Finalmente, hermanos, piensen

Filipenses 4.8

IMG-20190309-WA0005Si las apariencias son la cosa que parece y no es, no cabe duda de que la familia es el espacio menos propicio para guardar las apariencias. Es en el espacio familiar donde consciente e inconscientemente, intencionalmente y no, nos damos a conocer tal como somos. Nuestros familiares saben quiénes somos, de nuestras motivaciones, fortalezas y debilidades. Aún cuando no tengamos la información exacta hay un testimonio en nuestro corazón, una percepción, de lo que pasa en los nuestros. Este es un camino de dos vías, de ida y vuelta. Nosotros sabemos, ellos saben.

Este tipo de conocimiento mutuo es una de las razones por las que las relaciones familiares son tan importantes, tan confortables, tan desgastantes y retadoras. Quizá ello se deba al hecho de que el ambiente familiar genera una tensión constante entre lo que asumimos se debe ser y hacer y lo que se es y se hace en la práctica. Todas las familias tenemos un marco teórico que, en principio, regula nuestros pensamientos, nuestras actitudes y conductas. Este marco contiene, define y fortalece la dinámica familiar. Ello, porque resulta y crea los valores, o principios, que dan sustento a la dinámica familiar.

Cada familia tiene su propia definición de lo bueno y lo malo. Estas categorías morales están determinadas por la experiencia de vida de la familia y sus integrantes, por su cultura familiar, por su entorno, por sus circunstancias, etc. Cuando tales concepciones son diferentes y encontradas, la dinámica familiar se vuelve conflictiva y desgastante. Por ejemplo, en tratándose del machismo puede ser que ambos cónyuges lo asuman como la norma, en tal caso, aún cuando el machismo resulta tóxico, la pareja parecerá funcionar con menos problemas que si tuvieran posiciones encontradas al respecto.

Ahora bien, el conflicto resultante del enfrentamiento de dos, o más, cuerpos de valores o categorías morales, se vuelve más dramático cuando el mismo resulta de la confrontación de lo que nuestra consciencia indica y lo que nuestra forma de ver la vida ha asumido como lo normal. Esta confrontación resulta muy frecuente entre quienes nos asumimos como cristianos, es decir, como discípulos, seguidores, de Jesucristo. De quienes hemos aceptado el reto de hacer la vida a la manera de Jesús. El primer espacio de nuestro seguimiento de Cristo se da, precisamente, en el ámbito familiar. Y la manera en que resolvemos tal reto tiene un efecto multiplicador en el todo de nuestro quehacer vital y de nuestras relaciones.

La dinámica familiar pone a prueba nuestras convicciones más profundas y hace evidente cuáles son los valores que fundamentan nuestra experiencia de vida. Hemos dicho que:  El carácter de las relaciones familiares será determinado, siempre, por la interacción de los valores individuales y grupales presentes. Por ello es por lo que conviene que nos preguntemos sobre cuáles son los valores que regulan nuestras actitudes y conductas, así como con qué valores respondemos a los estímulos positivos y negativos que representan los valores con que los otros miembros de nuestra familia condicionan su ser y sus relaciones. Hay una gran diferencia entre el fundamentar la calidad de nuestras relaciones familiares en las circunstancias, a hacerlo a partir de nuestros valores fundamentales.

Quien responde a los estímulos relacionales familiares en el mismo nivel y forma de tales estímulos corre el riesgo de participar de una espiral de autodestrucción ilimitada. Como alguien dijo: Si hacemos nuestro el diente por diente y ojo por ojo, todos terminaremos chimuelos y ciegos. En la dinámica familiar, principalmente, somos llamados a responder propositivamente ante las actitudes y conductas no apropiadas de los nuestros. Pablo, nos recuerda que cuando alguno hace algo indebido, quienes somos espirituales, debemos ayudarlo a corregirse. Gálatas 6.1 Esto empieza, desde luego, por la disposición a comprender al otro, sus circunstancias y las razones o sinrazones que animan sus actitudes y conductas. Al respecto, Raquel Aldana nos invita a considerar, ante la conducta o actitud negativa del otro: A lo mejor, no es algo personal contra nosotros, sino que es posible que estén lidiando una gran batalla consigo mismos.

Cuando leemos el capítulo cuatro de Filipenses nos damos cuenta de que este no tiene una propuesta universal, aplicable a cualquier persona. Lo que Pablo dice sólo tiene sentido para un grupo particular de personas, para quienes son de Cristo. Así, que, además de la condición de comprender al otro está la de comprendernos a nosotros mismos, a tener una idea clara de quiénes somos, a qué somos llamados y de qué se espera de nosotros. La calidad de la relación no depende ni de las circunstancias ni de los valores presentes o ausentes en el otro, sino de los valores que animan nuestro ser y quehacer.

Cuando Pablo nos llama a pensar en todo lo verdadero, lo respetable, lo justo y bueno, lo virtuoso, lo agradable y digno de alabanza, en realidad nos está invitando a hacer valer en medio de las circunstancias lo que es digno de nosotros, discípulos de Cristo. No nos pide que no sintamos ni nos promete que todo va a mejorar. Tampoco nos exige que arreglemos las cosas. No, lo que nos pide que es que hagamos valer, que mantengamos, que sostengamos y defendamos, lo que es propio de nuestra identidad.

Y, contra lo que pareciera o nos gustaría, no se trata de que lo hagamos en el otro, sino en nosotros mismos. No es nuestra responsabilidad -ni nuestra posibilidad- el que el otro haga valer lo que le es propio. Pero, sí lo es en nuestro caso. Cuando la Biblia nos llama a vencer con el bien el mal no se refiere a que cambiemos al otro ni a que lo hagamos cambiar de lo malo a lo bueno. Se refiere a que superemos en nosotros la influencia maligna recibida y que no permitamos que esta nos lleve a actuar en la misma tesitura del otro. Nos llama a responder con el bien en nosotros y hacia el otro, haciendo lo propio, antes que entrar en una espiral de degradación imparable.

Nuestro mejor aporte a los que amamos es nuestra congruencia, paciente y perseverante, en medio de las circunstancias familias que nos toca vivir.

A esto los animo, a esto los convoco.

 

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