total de la mujer al hombre, bajo el principio de que este es cabeza de la mujer. Pablo y Pedro son, en la Biblia, quienes dan, se pretende, fundamento, a tal propuesta.

A lo largo de la historia de la iglesia se han confrontado dos corrientes. El complementarismo y el igualitarismo. La primera, sustenta que si bien hay una cierta igualdad en dignidad entre los hombres y las mujeres, Dios ha establecido una diferencia de roles, o de papeles a representar en la vida de la pareja. Tocando al hombre el rol de líder y a la mujer el de seguidora.

Quienes defienden esta corriente ignoran un principio fundamental del estudio bíblico que es la consideración del contexto histórico de los autores bíblicos. Dejan de lado que tanto Pablo como Pedro fueron formados en un ambiente machista y que sus escritos así lo evidencian. También ignoran que, si bien la Escritura ha sido inspirada por Dios, esta también refleja la humanidad de sus escritores.

La segunda corriente propone que tanto en la creación como en la redención, mujer y hombre han sido creados en una condición de igualdad en tanto a dignidad, autoridad, derecho y libertad. De hecho, los pasajes bíblicos que dan sustento a nuestra reflexión, así lo establecen. Curiosamente son pasajes que contradicen, en alguna medida, las aseveraciones de los mismos escritores que promueven la subordinación unilateral de la mujer al hombre: esposo, padre, hijos, etc.

Convoco a ustedes para que nos propongamos ocuparnos de la consideración de los principios y reglas de la interpretación bíblica. Esto con el fin de que podamos, en la relectura de la Biblia, discernir los presupuestos que rigen tanto la creación del ser humano, hombre y mujer, como el cómo de las relaciones entre unos y otras. Oremos pidiendo la dirección del Espíritu Santo para tan importante tarea.

Ahora bien, gracias a Cristo y a su redención, las mujeres son libres de los condicionamientos que explican sus temores, sus dependencias, sus condicionamientos. Por la misma razón, las mujeres han recibido lo que necesitan para vivir tal realidad: razones para una nueva manera de pensar, amor a sí mismas y a los demás, poder y autoridad para ejercer su libertad, así como dominio propio (la capacidad para administrar sus emociones, sentimientos y condicionamientos culturales). 2 Timoteo 1.7

Vale la pena detenernos un momento en este hermoso pasaje que NBV traduce así: El Espíritu que es don de Dios, no quiere que temamos a la gente, sino que tengamos fortaleza, amor y dominio propio. Conozco a muchas, demasiadas, mujeres cristianas que, estoy seguro, dirían amén a este pasaje. Pero, permiten que sus maridos abusen de ellas física, emocional, sexual, económicamente.

Algunas han desarrollado bien el arte de voltear hacia otro lado, ante la infidelidad, los abusos y el maltrato que reciben. También conozco a mujeres cristianas que permiten el abuso de sus padres, hermanos y aún de sus hijos. Pero que, seguramente, dirían amén a las palabras de Pablo.

Mujeres que tienen fe, ciertamente. Mujeres que creen en Dios… Pero, aquí necesitamos detenernos y reflexionar y preguntarnos sobre lo que estas mujeres creen y la forma en la que la fe marca el camino de sus vidas.

El texto bíblico nos asegura que sin fe es imposible agradar a Dios. Efesios 11.6 La paradoja es que no pocas mujeres creyentes explican su subordinación indigna al machismo de su esposo o al patriarcado social, en función de su fe. Permanecen en modelos de relación tóxicos porque tienen fe, confían en que Dios cambiará las cosas algún día. Otras, porque creen que Dios premiará su sacrificio. Otras más, porque creen que mientras más abusos toleren del marido, mejor testimonio de su fe estarán dando.

Pero, resulta que frecuentemente olvidamos que tener fe es mucho, mucho más, que confiar en Dios y en su poder. El término usado en Hebreos 11.6, para fe es pistis. Este se refiere a la convicción de que es verdad lo que se cree y que tiene como fruto la confianza y el fervor. A los corintios Pablo asegura que porque hemos sido bautizados en Cristo, todos somos un cuerpo. Todos participamos de la misma dignidad. Además, de que nos invita a que dejémonos de medir a los demás por lo que el mundo piense de ellos. A los gálatas les recuerda que, en Cristo el ser hombre o mujer carece de importancia. Y, nuevamente a los corintios: que si alguien está unido a Cristo es una nueva creación. ¡Lo viejo ha quedado atrás y lo nuevo ha llegado!

Mujeres que me escuchan, que creen en Dios y que, sin embargo, siguen participando de dinámicas indignas.

