Ya no Me Siento A Gusto Contigo

Marcos 10.3-9 NTV

Dicen que el matrimonio se compone de tres elementos: ella, él y las circunstancias. De estos tres, el tercero, las circunstancias, siempre son cambiantes. Sexualidad, hijos, patrimonio, amistad, etc., son las diversas formas en que las circunstancias se expresan y contribuyen a definir, a dar forma, a la relación matrimonial. Convendría agregar aquí el que, cada vez más, hay un elemento subyacente que contribuye a la calidad de las relaciones matrimoniales, este es el pesar como contraparte del contentamiento.

Los estudiosos de las relaciones humanas aseguran que toda relación inicia con la etapa del enamoramiento. Wikipedia define a este como un estado emocional surcado por la alegría, intensamente atraído por otra persona que le da la satisfacción de alguien quien pueda comprender y compartir tantas cosas como trae consigo la vida. Si contentamiento es satisfacción, pesar es el sentimiento o dolor interior que molesta y fatiga el ánimo. Son muchas las razones que pueden llevar pesar a una relación matrimonial, tanto a uno como a ambos miembros de la pareja. Sin embargo, una de las causas más importantes y frecuentes de tal pesar tiene que ver con el dinero. Con los bienes que se poseen o que no se tiene. Tanto con su adquisición (quién y cómo), como con la administración de los mismos.

La razón de la importancia de los bienes tiene que ver con dos cosas fundamentales. La primera, con el hecho de que a mayores desequilibrios personales, mientras más importantes y poderosos nuestros vacíos existenciales, más tendemos a identificar lo que somos con lo que tenemos. Mientras menos somos, más nos hace ser lo que tenemos. No tener nos hace estar en competencia, nos lleva a aprender a compararnos con los que tienen. Los respetamos y los envidiamos. Especialmente, cuando esta competencia se da en el círculo familiar más inmediato, tener que competir con hermanos, primos, etc., hace más difícil el desarrollo de nuestra propia identidad.

La segunda cuestión fundamental tiene que ver con el hecho de que el dinero y las posesiones materiales se convierten en sustitutos de las carencias relacionales. Por ejemplo, conozco a hombres que insatisfechos de lo que sus mujeres son o hacen, sustituyen la intimidad con bienes materiales. Con tal de no escucharlas, de no soportarlas, les dan cosas que nunca terminan siendo de ellas. Pues, cuando el hombre se molesta recupera la propiedad de lo que ha entregado. También conozco a mujeres que ante el hecho de la ausencia de identificación y la carencia del sentido de pertenencia mutua, se conforman con obtener ganancia de la presunta culpa del marido. Mienten, manipulan, esconden con el fin de tener más; aunque, generalmente, terminan teniendo menos. Cada vez más solas, amargadas y resentidas.

Cuando la falta de contentamiento en la relación matrimonial pasa y se fortalece en el cómo de la administración de los bienes, se refuerzan actitudes y conductas como las siguientes:

En el caso de quien da, ya sea que se trate del proveedor único o del principal proveedor de los recursos familiares, puede desarrollar un sentido profundo de pertenencia absoluta de los bienes que genera, una convicción creciente de que poder y provisión van de la mano –por lo que se constituye en el señor del otro-, así como un sistema de condicionamiento arbitrario respecto de qué, cuánto y a quiénes da lo que es suyo.

En el caso de quien, insatisfecho por su condición de dependiente, entra en conflictos de identidad y sentido de pertenencia, aprende a no apreciar el valor y el esfuerzo implícitos en los bienes que recibe, desarrolla un sentido de no gratitud –dado que asume que el otro tiene la obligación de darle lo que necesita- y, en consecuencia desarrolla también raíces de amargura que dan como fruto el rencor y los deseos de venganza explícita o soterrada.

Desde luego, no puede esperar que la relación matrimonial se vuelva satisfactoria si no se atienden las cuestiones de fondo que dan lugar a la insatisfacción. Inmersos y vulnerables ante una cultura mayoritaria que cada vez da mayor importancia a las cuestiones financieras y patrimoniales, se vale preguntarnos si los matrimonios que están siendo lastimados por estos modelos relacionales tienen alguna esperanza. Nuestra respuesta es positiva. Sí, en Cristo, los matrimonios en crisis tienen razón para la esperanza. Ante la realidad de Cristo no tienen ni razón ni derecho para darse por vencidos y renunciar a las ilusiones que dieron razón de ser a su relación.

