Solos y calmados

Lamentaciones 3.28-33

Personal, familiar y socialmente estamos enfrentando circunstancias que nos conmueven. Cosas que sacuden nuestro ánimo de manera violenta y brusca. Es tal el impacto de tales experiencias que nos vemos animados a pensar que nunca había habido tanto sufrimiento en el mundo. Pero, dado que son muchas las evidencias de que esto no es así quizá el impacto de lo que vivimos responda más a nuestra cosmovisión que a los hechos que enfrentamos.

Una de las características de las generaciones posteriores a las grandes guerras mundiales es la convicción de que la razón de la vida es la felicidad. Nacemos para ser felices, se nos asegura. Si tal las cosas, luego los conflictos y las tragedias que se enfrentan no tienen razón de ser. Son totalmente ajenas al ser humano y, por lo tanto, deben ser considerados, cuando menos, injustos e impropios.

Generalmente, al enfrentarlos tendemos a encontrar la causa o razón que los explica. Quizá porque pensamos que si logramos descubrir el por qué suceden podremos evitar o, cuando menos, prevenir, tales conflictos y tragedias. Además, me parece, tratamos de asegurarnos de que nosotros no somos ni responsables ni, mucho menos, culpables, de lo que enfrentamos. Con ello pretendemos superar los dos principales temores que padecemos: Nuestra vulnerabilidad, si sabemos las causas podemos controlarlas y evitar el sufrimiento. Y, nuestro sentido de culpa, no aceptamos la culpa porque esta conlleva la responsabilidad y el compromiso de responder por aquello que nosotros hemos provocado.

No resulta extraño que ante la incapacidad para saber el por qué de muchos de nuestros conflictos y de nuestras tragedias busquemos un responsable-culpable de tales cosas. Mientras más complejas, dolorosas e incomprensibles, más grande y poderoso tiene que ser el responsable. No resulta raro, entonces, que asumamos que Dios es la razón última de lo que nos pasa cuando esto resulta incomprensible, doloroso y generador de sufrimiento. O Dios es el responsable activo porque nos castiga. O es el responsable pasivo porque ha dejado de amarnos y nos ha abandonado a nuestras propias fuerzas. De una o de otra forma, Dios resulta injusto. Primero, porque el sufrimiento no nos es propio. Segundo, porque Dios tiene la obligación de amarnos y ello significa que está obligado a evitar el sufrimiento en nuestra vida.

Douglas, aprendió que no podemos confundir a Dios con la vida. Ello significa que ni todo lo que vivimos se origina en Dios ni todo lo que enfrentamos tiene que ver, necesariamente, con él. Douglas propone: Tenemos la tendencia a pensar que la vida debería ser justa, puesto que Dios es justo. No obstante, Dios no es la vida. Con esto Douglas nos recuerda que la vida no es lo que debería ser, ni lo que nos gustaría que fuera. La vida es la vida y en su ser la vida tiene su propia dinámica. No siempre predecible, no siempre comprensible y, sobre todo, no siempre controlable. Podemos controlar muchas cosas, cierto, pero no podemos controlar la vida.

Aceptar tal realidad resulta difícil y, mucho de tal dificultad resulta que esta aceptación implica asumir nuestra vulnerabilidad y nuestra responsabilidad vitales. Asumir que somos vulnerables y responsables nos lleva a aceptar la calidad de hechos de aquellas cosas que provocan nuestro sufrimiento. Son hechos porque ocurren y porque son definitivos. No podemos negarlas -como no pocos pretenden hacerlo-, ni podemos evitar su impacto y las consecuencias que generan. Ello sin importar su oportunidad, su lógica o su razón de ser. Son, y hemos de asumirlos procurando evitar mayores daños o perjuicios innecesarios.

¿Cómo asumirlos y enfrentarlos? ¿Qué hacer cuando enfrentamos cosas que no entendemos? Hemos dicho que no todo lo que sucede, mucho menos todos los conflictos y las tragedias responden a la intención de Dios. Pero, nuestro pasaje hace evidente que hay conflictos y tragedias que sí responden a la intención divina. Jeremías lo supo por experiencia propia. Creo que la manera en que el profeta enfrenta el acoso terrible de Dios, la manera en que reacciona a la aparente sinrazón divina nos ayuda a encontrar el modo de enfrentar lo incomprensible independientemente de su origen.

Jeremías dice que hay que estar solos y calmados cuando el Señor nos coloca su yugo. Tanto cuando el sufrimiento responde a la intención divina como cuando se trata de un hecho de vida, conviene empezar asumiendo la realidad individual del mismo. Se trata de algo que sucede y que nos sucede a nosotros. Por lo tanto, somos nosotros quienes hemos de enfrentar en primera instancia la realidad que -por las razones o sinrazones que sean- nos es propia. Enfermedad mía es esta, dijo el salmista (Salmos 77.10), e igual nos toca decir a nosotros. NTV traduce: Este es mi destino; el Altísimo volvió su mano contra mí.

Al aceptar la realidad de lo que enfrentamos y al asumir que se trata de algo que empieza en nosotros, podemos tomar el control, no de lo que enfrentamos, sino de nosotros mismos. Del cómo nos proponemos enfrentarlo y y así mantenernos calmados. Aquí Viktor Frankl nos ayuda recordando que enfrenta mejor su destino quien tiene claro su sentido de vida y no renuncia a él a pesar de las circunstancias. Quienes somos y qué nos proponemos lograr en la vida dimensiona y ubica en el todo de la misma la circunstancia que enfrentamos. Frankl propone: La vida cobra más sentido cuanto más difícil se hace.

Jeremías también asume su vulnerabilidad y, por lo tanto, su impotencia para transformar lo que está enfrentando. Así que se dispone a inclinar la cabeza, besar el suelo, poner la otra mejilla y aceptar la humillación. Lo hace porque sabe que el Señor no rechaza para siempre. Es decir, Jeremías sabe que cualquier circunstancia es, precisamente, circunstancial. Que no durará para siempre. En la vida todo pasa, lo malo y lo bueno. Aún el Dios que lo confronta encierra en sí mismo la posibilidad del cambio. Aún cuando es Dios quien lo acorrala, el profeta sabe qué hay lugar para la esperanza porque el Señor no rechaza para siempre.

Si se trata de sintetizar lo hasta aquí dicho, propondría a ustedes que conviene asumir la realidad que enfrentamos, permanecer en una quietud activa para evitar mayores pérdidas (esto significa hacer lo que conviene y no lo que la emoción o el deseo indican), y esperar estando listos para cuando la esperanza se haga realidad; para cuando las cosas sean diferentes y podamos hacer la vida de otra manera.

Termino diciendo que, en cierta manera, el sufrimiento es inevitable. Pero, propongo que su inevitabilidad no lo hace del todo perjudicial porque el sufrimiento perfecciona. Santiago 1.2-4 Cuando hay sentido de vida, el sufrimiento fortalece porque nos ayuda a soportar con más fuerza las dificultades. Otra vez Frankl: El sufrimiento deja de ser en cierto modo sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido, como puede serlo el sacrificio. Como sabemos que las dificultades pasarán nos preparamos para el momento siguiente. Y, en esto, desde luego, contamos con el recurso de la fe. La fe en tanto confianza en Dios como fidelidad que honra al Señor aún en el día malo.

 

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