Las Virtudes de los Padres

Ser padre es una bendición y un reto. Cuando Jacob se bendijo a su primogénito, Rubén, le llamó “el principio de mi vigor” (de mi poder generativo). En cierto sentido, el hombre sólo es tal cuando genera otras vidas. Desde luego, ser hombre es mucho más que ser padre, pero hoy hablamos de los padres.

La Biblia nos muestra los aciertos y errores de muchos padres. Hoy quiero destacar algunos de los retos de la paternidad haciendo referencia a ciertos personajes bíblicos. Quizá no solo quienes ya son padres quieran oírme, sino también aquellos que contemplan la posibilidad de llegar a serlo.

Primera virtud deseada: Visión[1].

Los hijos son “flechas en manos de valientes”. Las flechas se disparan, se envían más allá de donde se encuentra el arquero. Igual pasa con los hijos, vienen a la vida para ir más allá de sus padres. Llegar a su destino es responsabilidad de los hijos, sin embargo, “dispararlos” en la dirección correcta y con la fuerza adecuada es responsabilidad de los padres.

Jesé o Isaí, padre de David, preparó a sus hijos de acuerdo con lo que veía en ellos. A los mayores los hizo guerreros y al pequeño pastor de ovejas. “Organizó” la vida de ellos y los agrupó entre sí. Cuando Samuel llega buscando al futuro rey de Israel, Jesé le presenta a siete de sus hijos. No es sino cuando Dios los hace a un lado que recurre a su “segunda opción”: David. El problema de Jesé no era, de ninguna manera, un problema de amor. Era un problema de visión. Lo que ves determina tus actitudes, decisiones y acciones para con tus hijos. Determina hacia donde los diriges y la fuerza con la que los lanzas.

Los padres siempre tenemos el reto de ser visionarios. Generamos hijos para lanzarlos más allá de nosotros mismos.

Segunda virtud necesaria: Discernimiento.[2]

Abraham es el padre de la fe. Le creyó a Dios y fue hasta donde Dios lo dirigió. Quiso lo mejor para su sobrino Lot y lucho por salvarle la vida. Fue bueno con muchos y próspero en sus negocios. También fue padre de un hijo débil. Él lo hizo débil y generó una descendencia de primogénitos débiles: Isaac, Jacob, Rubén.

Lo amaba tanto que temía por Isaac. Para protegerlo lo aisló de sus demás hermanos (lo sobreprotegió: le dio todas sus posesiones mientras que al resto “sólo les hizo regalos). Además, tomó por él las decisiones más importantes de su vida. Dispuso de su vida para ofrecérsela a Dios. Decidió que Isaac no tenía la capacidad para elegir mujer.

El problema de Abraham es que no veía la presencia, el pacto de Dios, vigente en la vida de Isaac. No dudaba que Dios le estaba dirigiendo a él, pero no creía que Dios pudiera dirigir a Isaac.

Detrás de la sobreprotección se haya menosprecio. Se sobreprotege a quien se considera incapaz, débil. El amor nos lleva a ver a nuestros hijos menos fuertes de lo que en realidad son. Como padres tenemos el reto de discernir: lastinguir, separar, diferenciar. Somos llamados a desarrollar una resonancia magnética por sistema fiesta de carácter espiritual: somos llamados a escanear a nuestros hijos en tercera dimensión, para así descubrir sus fortalezas y debilidades. Para así respetarlos y permitir y facilitar que tomando sus propias decisiones vitales, estén en condición de asumir la responsabilidad de sus propias vidas.

Tercera virtud necesaria: Reconocimiento.[3]

He conocido a muchos hombres inteligentes, capaces, prósperos, que tan bien son hombres incompletos, fracasados. La raíz de su fracaso resulta de la relación con sus propios padres. Sus padres los amaron, los apoyaron, los lanzaron con fuerza en la dirección correcta. Pero no estuvieron dispuestos a reconocer que sus hijos habían llegado a ser ellos mismos.

No es lo mismo ser huios que teknon. Todos los hijos tienen la capacidad para pasar de teknon a huios. Pocos padres la tienen para reconocer que sus hijos son huios. Es decir, pocos padres tienen la capacidad de reconocer y validar el carácter propio del hijo y encontrar en él su contentamiento. En complacerse porque su hijo es otro, distinto al padre, él mismo.

Ser uno mismo no es cuestión de horas, ni de días, ni de meses. Es cuestión de muchos años. La madurez tarda, pero cuando esta se persigue se alcanza. A los treinta años, o antes. Pero requiere de ser asumida y de ser reconocida.

Tenemos el reto de no sentirnos intimidados por lo que nuestros hijos son. Son otros, distintos a nosotros mismos. Salieron de nosotros, pero no para convertirse en una extensión nuestra. No son nuestros clones, ni el material para nuestra realización personal. Son ellos, son de Dios, están próximos, pero son otros distintos a nosotros.

A manera de conclusión

Lo que nuestros hijos más necesitan de nosotros es que seamos nosotros mismos. Padres dignos, íntegros y libres generan hijos dignos, íntegros y fuertes. Si todavía no los conocemos, hagámoslo. Si todavía no los “soltamos” dejémoslos ser. Si todavía no los reconocemos, aceptemos ya que son ellos y no un apéndice nuestro.

 

[1] 1 Samuel 16

[2] Génesis 24

 

[3] Lucas 3.22

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