Corazón y tesoro en el mismo lugar

Lucas 12.33-37a NTV

Cuando el Señor Jesús declara: Donde esté su tesoro, allí estarán también los deseos de su corazón, simplemente saca a la luz una verdad práctica incuestionable y evidente. A entender lo extraordinario de tal declaración nos ayuda el hacer una sencilla paráfrasis: Aquello que les da seguridad, es lo que acapara sus pensamientos, emociones y acciones. Con ello, Jesús destaca que las personas se ocupan de aquello que les hace sentirse seguras; la seguridad percibida determina el valor que le asignamos a las cosas que creemos, sentimos y hacemos. A mayor seguridad sentida, mayor valor asignado. Sin embargo, para Jesús resulta evidente que no es el valor intrínseco de las cosas lo que las hace valiosas, sino la seguridad percibida de las mismas. Así, muchos estudian una carrera no porque valoren el conocimiento, sino porque consideran que una carrera universitaria les da seguridad en la vida. Otros se casan, o se mantienen casados, no porque valoren al esposo o la esposa, sino porque el matrimonio les da la sensación de seguridad.

Jesús indica que la capacidad para determinar qué es lo que nos da seguridad está en nosotros y no en las cosas mismas. Nosotros somos los que valoramos, los que determinamos el origen de nuestra seguridad. De ahí, la viabilidad de su exhortación para que hagamos tesoros en el cielo y no en la tierra. No es un exhorto en contra de la riqueza o de la prosperidad material sino a elegir el no hacer de estas la fuente de nuestra seguridad. La razón es sencilla, en la tierra, nuestras bolsas son siempre vulnerables. El origen de nuestra seguridad siempre está en riesgo. Mientras que: las bolsas celestiales nunca se ponen viejas ni se agujerean.

Los que seguían a Jesús eran miles… y cada uno tenía su propia agenda, su propia razón para buscar a Jesús. Lo que determinaba su seguimiento era su interés, su tesoro, no Jesús mismo. Lucas relata que alguien de entre el gentío le pidió a Jesús: Maestro, dile a mi hermano que parta conmigo la herencia que nos dejó nuestro padre. ¿Cuándo surgió tal grito?, cuando Jesús enseñaba sobre el no temer a los que matan el cuerpo, sobre la honra que recibe quien honra a Jesús y sobre el dar testimonio con el poder del Espíritu Santo. Jesús estaba hablando de cuestiones valiosas, de lugares seguros, pero que no eran los temas en los que la multitud estaba interesada.

Según Lucas, Jesús nos exhorta: Estén vestidos, listos para servir y mantengan las lámparas encendidas. V 35 Aquí se establece el conflicto siempre presente entre la búsqueda de nuestra seguridad inmediata y el cumplimiento de la tarea que se nos ha encomendado. Somos siervos. Tenemos una misión principal. Tenemos un tiempo limitado para cumplirla. Si nos ocupamos de fabricar nuestras bolsitas, poniendo en ello nuestro corazón, dejamos de estar listos y en condiciones de cumplir nuestra tarea para cuando nuestro Señor venga.

Los discípulos de Cristo hemos sido llamados a cumplir una misión, la de ser sus testigos, sus agentes de cambio. Hechos 1.8 Pero, en general, los cristianos estamos en crisis porque hemos hecho de nuestra fe el medio para llenar nuestras bolsitas. Como toda crisis, la nuestra incorpora elementos positivos y elementos negativos. Bendiciones y pruebas. Victorias y fracasos. Todo ello se convierte en un nuevo punto de partida. Porque el momento que vivimos, nuestros kairos, es un llamado a empezar de nuevo desde el punto al que hemos llegado.

En nuestros días, la celebración litúrgica, las relaciones humanas cálidas y la seguridad personal y familiar se han convertido en nuestro tesoro. A ello nos dedicamos, de ello nos ocupamos. Cada día, cada uno de nosotros, construye responsablemente sus bolsitas de seguridad: familias saludables y prósperas, logros profesionales, empleos bien remunerados, reconocimiento social, etc. Nadie puede reprochar tales compromisos y la dedicación a ellos, sobre todo cuando nos parece que dichas bolsitas se van llenando. Pero no hemos sido llamados a ello. No es esa la tarea principal que se nos ha encomendado y, sin importar qué tan bien la estemos realizando, nos hace deudores respecto del llamamiento recibido.

A los colosenses (3.17), Pablo los exhorta: Y todo lo que hagan o digan, háganlo como representantes del Señor Jesús y den gracias a Dios Padre por medio de él. Pablo nos ayuda a entender que el cumplimiento de nuestra tarea no implica, necesariamente, el que nos desentendamos de las cosas que nos preocupan, atraen y satisfacen. Se trata, según Pablo, de hacerlas de un modo diferente. Diferencia que estriba en el hecho de que la atención de las mismas no se convierte en un fin en sí mismo, sino en una manera de cumplir con la tarea excepcional que hemos recibido. No se trata de hacer menos o más, sino de hacer la cotidianidad de nuestra vida como representantes del Señor Jesús.

El factor de cambio que nos convoca es Jesucristo mismo. Es Jesucristo el aporte que hacemos para que las personas sean salvas. Por ello, además de ser llamados a proclamar las Buenas Nuevas, somos llamados a vivir de tal manera que Cristo se haga presente en nosotros. Ello implica que ordenemos nuestra vida, que tengamos familias saludables, que seamos responsables y exitosos en nuestra profesión, oficio u ocupación, que prosperemos integralmente, que estudiemos y saquemos las mejores calificaciones, que participemos activamente en las cuestiones que interesan a nuestra sociedad. Que hagamos todo ello, sí, pero de tal forma que en nuestro ser y quehacer, Cristo se haga presente dado que somos sus representantes.

Cristo en nosotros y como referente de nuestro quehacer cotidiano es la razón y fuente de nuestro gozo. Vivir para Cristo da sentido a nuestra vida y trascendencia a lo que hacemos. Hacer de Cristo nuestro tesoro nos hace libres, pues vivimos sabiendo que es él en nosotros el que logra y consolida nuestros esfuerzos y nuestras aspiraciones. Nada nos atrapa pues somos llevados por él: en triunfo en el desfile victorioso de Cristo. [Porque Dios] ahora nos usa para difundir el conocimiento de Cristo por todas partes como un fragante perfume. En consecuencia: Nuestras vidas son la fragancia de Cristo que sube hasta Dios. 2 Corintios 2.14

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