En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra

Génesis 1.1 DHHD

Alguna vez, mientras viajábamos por carretera, al observar la majestuosidad de la montaña que cruzábamos, mi Padre preguntó: ¿Dios habrá hecho con sus deditos cada detalle de las montañas o simplemente aventó un montón de tierra y piedras para que se formaran? Esta pregunta conlleva la propuesta de que los modos de la creación puedan ser diferentes a los que, desde una cultura judeo-cristiana, siempre hemos asumido. Nos obliga a considerar si lo que vemos y conocemos ahora ha sido siempre así. Más aún, plantea la posibilidad misma de que el ser humano no siempre haya el que y como lo conocemos y comprendemos en nuestros días.

Por siglos, la convicción de que todo lo que existe fue creado por Dios tal y como lo conocemos en el aquí y ahora de la humanidad fue, simplemente, asumida como un hecho irrefutable. Ello implicaba la aceptación de que la Tierra era el centro mismo de la creación, entre otras cosas. Pero, en el Renacimiento hombres como Copérnico y Galileo Galilei, empezaron a cuestionarse la validez de tal convicción. En el Siglo XIX, Charles Darwin cimbra al mundo religioso y científico con su Teoría de la Evolución, misma que propone que el ser humano es el resultado de un proceso en el que le han precedido otras formas de homínidos, es decir, de primates que se caracterizan por parecerse al hombre y no tener cola.

En consecuencia, mucho del Génesis, en particular, empezó a ser analizado, comparado y hasta cuestionado desde el mundo de la historia, la antropología, la arqueología, etc. Se descubrió, por ejemplo, que algunos de los relatos comprendidos en los primeros once capítulos del Génesis tienen paralelos en otras culturas (el diluvio en el Popol Vuh, v.gr.), y que otros contienen ciertas contradicciones, mismas que reflejan autorías diversas de tales relatos. Así, hasta nuestros días no son pocos los que se preguntan sobre la existencia del hombre pre-adámico, se cuestionan respecto de dónde salieron las mujeres con las que los hijos de Adán y Eva se casaron, sobre quiénes eran los gigantes mencionados en el relato, etc.

Ante tales, y muchos otros elementos incómodos, conviene empezar asumiendo la existencia de tales discrepancias y, sobre todo, la validez de los hechos -históricos y científicos- que difieren del texto sagrado. De poco sirve mantener una actitud de negación y menosprecio a lo que es real y evidente. Lo que conviene es acercarnos tanto a la Biblia como a tales hechos con una actitud de humildad, abiertos a la reflexión y dispuestos al estudio serio de las cuestiones torales, las de mayor importancia.

Propongo a ustedes que respecto de la creación tanto el relato bíblico como las diversas teorías científicas aportan elementos para una comprensión básica del tema. Mi propuesta es que el relato bíblico nos ofrece tanto el quién, como el qué y el para qué de la creación, mientras que la ciencia nos acerca a la comprensión del cómo y del cuándo.

La Biblia toda tiene un principal objetivo, mostrarnos y llevarnos a Cristo como Señor y Salvador. En este sentido, los detalles históricos, cronológicos, etc., resultan de menor importancia. Los hechos son interpretados como evidencias del poder y la soberanía divinos. Así, lo que importa de los relatos bíblicos de la creación del hombre, y de todas las cosas, es el hecho de que, en el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra. Los relatos de la creación, partiendo de tal hecho, simplemente explican el propósito divino de estar en comunión con el ser humano, el orden -equilibrio- establecido por él tanto en las relaciones humanas como en la relación con la naturaleza toda. Destacan, también, que ante el ejercicio indebido de la libertad recibida el hombre no sólo se aleja de su Creador, sino que se convierte en su enemigo. El pecado separa y pone el todo de la creación en una condición de crisis progresiva que sólo podrá ser revertida por el poder de Jesucristo, descendencia de Adán, que destruirá no sólo al pecado sino a quien lo origina. Destaca también que le pecado tiene consecuencias inmediatas y a largo plazo. En el caso de los seres humanos, su trabajo se vuelve infructuoso y sus relaciones degradantes. Todo ello porque el orden revelado en los relatos de la creación y que ha sido revelado al hombre en la misma ha sido alterado, desobedecido, por el pecado del hombre. El hombre tanto como humanidad, como ser individual.

En síntesis, los relatos bíblicos establecen el quién de la creación: Dios. El qué de la misma: el ser humano, mujer y hombre. Y el para qué: para vivir en comunión con el ser humano en un entorno de equilibrio y armonía. Para lograr su propósito recurren a los elementos culturales (particularmente los de origen babilónico), lingüísticos, ideológicos y religiosos que tienen a mano. Además, supeditan todo al cumplimiento del propósito toral: revelar el carácter de Dios; de ahí la aseveración paulina de que lo invisible de Dios se puede llegar a conocer si se reflexiona en lo que él ha hecho. Romanos 2.18ss

Siendo así el propósito bíblico, no existe problema alguno en el acercarnos a intentar conocer el cómo y el cuándo de la creación. Las diversas teorías, con sus diversas escuelas, darwinismo-neo-darvinismo-diseño inteligente, etc., pueden ser atendidas con interés y mente abierta puesto que son intentos humanos, de ahí el concepto de teorías (conocimientos especulativos), para ir explicando lo que hasta ahora no tiene una respuesta absoluta. La ciencia, nos dice la Dra. Rosaura Ruíz, directora de la Facultad de Ciencias de la UNAM: En las ciencias básicas ninguna proposición teórica puede entonces reclamar el título de verdad absoluta, sino que es provisionalmente verdadera y se encuentra en espera de que alguna prueba la desmienta y establezca un conocimiento más preciso, detallado y amplio. El conocimiento científico es ante todo un diálogo entre una etapa imaginativa y otra crítica. La primera consiste en la creación de nuevas hipótesis o teorías y, la segunda, en la contrastación de esas teorías.

John Stott, propone: La Escritura revela verdades teológicas acerca de Dios: que él creó todas las cosas por su palabra, que su creación era “buena” y que su programa creativo culminó con el hombre: la ciencia sugiera que la “evolución” pudo haber sido el método que Dios empleó para su creación. De esta manera, Stott sugiere que debemos estar abiertos a encontrar en las explicaciones científicas el cómo y el cuándo de la creación de todas las cosas, incluido el ser humano.

A este respecto destaca: Sugerir esto en forma tentativa no significa en modo alguno despojar al hombre de su carácter único. Yo creo en la historicidad de Adán y Eva como la pareja original de la cual desciende la raza humana… Pero mi aceptación de Adán y Eva como seres históricos no es incompatible con mi creencia de que pueden haber existido varias formas de “homínidos” preadánicos durante miles de años antes… Podemos llamarnos homo erectus, y creo que a algunos de ellos se les podría denominar inclusive homo sapiens… Pero Adán fue el primer homus divinus… el primer hombre al cual puede dársele la designación bíblica de “hecho a imagen de Dios”.

Para concluir ahora lo que no tiene conclusión final, propongo a ustedes que la consideración de aquellos asuntos no resueltos y que inquietan a los creyentes, conviene acercarnos a los mismos desde el cimiento de nuestra fe: Dios, tal y como lo conocemos en y al través de la Biblia. Es decir, a que analicemos todas las cosas sin temor, leamos y hagamos ciencia, desde las verdades fundamentales de la Palabra: Dios es el Señor y Creador de todas las cosas. Salmo 104 Sobre todo, considerando que el propósito último de lo que él ha creado y hecho es que permanezcamos en comunión con él por medio de Jesucristo. Y que, al conocer a Jesucristo y estar unidos a él, podemos comprender lo que se requiere comprendamos acerca de Dios, su carácter y su propósito, dado que toda la plenitud de Dios se encuentra visiblemente en Cristo. Colosenses 2.9

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