Si su esposo muere

1 Corintios 7

Una esposa está ligada a su esposo mientras el esposo vive.Si su esposo muere, ella queda libre para casarse con quien quiera, pero solamente si ese hombre ama al Señor.

Fe y familia 2018He escogido este pasaje (vs 39), para que tengamos presente que las relaciones matrimoniales tienen fin, se acaban. De acuerdo con Pablo, la vigencia del vínculo matrimonial está determinada por la vida de los cónyuges. De ahí el hasta que la muerte nos separe, frase con la que establecemos el límite de nuestro compromiso matrimonial. Pero, nuestro pasaje también considera el que la relación matrimonial puede acabarse antes de que uno de los cónyuges muera. Esta salvedad tiene que ver con el conflicto que resulta cuando uno de los cónyuges decide no seguir a Cristo. En tal caso, recomienda el Apóstol, quien sí sirve a Cristo debe dejar que el otro se vaya.

De entrada, podemos apreciar que el Apóstol no considera las relaciones matrimoniales como un destino ineludible ni, mucho menos, la sujeción mutua como una obligación incondicional. Como hemos dicho, la sujeción mutua sólo tiene sentido cuando los cónyuges están en Cristo. Es decir, cuando ambos se someten individualmente al Señor. De otra manera, se corre el riesgo de que el sometimiento a la pareja resulte en rebelión u ofensa a Dios. Esto implica que en el proceso de la relación matrimonial sus integrantes deben ir haciendo los ajustes necesarios para, en las circunstancias matrimoniales, permanecer sujetos a Cristo y, en consecuencia, someterse el uno al otro.

En el proceso matrimonial constantemente se están engendrando y muriendo muchas cosas. La pareja se descubre mutuamente en el día a día, consecuentemente cada uno en lo individual y ambos como pareja, dan a luz elementos que aportan al desarrollo de la familia. El amor comprometido reconoce la necesidad de renovarse en su forma y de fortalecerse en su contenido. Esto es lo que da a luz nuevos compromisos, nuevas disposiciones, nuevas formas. Todo ello implica precios que se pagan con gusto en aras de la permanencia exitosa de la relación.

Pero, como hemos dicho, la relación matrimonial también es generadora de conflictos que desgastan a los cónyuges y a la pareja misma. Sucede lo mismo que con nuestra persona, el hombre exterior se desgasta. 2 Corintios 4.16 La traducción NTV dice: Aunque nuestro cuerpo está muriéndose, nuestro espíritu (nuestro ser interior), va renovándose cada día. Así que resulta normal la merma de cosas tales como el entusiasmo, la pasión, el enamoramiento, la paciencia, la confianza, la esperanza, etc. Pero, que tales cosas se mueran no significa, necesariamente, la muerte de la relación matrimonial. Hay un proceso místico y misterioso que permite que, aunque tales y tantas cosas se acaban, la esencia de la relación matrimonial se fortaleza y pervive hasta que, finalmente, la muerte separa a los cónyuges.

Desde siempre ha llamado mi atención el que las hojas que caen de los árboles misteriosa y místicamente se convierten en abono para los mismos. Es decir, las pérdidas se transforman en alimento que fortalece al árbol. Sin embargo, desde que en casa tenemos un naranjo he descubierto que lo anterior sólo sucede cuando las hojas caen en tierra y no cuando caen en el cemento. De esta parábola he aprendido mucho. Las pérdidas matrimoniales sólo se transforman en bendición y aportan al bien de la relación cuando caen en buena tierra. Es decir, en un medio en el que es posible que el propósito divino para la pareja se cumpla.

Antes me he referido al hecho de que la sumisión mutua de la pareja sólo es posible cuando ambos en lo particular y como pareja se someten a Cristo. Agrego aquí que la sumisión mutua de y en la pareja sólo es manifestación de la sumisión personal y mutua a Cristo. Esta sumisión a Cristo se manifiesta en cuanto a la relación de la pareja cuando esta enfrenta pérdidas significantes, en dos maneras: La fidelidad al Señor y el ejercicio del perdón. Fidelidad al Señor porque él es, siempre, antes que el cónyuge. Ejercicio del perdón porque el perdón libera tanto a quien ha sido lastimado como a quien lastima.

Cuando se enfrentan dificultades matrimoniales el punto de referencia para evaluar y decidir no lo es ni la persona ni la pareja, es Dios. La razón es sencilla, Dios es el único que permanece para siempre y nuestra eternidad está vinculada a él. Sólo nuestra relación con Dios es eterna. Por ello, es el interés en conservarnos en sintonía con Dios el referente respecto de los mínimos y los máximos de nuestra relación matrimonial. A veces, como me dice mi mujer, amamos a la pareja sólo por Dios. Es decir, por amor a Dios lo menos que podemos hacer es ser amorosos, pacientes y tolerantes con el otro. Pero, también, por Dios es que establecemos los límites de aquello que estamos dispuestos a tolerar. Nada que vaya en menosprecio de nuestra identidad regenerada ni, mucho menos, que de un testimonio indigno de aquel a quien hacemos visible, Jesucristo. Nuestra relación con la pareja no puede darse a costa ni en menoscabo de nuestra relación con Dios. Ni menos de lo que Dios nos llama a hacer ni más de aquello que pueda separarnos del Señor.

El segundo elemento que hace evidente nuestra sujeción a Dios en el matrimonio es nuestra disposición a perdonar. Desde luego, perdonar no es aceptar como válida la conducta del otro. Tampoco es, ni Dios lo quiera, contribuir a la conducta equivocada e indigna del otro. Perdonar es condonar, es decir, no permitir que la conducta tóxica del otro nos atrape. Para ello, renunciamos al derecho de retribución ante su falta. Perdemos, es cierto, pero no permanecemos en un modelo de relación que empodere al otro a costa de nuestra libertad y dignidad. Quien perdona sabe cuándo redimensionar la ofensa en relación con el todo y cuándo es tiempo de terminar con el modelo de relación cuando está en juego la integridad personal y, sobre todo, la comunión con el Señor.

Cuando la pareja como tal y sus integrantes en lo particular están comprometidos en ser fieles a Dios por sobre cualquier circunstancia es que pueden perdonarse a sí mismos y perdonar al otro. Es así como su entorno matrimonial se convierte en tierra fértil pues sólo así es que sus errores, faltas u omisiones se vuelven fructíferas puesto que pueden aprender de ellas y afianzar su relación en la experiencia adquirida. Cuando no hay tal compromiso de fidelidad no hay espacio para el perdón. Primero, porque en quien ha sido lastimado no hay capacidad para superar la ofensa recibida y porque quien ha lastimado es insensible ante el dolor causado. En tales circunstancias no existe la oportunidad de crecer pues, al no haber conversión, no hay regeneración.

El matrimonio no dura para siempre, pero sus integrantes sí. Por ello es por lo que no podemos darnos el lujo de permitir que las pérdidas relacionadas al matrimonio se traduzcan en la pérdida de nosotros mismos. En Cristo, también en estos asuntos podemos ser más que vencedores. Porque, estando en Cristo es que todas las cosas, todas, cooperan para nuestro bien. Romanos 8.28

A esto los llamo, a esto los convoco.

 

 

 

 

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