¡No dejes que ellos influyan en ti!

Jeremías 15.19

Se me ha pedido que nos ocupemos, desde la perspectiva bíblica, de cuestiones tales como si los cristianos pueden, o deben, tatuarse o usar piercings. Dado que, en la Biblia, apenas se trata el tema, primero en relación con la memoria o culto a los muertos y después como una declaración de la estrecha relación del Señor con Jerusalén (Levítico 19.27; Isaías 49.16 TLAD), podríamos concluir que el tatuarse y el perforarse la piel cae dentro de aquel principio de que lo que la Biblia no condena está permitido y, dar por cerrado el asunto.

Sin embargo, el tema nos refiere a otro asunto de mayor importancia: la cuestión de la influencia, de quién influye a quién. Desde la perspectiva bíblica los creyentes somos llamados a permanecer en el mundo, lo que implica el participar de su dinámica cotidiana, pero, sin perder nuestra identidad, nuestra condición de diferentes. Juan 17.15; Mateo 5.13ss TLAD De ahí que cuando Jesús utiliza la palabra mundo (cosmos), se refiere en particular a la gente impía, la que está alienada de Dios. Y que su petición de que el Padre guarde a los suyos del mal, implica que los mantenga en la condición que les es propia. Es decir, estamos ante un asunto de identidad y, por lo tanto, de lo que podemos llamar: una necesaria diferenciación.

Los creyentes somos diferentes de los no creyentes. Desde ya, la condición de diferentes tiene que ver tanto con el contenido como con la forma. Aunque, la diferenciación de formas no significa, necesariamente, la diferenciación del contenido. Lo diferente consiste en que no es igual a otra cosa o persona con que se compara o tiene diferencia. Por lo tanto, el mantener la condición de diferentes resulta ser una cuestión dinámica, de consideración y elección constantes. Desde luego, también de costos porque el mantener la condición de diferentes en un entorno (mundo), que promueve y presiona con la homogeneidad como condición para la aceptación del otro, resulta siempre caro y hasta extenuante.

El creyente que vive inmerso en las dinámicas de un entorno que llega a ser hostil, experimenta una tensión constante. Por un lado, está la convicción de su llamado y condición de diferente. Por el otro, la atracción, no sólo de las formas por las formas, sino por el deseo innato de ser aceptado por aquellos que asume como sus iguales, aunque en esencia estos no lo sean. Y quizá sea este el punto al que debemos atender cuando se trata del tema que nos ocupa. Innato es lo que no ha sido aprendido o adquirido después del nacimiento sino que ha nacido con el ser. Relativo a la naturaleza de un ser y que no es el resultado de lo que este ha experimentado, hecho o percibido a partir de su nacimiento. Así, una consideración a hacerse cuando se trata de hacer lo que todo mundo hace es la de nuestra identidad: ¿Somos como los otros, somos como todo el mundo? Al adquirir tal o cual forma, al practicar tales o cuales cosas, ¿abundamos en nuestra identidad o renunciamos a ella?

Muchos dicen, y en parte se puede estar de acuerdo con ello, que lo que Dios ve es el corazón y no lo exterior. Sin embargo es necesario tener en cuenta, primero, que la forma evidencia al contenido. La forma revela la sustancia. Y que en aquellos casos en los que forma y contenido no son acordes estamos ante una contradicción que puede resultar de un problema esquizoide o de una hipocresía (simulación de buenos sentimientos o ideas que generalmente se oponen a los que se sienten realmente).

En segundo lugar, el creyente ha de discernir sobre lo que está detrás de tantas propuestas que se convierten en tendencias homogeneizadoras de la sociedad. Por ejemplo, en la cuestión de las modificaciones corporales (tatuajes, piercings, mutilaciones, etc.), ¿participo de las características psico-sociales de quienes pretenden encontrar en tales prácticas una reafirmación de su identidad, un sentido de pertenencia a grupos marginales, gratificación en el dolor, el testimonio de su rechazo a la sociedad, etc.)? Si la forma es la exteriorización, la revelación, de los más profundos sentimientos, de necesidades sentidas, de filias y fobias vitales, al asumirlas como propias ¿estoy declarando que no he sido regenerado por la sangre de Cristo? O, aun asumiéndome nueva criatura insisto en asumirme como igual a quienes permanecen en el desamparo de la gracia.

Más importante que lo anterior es que los creyentes somos llamados a honrar a Dios en todo lo que hacemos. Pablo hace un llamado totalitario al respecto cuando convoca: Siempre que ustedes coman o beban, o hagan cualquier otra cosa, háganlo para honrar a Dios.  1 Corintios 10.31 NTV Este honrar a Dios, implica el perseverar en un propósito que resulta fundamental para el creyente. ¿Honro a Dios con esto? ¿Qué haría Jesús en mi lugar? Son preguntas que deben animar la vida de quienes confiesan a Dios como su Señor. El para qué de todo es el honrar a Dios. Y esto se lograr en el propósito y la lucha por conservar nuestra identidad y condición de diferentes para poder estar en condiciones de cumplir con nuestra tarea de preservar la degradación del ser humano (imagen y semejanza de Dios), y de la sociedad y el mundo (orden social y espiritual), al que somos llamados a iluminar con la luz de Cristo.

Siendo así, los creyentes somos llamados a considerar todas las cosas, aun las que tienen que ver con las modificaciones corporales tan comunes en nuestra sociedad, como asuntos espirituales. Como cuestiones que nos capacitan o nos disminuyen en nuestro propósito de honrar a Dios y de ser aquellos que influyen al mundo y no como quienes son influenciados por este.

 

 

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