¿De veras creen lo que Dios dice de ustedes? ¿De veras creen que Jesús vino a destruir las obras del diablo que tanto daño les han causado y que les ha hecho libres del poder del pecado? ¿De veras creen que, en Cristo, son nuevas criaturas y que su pasado, cualquiera que sea este, no tiene mayor poder sobre ustedes? ¿De veras se dan cuenta que, en Cristo, miden más que lo que han aprendido a creer que miden ante sí mismas, ante su hombre, ante sus hijos, padres y demás familiares? ¿De veras se ven a sí mismas como hijas de Dios, con todas las obligaciones y derechos que ello implica? ¿De veras creen que son amadas por gracia?

Muchas preguntas más podría seguir haciendo. Lo que pretendo es, lo confieso, provocar a las mujeres cristianas a que, por fe en Jesucristo, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir. Como dice Pablo: no vivan según los criterios del tiempo presente, que cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir. Romanos 12.2 DHHK

Como hijas de Dios, las mujeres tienen el deber y el derecho de asumir la realidad y la responsabilidad de su liberación plena en Cristo. Le deben a Dios, se deben a sí mismas y deben a quienes estamos a su alrededor, el asumir el compromiso de vivir la libertad integral que Cristo les ha dado al justificarlas.

Seguramente alguna de ustedes desearía poder interrumpirme y preguntar o aún reclamar por qué es que insisto en que toca a las mujeres asumir el compromiso de vivir la libertad integral que Cristo les ha dado al justificarlas. La respuesta es sencilla: el diablo no ha renunciado a ustedes y sigue luchando por mantenerlas sujetas a modelos de relación que las mantengan cautivas al poder del pecado.

En este sentido, me temo que los hombres, aún aquellos que estamos en Cristo, somos consciente e inconscientemente, voluntaria e involuntariamente, instrumentos eficaces en las manos de Satanás. Interesados y esclavos, al mismo tiempo, de las pasiones que nos impulsan a someterlas y a aprovecharnos de ustedes. Aunque las amamos, seguimos amándonos más a nosotros mismos. Así hemos sido enseñados y así hemos aprendido a sentirnos bien.

Así que en tanto que los hombres que estamos en Cristo sigamos luchando contra las fortalezas espirituales, patrones de pensamiento, que todavía marcan nuestra forma de ser y actuar, ustedes deben abundar en la libertad que Dios les ha dado en Cristo y luchar la buena batalla para que lo de Cristo se manifieste en ustedes plenamente.

Hebreos dice que debemos mantener firmes nuestras convicciones cristianas. Esto incluye el que creamos que Dios premia a los que sinceramente lo buscan. Dios es galardonador, es decir, Dios honra la convicción, la confianza y también el esfuerzo y sacrificio de quienes luchan por honrarlo. Muchas mujeres han aprendido a no tener esperanza, a no creer que pueden cambiar, a no creer que pueden salir vencedoras en la lucha por su dignidad. Bueno, mujeres que así creen, Dios premia a los que sinceramente lo buscan. Dios recompensa nuestra fidelidad y nuestro esfuerzo. Alguien dijo: Yo me esfuerzo por hacer lo que puedo hacer, y Dios hace todo lo que yo no puedo hacer. Ustedes pueden descubrir que así obra el Señor cuando hacemos nuestra su obra redentora en Cristo Jesús.

Desde luego, como comunidad de fe tenemos una gran tarea por delante. El de la violencia de género es un tema que no podemos, no tenemos el derecho de ignorar, y con la ayuda de Dios nos esforzaremos por convertirnos en luz y sal del mundo en este tan difícil espacio de relación.

Mientras tanto, les animo a ustedes las mujeres y a nosotros los hombres, a que nos propongamos honrar a Dios en la cotidianidad de nuestra vida. A que nos sometamos unos a los otros en el amor del Señor y a que luchemos para permanecer firmes ante las asechanzas del diablo y vivir el todo de nuestra vida honrando al Señor y a nuestro prójimo

A esto los animo, a esto los convoco.

Tres preguntas:

  1. Mujeres: ¿Qué de mi manera de pensar respecto de mí como mujer, condiciona la opinión que tengo de mí misma y de los demás?
  2. Hombres: ¿Qué de mi manera de pensar respecto de mí como hombre, condiciona la opinión que tengo de mí mismo y de los demás?
  3.  Todos: ¿Qué ideas y acciones deben cambiar mi relación con las personas del sexo contrario, para relacionarme al estilo de Cristo?
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