Administradores del generoso amor

1 Pedro 4.1-11 PDT

Todas las sociedades, las familias, las personas, tienen una cultura propia. Es decir, aprenden modos de vida y costumbres, adquieren conocimientos, preferencias, etc., en conformidad con la época y las circunstancias que les ha tocado vivir. Por sus raíces etimológicas, la palabra cultura contiene también lo que podríamos llamar una dimensión religiosa, sagrada. En efecto, la cultura se convierte en aquello a que damos culto. Se trata de aquello que está en el centro de nuestra vida y que ordena, explica y valora todo lo que creemos y lo que hacemos.

Nosotros aprendimos una forma de vivir que era propia de quienes no conocen a Cristo. Aprendimos a pensar, sentir, relacionarnos, actuar, etc., condicionados por el poder del pecado en nosotros, en nuestras familias, en nuestra sociedad. Sí, hay una cultura del pecado. Esta se caracteriza por el predominio de los temores (a no ser, a no ser apreciados, a sufrir), como causa y efecto de nuestro quehacer vital.

Por ello es que, fuera de Cristo, nosotros mismos somos el punto de referencia de nuestra vida. Queremos tener siempre la razón, que los demás nos respeten, nos traten con justicia. Nos sentimos en el derecho de decidir quiénes están bien y quiénes no. Estamos siempre a la defensiva, atacando y menospreciando al otro para que no pueda controlarnos. Ello es causa y efecto de que siempre buscamos el ser apreciados por los demás. Para lograrlo, dejamos de lado nuestros valores y actuamos como conviene. Como no queremos sufrir, acusamos a los demás de lo que es, en realidad, nuestra propia realidad.

Pedro nos recuerda que el tiempo que vivimos sin Cristo fue suficiente. Que ahora se requiere que aprendamos una nueva cultura, una nueva manera de pensar y de actuar en todas las esferas de nuestra vida. El Apóstol hace tal llamado considerando dos razones fundamentales:

  1. El ejemplo de Cristo, quien ha padecido por nosotros.
  2. El hecho de que el fin de todas las cosas se acerca.

Dadas tales razones, Pedro nos llama a vivir siendo sobrios y sabiendo controlarse, para que esta forma de vida les ayude en la oración. Vs 7 PDT. La sobriedad tiene que ver con el temple de la persona; es decir, con el carácter propio del cristiano que ejercita el dominio propio. Firme y dúctil, maleable. Firme y humilde. La sobriedad es resultado de la obediencia y del compromiso que el cristiano asume conscientemente para servir a Dios. Es consecuencia de su entrega integral y constante al servicio de su Señor.

La sobriedad es acompañada de la oración constante. Por consecuencia, de la comunión íntima con el Señor. Es, precisamente, el estar en comunión con Cristo lo que nos permite mantenernos en equilibrio ante las distintas circunstancias de la vida. Estar asidos por Cristo nos permite permanecer firmes en cualquier circunstancia. Pero, no olvidemos, solo puede estar en Cristo aquel que toma su cruz cada día y le sigue.

Todos podemos explicar en función de lo que fuimos, de lo que vivimos antes, mucho de lo que somos ahora. Es más, así lo hacemos y, por lo tanto, lo justificamos. Pero, el tiempo del cristiano, que es el tiempo de Dios, es el hoy. Lo que somos ahora determina el poder de lo que fuimos, de lo que nos pasó, de lo que nos hicieron. Además, el vivir el ahora en función de Cristo abre el camino y la oportunidad para que nuestro mañana sea diferente, más productivo, más feliz, más exitoso.

Podemos, porque tenemos con qué. Pedro nos reconoce como administradores de la multiforme gracia de Dios. Así se refiere a todas las bendiciones que hemos recibido, como algo que puede y debe ser administrado: ordenado, dispuesto, organizado, de una manera especial. Si hemos recibido salvación es para que la administremos; lo mismo, si se trata de salud, de familia, de trabajo, de dinero, etc.

La forma en que administramos la gracia recibida hace evidente a quién damos culto. Por ello, Pedro usa referentes tales como: conforme a las palabras de Dios… conforme al poder que Dios da… para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo.

En la cultura del pecado buscábamos la gloria para nosotros mismos, buscábamos nuestro propio bien, nuestra comodidad, nuestro interés. Ahora debemos preguntarnos si lo que somos y hacemos se traduce en que Dios sea glorificado.

Este es el reto y el llamamiento que la Palabra nos hace este día. Vivimos a la luz de dos hechos determinantes que Dios hace en nuestra vida, de la obra de Cristo y de la inminencia de su Segunda Venida. ¿Lo estamos honrando? La administración de nuestro tiempo, de nuestras fuerzas, de nuestras posesiones. La calidad de nuestras relaciones, familiares y sociales. La santidad de nuestra vida. La proclamación que hacemos de su señorío, en nuestro testimonio y al través de la evangelización-discipulado. Etcétera. ¿Es ello fruto de gloria para el Señor?

La respuesta que podamos dar evidenciará las áreas de conversión a las que somos llamados. Es tiempo de volvernos a Dios y de vivir como corresponde a quienes hemos sido llamados a formar parte del pueblo de Dios.

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