Los dos se convierte en uno solo

Génesis 2.23ss; Efesios 5.21ss

Propongo a ustedes que en nuestro pasaje encontramos, respecto del matrimonio, propósito, forma y condiciones. En efecto, el propósito del matrimonio es formar una nueva persona, la pareja. La forma en que esto se logra es mediante la renuncia a aquello que impide el propósito. La confianza resulta ser la condición que hace posible tal renuncia y el cumplimiento del propósito matrimonial. Es decir, en la medida que los cónyuges confían uno en el otro es que estarán dispuestos a renunciar a lo que sea necesario pues la confianza mutua hace de su relación lo más valioso e importante para ambos.

La confianza matrimonial se construye mediante la aceptación y la entrega personales y mutuas. El, Ahora bien, el hombre y su esposa estaban desnudos, pero no sentían vergüenza, implica que ambos aceptaban lo que su desnudez significaba para sí y por eso estaban en condiciones de aceptar la desnudez del otro y de entregarse mutuamente. Asumen quiénes son, lo que tienen y lo que no y están dispuestos a complementarse para así poder alcanzar su propósito: ser una sola persona.

Ser una sola persona, pareciera ser una idea anticuada y anómala en la cultura individualista que nos rodea. Gilles Lipovetsky, propone que el símbolo de nuestro tiempo es Narciso. Así, Narciso es el hombre psicológico o volcado en sí mismo, “al acecho de su ser y su bienestar”. Agrega: Somos más autónomos, pero también más frágiles”. Esta realidad social impacta al matrimonio. Es cierto que los hombres, y, sobre todo, las mujeres somos más libres que hace cincuenta años, pero también es cierto que como individuos y como parejas somos cada vez más frágiles y menos trascendentes. Ello implica que, cada vez más, la razón del matrimonio sea el empoderamiento del individuo y no el de la pareja. Se trata de asegurar la permanencia de la persona aún cuando ello se logre a costa de la permanencia matrimonial.

William Barclay propone que la propuesta paulina respecto del propósito, la forma y las condiciones del matrimonio contenida en Efesios 5, es una respuesta radical a la radical descomposición del matrimonio en la época neotestamentaria. Si así es, ello explica que, cuando se trata de lo que al hombre le toca renunciar en aras de la relación matrimonial y del bienestar de su esposa, tal radicalidad propone que el hombre, como Cristo lo hizo en favor de la iglesia, debe estar dispuesto a entregar su vida por ella. Es decir, a renunciar a aquello a lo que tiene derecho cuando esto se contrapone a la salud de la relación y a la de la esposa.

Siguiendo a Barclay conviene considerar que se trata de una alternativa compensatoria. En el caso de la cultura neotestamentaria, compensatoria a la discriminación opresiva que la mujer sufría cotidianamente. En el caso de las parejas, compensatoria a la negación integral que se ha exigido a la mujer en aras de la estabilidad familiar. No se puede negar impunemente que se espera mucho más de la mujer en la formación cotidiana de la familia que del hombre. El cuidado del hogar, la atención a los hijos y al marido, el cultivo de la espiritualidad y el traspaso de la fe, son, asumimos, responsabilidades de la mujer. Y, resulta propio, así pensamos, que la mujer se niegue integralmente a sí misma para cumplir así con tales tareas. Debe renunciar a sus tiempos, a sus intereses y sueños, a su realización integral, etc. Al fin, es la mujer.

Paralelamente, se promueve y asume como normal el empoderamiento del hombre. Se justifica bajo la perspectiva de que el empoderamiento del esposo y padre se traduce en el empoderamiento de la esposa y en el de los hijos. A fin de cuentas, se dice, el hombre trabaja para su familia. El hecho es que no siempre tal empoderamiento del hombre se traduce en el empoderamiento de la esposa, de la parea o de los hijos. Resulta frecuente que el resultado de tal empoderamiento sea el distanciamiento de la pareja y, lo que podemos llamar, la presencia ajena en la vida de los hijos. Es decir, la presencia masculina -esposo y padre-se vuelve vana, sin mayor trascendencia y, cada vez más, menos significativa. De tal ajenidad resulta el empoderamiento del sentido de propiedad que implica que el hombre y lo que él produce es suyo, y que es de lo suyo de lo que da a los otros: esposa e hijos, principalmente.

Desafortunadamente, el patrón desapoderamiento de la mujer-empoderamiento del hombre, da lugar a la perversión del ser de la familia. Ello explica, la aparición de múltiples formas de la infidelidad conyugal, cuando las lealtades propias de la pareja se dispensan a terceros: los hijos, la familia parental, la familia eclesial, familias alternativas o romances extramatrimoniales. El problema es que, Nadie puede servir a dos amos. Pues odiará a uno y amará al otro; será leal a uno y despreciará al otro, dijo Cristo. Mateo 6.24 Es decir, el desarrollo de modelos familiares enfermos nunca se traducirá en el cumplimiento del propósito toral de la pareja: Ser una sola persona. Por lo tanto, la disfuncionalidad alcanzará a todos y a cada uno de los elementos que forman el todo de la familia.

Asumo que es el momento de hacer un alto y aceptar que mi propuesta adolece de un defecto: Es totalitarista, la he expresado en blanco y negro, resulta extremista. Y, reconozco, nada en esta vida es así. Pero, he querido correr el riesgo de parecer extremista con el fin de dar lugar a la aparición de los asegunes que cada uno considere convenientes. Esto permitirá la consideración más o menos objetiva de aquellos factores que en cada matrimonio han contribuido a generar tal desconfianza mutua que resulte un riesgo y una tarea casi imposible, el sometimiento mutuo. Ni todas las mujeres son desapoderadas, ni siempre ni temporalmente; ni todos los hombres son ajenos, ni siempre ni temporalmente, a su familia.

En tal sentido, quiero proponer que examinemos la razón y los beneficiarios de nuestras lealtades. Y si estos son otros que nuestra pareja, los animo a que nos preguntemos qué dentro de nosotros y qué propio de nuestra relación, explica tal descamino. Ello nos permitirá, encaminarnos al logro de nuestro propósito toral como pareja, ser una sola persona, y así prevenir y compensar lo conveniente para la sanidad de nuestra relación. Le dará un nuevo sentido a nuestra negación-sometimiento y contribuirá a que el propósito de Dios para nuestro matrimonio y para el resto de nuestra familia se cumpla.

En cuestiones de pareja no hay recetas. El camino requiere de nuestra conversión y de nuestra búsqueda personal de la dirección divina. Al asumir nuestra incapacidad personal y al tomar consciencia de nuestros aciertos y errores, estamos en condición de pedir a Dios que cumpla en nosotros la promesa hecha a Jeremías: Clama a mí y te responderé, y te daré a conocer cosas grandes y ocultas que tú no sabes”. Sobre todo, cuando, humildes, reconocemos que en algo hemos pecado -nos hemos equivocado- y nos volvemos a quien no sólo tiene el poder para perdonarnos, sino que puede y quiere guiarnos por caminos de vida. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. 1 Juan 1.9

A esto los animo, a esto los convoco.

 

 

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