¿Qué Tienes en la Mano?

Éxodo 4.1-12

Moisés, ese conocido personaje bíblico, bien puede ser considerado un arquetipo de lo que implica el ser una persona humana. En particular, en Moisés se hace evidente que la vida es un proceso que los humanos vivimos de etapa en etapa, siempre en transición. Mientras vivimos, pasamos de un modo de ser o estar a otro distinto, constantemente. Nada permanece estático ni es, en sí mismo, definitivo. Sin embargo, conviene tener en cuenta que la forma en que enfrentamos cada etapa del proceso tiene el poder y la capacidad para hacer de la misma algo definitorio, lo que define o marca la diferencia entre lo que nuestra vida es y lo que pudo ser.

Lo que resulta aplicable en este caso a las personas humanas, también lo es para los organismos tales como las congregaciones cristianas. También estas viven siempre en un estado de transición constante, y la forma en la que viven cada etapa puede hacer de algunas de estas la razón que las define tanto en su ser como en su quehacer. De ahí la importancia de que nos acerquemos a un momento crucial en la vida de Moisés y nos preguntemos de su pertinencia en el momento que encaramos como congregación.

Moisés transita de la casa humilde de unos esclavos, a la vida nómada en el desierto pasando por una larga permanencia en el palacio del Faraón. En el desierto parece encontrarse en la etapa definitiva, final de su vida. Ciertamente, para quien pastorea las ovejas de su suegro, la vida no parece ofrecer más alternativas. La paradoja del desierto es que es en este, donde no parece haber límites, que Moisés parece haber llegado al límite de sus posibilidades. Pero, es en tal circunstancia cuando se da uno de esos llamados puntos de inflexión. Uno de esos momentos en que un solo hecho cambia toda tu vida. El hecho simple, pero bien complejo y trascendente, es que Dios viene al encuentro de Moisés y le encarga una nueva tarea, la tarea que ha de definir su vida, redimensionar su pasado y dar sentido y dirección a su presente y su futuro.

Nuestro pasaje hace evidente la que pareciera ser una constante en la forma en la que las personas enfrentamos nuestros puntos de inflexión, nuestros momentos de transición. Tendemos a enfrentar lo nuevo con el bagaje de nuestro pasado. En efecto, Moisés argumenta en función de su experiencia pasada. Piensa que no lo harán caso, que no le creerán, en razón de lo que saben de él, de lo que le conocen. Moisés no tiene conciencia de que lo nuevo tiene que enfrentarse de manera novedosa. Cuando el paradigma cambia todo vuelve a cero, todo el conocimiento anterior deja de tener validez.

Ante la actitud de Moisés, Dios se vale de un recurso pedagógico interesante. Le pide a Moisés que tome conciencia de lo que tiene en la mano. Una vara de pastor. El símbolo del fracaso de Moisés, el anuncio del destino de quien fue educado en todas las ciencias egipcias. Pero, una vez que Dios ha captado la atención de Moisés, le ordena que haga algo extraño, arrójala la vara al suelo, le pide. Al hacerlo, coloca a Moisés en una situación de crisis. Por un lado, la vara es el símbolo del fracaso de Moisés, por el otro, es lo único que le queda para hacer algo productivo en su vida. Sí, Moisés quisiera deshacerse de lo que le incomoda, pero, al mismo tiempo, necesita conservar lo que le queda. Si obedece a Dios, se queda, literalmente, con las manos vacías. Una vez más, se queda sin nada y, por lo tanto, en la necesidad de volver a empezar desde cero.

Pero, hay algo más en la pregunta divina. Dios presiona a Moisés para que se evalúe a sí mismo. ¿Cuántas cosas habrán descansado en la mano de Moisés desde que era un niño hasta que se encontró en el desierto? ¿Cuántas riquezas ausentes? ¿Cuántos sueños? ¿Cuántas personas? ¿Cuántas posibilidades? Y, al final, todo lo que tenía era sólo una vara, un bastón de pastor de ovejas.

Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba, no son como yo creía. Los caminos de la vida son muy difíciles de andarlos, difíciles de caminarlos, yo no encuentro la salida, dice un vallenato muy conocido. Moisés bien pudo haberlo compuesto, o cuando menos haberlo cantado con profundo sentimiento. La pregunta divina puso en evidencia que los caminos que Moisés había recorrido, ni eran el todo de su vida, ni habían tenido el poder de definir su destino. Creo que es por ello que Moisés tiene que arrojar al suelo lo que representa el todo de lo hasta ahí vivido.

Como sabemos, la vara en el suelo se convierte en una víbora. Más allá de lo que ello representa, está el valor de lo que el milagro anuncia. El argumento divino es bien simple: si la gente no te va a creer por lo que hiciste, te creerá por lo que puedes hacer ahora. Y lo que Moisés puede hacer a partir de tan peculiar punto de inflexión va mucho más allá de lo que pasa con su bastón, a esto le siguen señales cada vez más complejas y significativas. Todas ellas sólo comprensibles en razón de la presencia y el quehacer divinos en y al través de Moisés.

Vemos, entonces, que la viabilidad, el que la nueva oportunidad que se nos presenta en la nueva etapa que encaramos pueda vivir, depende no sólo, ni principalmente, de nosotros. Depende, primero, del llamado que Dios nos hace a servirlo y, en segundo lugar, de su provisión comprometida. Es a partir de estos dos elementos que podemos, entonces, hacer nuestra parte y tomar camino en dirección de la casa de Faraón.

Al encarar la transición que nos ocupa y nos preocupa, conviene que hagamos un inventario y una evaluación de lo que ha sido y lo que hemos hecho en nuestra vida. Sobre todo, de lo que hemos hecho con los dones recibidos del Señor. Habrá razón para la gratitud, para la súplica del perdón y para la conversión. Pero, además conviene que replanteemos la razón que nos anima a seguir por caminos desconocidos y aún atemorizantes. Nuestra razón es el llamado que hemos recibido de parte de Dios. Sí, Dios nos está llamando para que soltemos y para que empecemos de nuevo. En este sentido, podemos ver en la crisis que encaramos la certidumbre de una nueva oportunidad.

Como personas y como congregación estamos en camino, todavía no hemos llegado a donde el Señor nos está llamando. No tenemos ni la oportunidad, ni el derecho, de permanecer en el mismo lugar. Nuestro punto de inflexión, con toda la complejidad que le acompaña, da testimonio de que todavía formamos parte del propósito divino. Como con Moisés, Dios viene hasta nuestro desierto para recordarnos que sigue teniendo cuidado de nosotros y que nos da la oportunidad de seguir siendo colaboradores suyos en la tarea de reconciliar al mundo con él.

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