Cuando las esposas hablan de más

Mejor vivir solo en un rincón de la azotea que en una casa preciosa con una esposa que busca pleitos. Proverbios 25.24 NTV

Desde luego, tanto el pasaje que nos sirve de referencia como el título de esta propuesta de reflexión, resultan incómodos. Son políticamente incorrectos y fácilmente pueden ser considerados como machistas y misóginos. Pero, todo ello no hace menos cierto que uno de los claroscuros de las parejas es el que resulta de esposas que hablan de más y que al hacerlo provocan pleitos. Es decir, cuando, animadas por diversas razones, las esposas dicen lo que ni es conveniente ni resulta oportuno decir.

Son muchas las razones que pueden llevar a una esposa a hablar de más y provocar pleitos, entendiendo estos como diferencias, discusiones, peleas. Puede tratarse de la decepción y el cansancio que la esposa experimenta ante la inmadurez del esposo. O, puede resultar de la propia inmadurez de la esposa ante sus expectativas incumplidas. También puede resultar del rol adoptado ante el esposo, como el de segunda madre que, en la sobreprotección del marido, pretende expresar su amor y cuidado.

Prevención, corrección, control, venganza y otros objetivos más dan lugar a las frases repetitivas, miradas, la modulación de las palabras, las onomatopeyas, los cambios de actitud y de conductas, los codazos y los apretones de manos que tantos esposos conocen e identifican como el hablar de más de sus esposas. Reconocen en tales cuestiones un principio de legitimidad pues, por más incómoda y contraproducente que pueda resultar la cuestión, saben que a sus esposas les anima la convicción de que están en lo correcto y que sólo buscan el bien del esposo y de la familia toda al proceder de la manera en que lo hacen.

En la historia bíblica encontramos a diferentes mujeres que representan bien lo que aquí decimos. En cada una podemos encontrar la razón de sus actitudes y conductas, pero también el factor común que las une: terminaron abonando para el distanciamiento y la consiguiente erosión de la relación matrimonial.

Rebeca. Génesis 27.46. Los hijos son razón frecuente de los exabruptos de las esposas. Rebeca, la esposa de Isaac, era y siguió siendo extranjera en casa de su marido. Nunca se sintió parte de la familia, del país, de la cultura de Isaac. Por ello, eligió un hombre en el que pudiera hacer realidad sus sueños. Este fue su hijo Jacob. Por Jacob traicionó a Isaac y por Jacob robo a Esaú, su hijo mayor, de su herencia paterna. La única explicación que dio a Isaac respecto de su infidelidad y traición filial fue su hartazgo de las mujeres hititas y su compromiso de un futuro mejor para Jacob… fuera del entorno familiar. Primero traiciona, después explica. Puede hacerlo porque Isaac resultó ser un hombre débil, apasionado y poderoso, pero débil de carácter. Mezcla esta que evidencia que la disfuncionalidad de la pareja requiere de la participación de quienes la integran.

Mical. 2 Samuel 6.16, 20. Los referentes culturales de la pareja dan lugar a juicios fáciles. Mical nació y creció en el palacio del rey. David, se formó cuidando ovejas. Una olía a perfumes, el otro a sudor y suciedad. Pero, David resultó ser el que derrotó a Goliat, un héroe y Mical le fue dada como recompensa. ¿Quién presumiría a quién? Mical aprendió a privilegiar el cuidado de las formas sociales. Así que, seguramente, supo presumir a su héroe delante de sus amigas de palacio. Pero, un día Mical descubre que David sigue siendo un bárbaro: inculto, grosero y tosco, y se burla de él. Lo acusa de exhibirse descaradamente delante de las sirvientas… tal como lo haría cualquier persona vulgar. Lo menosprecia. Mical conocía los complejos y las vergüenzas de David, y de ellas fue de las que habló de más. Sabía dónde le dolía y ahí fue donde lo apretó.

La esposa de Job. Job 2.9, 10. La espiritualidad del marido anima los juicios fáciles de las esposas. Pareciera que a la esposa de Job le resultaba molesta la integridad de su marido. Quizá pensaba que se había pasado de la raya. El hecho es que lo que ella consideraba como lo espiritualmente correcto no era lo que veía en la práctica religiosa de su esposo. Por eso es que está dispuesta recomendarle que maldiga a Dios y se muera. El juicio sobre la espiritualidad de su esposo provoca su propia insensibilidad ante lo que el marido está viviendo. Dedujo que la suerte de su marido era consecuencia de su forma de relacionarse con Dios. No son pocas las esposas que resultan igualmente insensibles ante lo que los maridos viven porque, piensan, sólo están cosechando de lo que sembraron, o no, espiritualmente. Las crisis de los maridos sirven para reafirmar la justicia de la práctica religiosa de la esposa y el riesgo de la espiritualidad del marido.

Jezabel. 1 Reyes 21. Las expectativas incumplidas también dan razón a las salidas de tono de las esposas. Hombres y mujeres somos atraídos mutuamente por las apariencias, por la imagen que hacemos del otro. Jezabel nunca olvida que se casó con el rey de Israel. Pero un día descubre que a este rey le falta determinación, valor, consistencia. Que deja que otros lo traten como si no fuera el rey. Se decepciona y se enoja. Se ocupa de que coma algo y le promete: ¡Yo te conseguiré el viñedo de Nabot! Como Acab, no son pocos los hombres que son tratados como meros dependientes de su esposa. Decepcionadas de lo que sus maridos no son, estas los suplantan en el cumplimiento de lo que ellas consideran son sus obligaciones y alternativas. En su hacer parece haber amor, aunque en su decir haya menosprecio: ¿Acaso no eres tú el rey de Israel? —preguntó Jezabel—. Levántate y come algo, no te preocupes por eso. ¡Yo te conseguiré el viñedo de Nabot! 1 Reyes 21 Cabría preguntarse aquí si la razón de Jezabel era la reivindicación de Acab como rey o la de ella misma como la esposa del rey.

Resultaría fácil caer en la pretensión de que las actitudes y conductas de estas mujeres, como las de sus seguidoras modernas, resulta de cuestiones psicológicas o culturales. Mi propuesta es que se trata fundamentalmente de una cuestión de espiritualidad que puede redimensionar las cuestiones psicológicas y culturales. Ello, porque la manera en que los cónyuges, en este caso, las mujeres se relacionan con sus maridos, está siempre condicionada por el cómo de su relación con Dios. La relación con el otro es fruto y expresión de la relación con Dios.

De la relación íntima con Dios surge la convicción que da lugar a la confianza de que Dios está a favor de la persona que amamos, de la seguridad que resulta de la gracia que ama y capacita. Que, en consecuencia, Dios se relaciona con ella dirigiéndola, fortaleciéndola y ayudándole para que viva una vida plena y fiel. Además, que Dios tiene el poder para hacer lo que es propio y oportuno en favor de nuestra familia. De la confianza surge la disposición para hacer y dejar de hacer lo que corresponde para que Dios tome el control de las cosas.

A la confianza sigue el propósito de que nuestra relación, nuestra forma de ser esposas, en este caso, honre a Dios y no que solo asegure que las cosas sean como queremos que sean. No basta la sinceridad ni las buenas intenciones para que lo que hagamos honre a Dios. Las esposas que no hablan de más son aquellas que se esmeran por respetar a sus maridos de la misma forma en que la iglesia respeta a Cristo: dejándolo ser él mismo.

 

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