Cuando la familia falla
Juan 10.10
Ya en el año 2006, el periódico Milenio publicaba los resultados de la Encuesta Nacional sobre las Dinámicas de Familia, esta revelaba que dos de cada diez familias mexicanas padecían de la falta de cariño. De mantenerse la dinámica del deterioro familiar evidenciada por dicha encuesta, el número de familias con problemas de cariño habrá crecido hoy.
Lamentablemente, entonces y ahora, la falta de cariño no es el único factor que afecta a las familias mexicanas. Estas enfrentan separaciones de hecho, divorcios, violencia, distanciamiento afectivo, mala comunicación, desamor, etc. ¿Quién no conoce, o no ha vivido, alguna de tales experiencias dolorosas?
No obstante su deterioro, la familia sigue siendo un pilar fundamental de la sociedad y una de las riquezas más preciadas de los seres humanos. En cierta manera, la familia es lo que nos queda… cuando todo lo demás ha fallado. De ahí que hemos aprendido a apreciar lo que tenemos y que, muchas veces de manera inconsciente, nos ocupemos de presentarla de la mejor manera posible, ya sea a nosotros mismos, ya a quienes están a nuestro alrededor.
Al respecto, actuamos de la misma manera en que lo hacen no pocos ancianos con la ropa que usan y que se encuentra un tanto deslavada: la limpian, la planchan y la adornan de la mejor manera posible.
Ahora bien, la familia y la fe siempre van de la mano. De hecho, detrás de todo trance familiar está presente una condición o circunstancia espiritual, tanto en las buenas como en las malas. El hombre que ama a su esposa revela su comunión con Dios y su propósito de honrarlo. Quien la trata con aspereza, o de plano la abandona, evidencia que es animado por el pecado y que está en enemistad con el Señor.
Así, cuando nos aproximamos al tema de la familia, y de nuestra familia en particular, lo hacemos desde la perspectiva de la fe, tengamos o no consciencia de ello. La fe bíblica nos indica que el propósito destructor de Satanás, robar, matar y destruir, (Jn 10.10), se enfila de manera particular y dolosa en contra de la familia. El discernimiento espiritual nos permite entender que detrás de toda violencia, insensibilidad, distanciamiento, abuso, etc., existe un propósito maligno de destruir a la familia como un todo y a cada uno de quienes la forman en lo particular.
Por ello es que si nos preocupamos y ocupamos de la restauración familiar, tengamos que hacerlo, también, desde la perspectiva de la fe. En efecto, la restauración de la familia, y la de sus miembros, sólo es posible bajo la dirección de nuestro Señor Jesucristo y por el poder de su Espíritu Santo.
Dado que nuestro Señor Jesús ha venido para destruir las obras del diablo y para traernos vida abundante, podemos confiar que gracias a él y por el poder suyo, nuestras familias pueden ser restauradas. En algunos casos, de manera plena y en otros, aunque parcialmente, la restauración lograda será suficiente para asegurar el bienestar de quienes se han propuesto honrar a Dios en todos y cada uno de sus espacios vitales.
En medio de las crisis familiares que enfrentamos podemos tener dos convicciones básicas y fundacionales: La primera, a Dios le interesa el bienestar para nuestra familia; y, la segunda, las familias cristianas somos llamadas a enfrentar los problemas y los conflictos familiares, desde la perspectiva de nuestra vocación, de nuestro llamamiento, para que así Dios sea honrado en nosotros.
La primera convicción nos permite y anima a perseverar en el propósito de la restauración familiar. A no darnos por vencidos y actuar fatalistamente. Creer que Dios tiene planes de bienestar para nuestra familia nos ayuda a creer, actuar y esperar creyendo que, de alguna manera, Dios restaurará lo que ahora está destruido, empezando por nosotros en lo individual. Por ello podemos vivir en esperanza y haciendo la vida familiar a la luz de la fe y no solo bajo las sombras de la realidad que nos abruma.
La segunda convicción nos libera de la esclavitud emocional, física, relacional y aún espiritual a la que nos ha sometido el dolor de la familia, antes de Cristo. La gran tragedia de las familias sin Cristo es que al mal recibido casi siempre se responde con mal. En tal dinámica el único triunfador es, precisamente, el mal, y con él, el malo.
Ello porque tanto quienes ejercen la violencia, como quienes la sufren, terminan esclavos de una dinámica familiar que les impide la práctica de lo bueno. Por ejemplo, conocemos no pocos casos de familias que al divorcio de la pareja, suman dinámicas tóxicas respecto de la relación con los hijos. Algunos padres hacen de sus hijos rehenes en su pleito con el cónyuge. Los usan para manipular, lastimar y obtener seudobeneficios. Todo ello, sin considerar la salud emocional, espiritual y aún física de sus hijos. Lejos de paliar el daño provocado por el divorcio de los padres, lo acentúan con la inmadurez relacional de los mismos.
Sin embargo, cuando enfrentamos el dolor de la familia en Cristo, podemos vencer con el bien el mal. Es decir, podemos dejar de ser vencidos por el mal y pasar a ser más que vencedores, actuando con justicia y viviendo con la dignidad que nos es propia.