Enfrentar la crisis de insatisfacción matrimonial estando en Cristo, incluye la consideración de tres condiciones:

Señorío de Dios. Una de las razones de la vulnerabilidad de las relaciones matrimoniales es que, ante la insatisfacción que estas producen, se usan como referentes las cuestiones emocionales, lo que sentimos. EL problema es que no siempre sentimos lo mismo, por lo que no podemos confiar en tales referentes. Vivir en Cristo nuestra relación matrimonial significa hacer nuestro el señorío de Dios, asumir como propio el orden que él ha establecido para nuestra vida. Cierto que esto implica un negarnos a nosotros mismos, pues podemos considerar nuestra libertad acotada. Pero, todo músico es libre de crear, ejecutar y compartir la música que él quiera… siempre y cuando se someta al orden que representen las teclas, las cuerdas y las peculiaridades de los instrumentos musicales. De igual manera, quien a partir de lo que Dios ha establecido como lo justo, como lo bueno, estará en condiciones de encontrar el camino, la ayuda y el contentamiento en su relación matrimonial.

Desarrollo del sentido de unidad y pertenencia matrimonial. La Biblia asegura el amor al dinero es raíz de toda clase de males. En el caso de las relaciones matrimoniales este amor al dinero se manifiesta en el fortalecimiento del concepto lo mío es mío. No siempre se asume que lo tuyo sea tuyo, porque si yo doy más, entonces tengo más derechos y puedo disponer de lo que tú has generado. Quienes han aprendido a pensar así son empujados por una fuerza inercial que puede llevarlos a ellos, a su pareja y a la familia a la destrucción total. Porque uno de los males que el dinero genera el la separación, el distanciamiento.

Los matrimonios somos llamados a ser cada vez más una sola carne, una sola persona, una sola entidad. Según el diccionario, [una] colectividad considerada como unidad. Somos llamados a asumir que la unidad matrimonial es la esencia, lo que da forma a nuestra relación. Debemos dejar de estar en competencia, de caminar caminos paralelos y reencontrarnos. Asumirnos uno. Pablo anima a los esposos a que amemos a nuestra esposa como nos amamos a nosotros mismos. Explica el porqué de su llamado: Pues un hombre que ama a su esposa en realidad demuestra que se ama a sí mismo. Efesios 5.28 NTV

Contra lo que muchos han aprendido a pensar, amar al cónyuge no nos hace menos ni nos pone en riesgo. Nos completa, es decir, nos perfecciona, nos hace estar llenos. No conozco a una sola persona que menosprecie a su cónyuge y que esté en paz consigo mismo ni con los demás. No conozco a nadie que se esté alejando de su esposo o esposa y que esté más completo, más satisfecho. Pero, sí conozco a muchos que han decidido amar a su cónyuge y unirse más a él, a pesar de los inconvenientes que ello conlleva, y que han descubierto la riqueza que ello les representa.

Administración mayordómica de los bienes recibidos. Quienes asumen que Dios es el Señor, también hacen suya la convicción de que Dios es el dueño de todo, aún de aquello a lo que ellos llaman mío. Así, saben que son mayordomos, es decir, administradores de las riquezas de Dios que tienen el derecho para tomar para sí lo que les hace falta, lo que en realidad necesitan. Por lo tanto, administran con gratitud lo que han recibido. Pero, también lo hacen con fidelidad escrupulosa. Diezman, ofrendan, ayudan a los necesitados y usan lo que les queda sabiendo que darán cuenta del cómo de su administración.

Ni tuyo, ni mío, sino del Señor. Así que ambos tenemos las mismas responsabilidades y los mismos derechos respecto de la administración de los recursos que ambos recibimos. Siendo así las cosas, ambos necesitamos ayudarnos mutuamente para administrar con gratitud y responsabilidad aquello que Dios ha querido poner a nuestro cuidado.

Cuando Cristo viene a nuestra vida recuperamos el dominio propio. Por lo tanto, podemos enfrentar las circunstancias de la vida sin que estas nos destruyan. En particular, podemos aprender a relacionarnos matrimonialmente de tal manera que nuestro contentamiento dependa de lo que somos y no de lo que tenemos. En Cristo. Por ello, para estar en armonía con nuestro cónyuge, empecemos por estar en comunión con Cristo. Busquemos su reino, su orden, y todas las demás cosas vendrán por añadidura.

Explore posts in the same categories: Agentes de Cambio, Conflictos Matrimoniales, Divorcio, Matrimonio, Relaciones

Etiquetas: ,

You can comment below, or link to this permanent URL from your own site.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: