¿Somos más Cristo?

Efesios 4.11-16

Quizá una de las palabras que definen el ministerio de Pablo sea, optimismo. En tratándose de un pastor, no es poca cosa. Contra los desengaños, la persecución, el cansancio y sus circunstancias personales, Pablo siempre mira hacia el futuro y anima a los suyos a no desmayar en el propósito de crecer en Cristo. Creo que la frase que define la actitud paulina es la que encontramos en Filipenses 3.13,14 y que RVR traduce: olvidando lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está adelante. Actitud que se comprende mejor gracias a NTV: olvido el pasado y fijo la mirada en lo que tengo por delante, y así avanzo hasta llegar al final de la carrera para recibir el premio celestial al cual Dios nos llama por medio de Cristo Jesús. Pablo entiende que la vida no está atrás, sino en el presente continuo que se convierte en futuro.

En nuestro pasaje, el Apóstol se encarga de recordarnos que Dios, quien nos ha llamado a vivir una vida digna de nuestra vocación (Efesios 4.1), se encarga de capacitarnos y proveer los recursos que necesitamos para crecer en todo. Aquí debemos decir que una de las grandes taras, o limitaciones, de la experiencia cristiana contemporánea tiene que ver con el reduccionismo de la misma. Hemos aprendido que la espiritualidad tiene que ver con la excepción, con lo que no es lo cotidiano. De tal forma que cuando se habla de crecer, de inmediato pensamos en las cuestiones litúrgicas y devocionales que parecen ser el todo de la vida cristiana. Así, asumimos que somos mejores cristianos en la medida que dedicamos más tiempo a la oración, la lectura de la Palabra y la asistencia y participación de las actividades litúrgicas de la iglesia.

De lo anterior resulta que la experiencia cristiana se reduce a un ámbito virtual -que tiene existencia aparente y no real-, que la limita a tiempos extraordinarios, experiencias intimistas y espacios físicos que, paradójicamente, son confundidos con la iglesia. De ahí la importancia que damos al ir a la iglesia, a la participación en las actividades de la iglesia y, desde luego, al edificio al que llamamos, iglesia. Dado que, generalmente, lo que sucede en la iglesia poco tiene que ver con la cotidianidad de la vida y que por lo mismo resulta poco práctico, no es de extrañarse la necesidad de hacer más atractivo lo que sucede en el templo a fin de atraer y, sobre todo, retener a quienes han entendido y viven la experiencia cristiana de manera tan parcializada y limitada. Esfuerzos que, por cierto, cada vez resultan menos exitosos.

Nuestro pasaje nos ayuda replantear el cómo de nuestra experiencia cristiana, que no es otra cosa sino nuestro vivir en Cristo. Pablo explica que la necesidad de preparar al pueblo de Dios, para que lleve a cabo la obra de Dios y edifique la iglesia, es el hecho de que la experiencia cristiana se vive en un ambiente de confrontación hostil. Esta empieza con un elemento endógeno, la inmadurez del creyente. Misma que lo hace vulnerable a elementos exógenos tales como las nuevas enseñanzas, las mentiras hábiles de personas que intentan engañarnos. En síntesis, nuestro pasaje nos recuerda el llamado a vestir la armadura de Dios para poder mantenernos firmes contra todas las estrategias del diablo. Efesios 6.10ss

En la medida que somos capacitados, maduramos y podemos hablar la verdad con amor y así creceremos en todo sentido hasta parecernos más y más a Cristo. Efesios 4.15 La expresión, hablar la verdad, significa profesar la verdad. El sentido paulino de tal concepto es que podremos vivir la verdad, haciendo de esta nuestra profesión. Viviendo de tal manera que hacemos visible la verdad que creemos. Y lo hacemos a la manera de Cristo, animados por el amor.

El que nuestra profesión de la verdad tiene que ver con el todo de nuestra vida se hace evidente en la expresión confiada de Pablo: así creceremos en todo sentido hasta parecernos más y más a Cristo. El término todo, viene del griego pas, que debe ser entendido como: todo, siempre, cualquiera, cada vez, totalidad, etc. Como podemos ver, el concepto bíblico de la experiencia cristiana, de nuestro vivir en Cristo, va mucho más allá de las cuestiones extraordinarias vinculadas a las devociones, al templo y a la liturgia. Tiene que ver con la totalidad de la vida, con lo que somos y la manera en que nuestra identidad afecta la totalidad de lo que hacemos.

Desde luego, las cuestiones devocionales y litúrgicas resultan fundamentales en la expresión cotidiana de nuestro estar en Cristo. Pero, propongo a ustedes, que tenemos que realizar un replanteamiento, un reacomodo de las mismas. En términos sencillos podemos decir que estas no pueden convertirse en la meta, sino en la base de nuestro estar en Cristo. La expresión paulina: Él hace que todo el cuerpo encaje perfectamente, implica que Cristo es nuestro equilibrador, el punto de referencia que nos ecualiza. Es decir, quien ajusta dentro de determinados valores, los del evangelio, el todo de nuestra vida a fin de que permanezcamos sintonizados con él. El cómo de nuestra relación con Cristo determina el cómo y el cuánto de nuestro crecimiento integral. A mayor comunión, mayor crecimiento y viceversa.

Por eso es tan importante entender que asistir y participar de las actividades devocionales y litúrgicas de la iglesia no significa, necesariamente, que seamos iglesia. Somos iglesia porque estamos unidos y en comunión con Cristo. ¿Cómo se hace evidente tal comunión con él? Porque, como dice Pablo: nos parecemos más y más a Cristo, quien es la cabeza de su cuerpo, que es la iglesia. Es él en nosotros quien hace que todo encaje perfectamente y que cada uno de nosotros, al hacer lo que nos es propio, podamos ayudar a que los demás se desarrollen, y entonces todo el cuerpo crezca y esté sano y lleno de amor.

Desde luego, les invito a que no dejen de asistir y participar responsablemente en las actividades devocionales y litúrgicas de nuestra iglesia. Pero, sobre todo, quiero animarlos para que hagamos un alto en nuestro camino y nos preguntemos si es que estamos haciendo nuestra vida en Cristo. ¿Nuestras relaciones, nuestra administración de nuestro tiempo, capacidades, recursos? En fin, nuestro quehacer cotidiano, proyectan a Cristo en nuestra vida. ¿Somos más Cristo cada día, en cada una de las cosas que hacemos? Lo que hacemos, ¿resulta la expresión fiel de nuestra identidad en Cristo?

 

 

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