En la cruz, al redimirnos del pecado y darnos vida nueva, Jesús también abrió el camino para la redención de nuestros familiares y la restauración de nuestra familia. El poder de su sangre no se agota en el perdón, sino en la regeneración de nuestra manera de pensar, sentir, actuar y relacionarnos. Así, quienes hemos sido redimidos por la sangre preciosa de Jesucristo, somos llamados, y podemos, vivir la experiencia familiar en amor, armonía y esperanza.
Nuestras familias, nosotros mismos, necesitamos de relaciones familiares que se distingan por el cultivo del cariño familiar. Es decir, de que unos y otros procuremos que los demás sepan que los amamos y que nos interesa su bienestar tanto como el nuestro propio. En otras palabras, todos necesitamos que nuestras relaciones familiares, además de pacíficas y nutrientes, sean también amorosas. Que nos animen a saber que valemos, que somos importantes para los nuestros y que podemos confiarnos mutuamente.
Ello es posible gracias al amor y al poder de nuestro Señor Jesucristo. En su presencia, en la obediencia de sus mandamientos y bajo su cuidado podemos vivir de tal manera que el amor y la caridad sean el distintivo de nuestras relaciones familiares. Creemos en ello y vivimos de acuerdo con tal convicción.
Pero, déjame decirte, esto no siempre es suficiente para superar los conflictos y las heridas familiares.
¿Por qué aseguro esto? Porque aunque pareciera una falta de fe, es un hecho que debemos aceptar que no todo lo que se ha perdido podrá ser recuperado y que no todo lo que se ha descompuesto podrá arreglarse en tratándose de cuestiones familiares. Primero, porque algunas heridas son profundas y trascendentes. Es decir, aunque haya pasado tiempo desde que se provocaron, fue tanto el daño causado que a la fecha siguen provocando dolor, disfuncionalidad y amargura.
Además, porque no siempre todos los miembros involucrados están en condiciones o tienen el interés de ver por la restauración familiar. Algunos simplemente no pueden ver y hacer lo conveniente, por las razones que sean. Otros, aunque tienen consciencia y cuentan con las posibilidades para hacerlo, simplemente no consideran importante comprometerse con el bien que significa la restauración familiar.
La consecuencia es que las familias y los miembros de las mismas seguirán necesitando del acompañamiento, del consuelo y de la capacitación para superar las consecuencias de las disfunciones familiares. Gracias a Dios, él ha provisto un recurso poderoso para tal efecto: la iglesia, la familia de la fe.
La familia de la fe tiene la tarea y la capacidad para acompañar, consolar y sanar a quienes han sido heridos en sus familias consanguíneas. La familia de la fe se convierte, primero, en un refugio para quienes han sido lastimados por los suyos. Es un espacio de encuentro en el que se obtiene comprensión, consuelo, provisión y acompañamiento incondicional, para quienes están heridos.
Además, la familia de la fe es un espacio que provee la edificación para los individuos y los sectores familiares interesados y comprometidos en su crecimiento espiritual, relacional y emocional. La familia de la fe instruye, capacita, desarrolla habilidades y provee los recursos que necesitan quienes están comprometidos consigo mismos y con sus familias.
Si bien la familia de la fe nunca podrá sustituir lo que es propio de la familia consanguínea, no podrá reponer al padre o al marido ausentes, ni proporcionar el amor filial que la persona no tuvo, la familia de la fe sí compensa las pérdidas y los vacíos resultantes del quehacer familiar tóxico. Compensar significa equilibrar, contrarrestar un efecto con otro, proveer contrapesos y aún pagar un daño.
Así, quien está distanciado de sus parientes, encuentra cercanía, aceptación y amor entre sus hermanos en la fe. Quien ha sido lastimado, encuentra consuelo. Quien ha sido privado, encuentra la provisión que el Espíritu le provee al través de sus hermanos en la fe.
Lo ideal, pensarían algunos, sería que los daños familiares pudieran repararse al cien por ciento. Algunos esperarían que Dios hiciera siempre un antes y un después de su experiencia familiar. Pero no es así como el Señor destruye las obras del diablo en todos los casos. En cuestiones familiares él también nos da una vida plena y abundante mediante el recurso de la familia de la fe. La iglesia nos preserva de la destrucción que la toxicidad de nuestras familias podría provocar en nosotros.
Además, la iglesia provee, insisto en ello, los recursos para la recuperación de lo que conviene recuperar de los modelos familiares de los que provenimos. Y, la iglesia también provee el soporte que necesitamos para superar los efectos de las experiencias, pasadas y presentes, familiares negativas. La vida de la iglesia es en sí misma un contrapeso que nos permite enfrentar las consecuencias de las heridas familiares.
Ges una sumus, somos una sola familia. La iglesia es la familia que permanece viva, sana y fuerte por la eternidad. La obra redentora de nuestro Señor Jesucristo nos ha hecho uno con él y siendo uno con él, somos uno con nuestros hermanos. Nuestra condición como familia de la fe y el reto que el dolor de nuestras familias consanguíneas representa es una oportunidad y un llamado para que afirmemos nuestra identidad y propósito como iglesia.
Debemos esforzarnos por ser hallados fieles en tanto somos iglesia. Debemos abundar en nuestra santidad y disposición de servicio. Santos para así ser más capaces y sabios en nuestro acompañamiento de los que sufren y dispuestos a pagar el precio que nuestro servicio demanda.
Que sea este nuestro consuelo, nuestra esperanza y nuestro servicio para enfrentar las heridas provocadas por la familia consanguínea.
A esto los animo, a esto los convoco.
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