Estar en Conexión

Romanos 6.15-19

En este ciclo de meditaciones alrededor de la familia subsiste nuestra propuesta de que es posible reestructurar el cómo de las relaciones familias y construir alternativas funcionales del ser familia. Hoy llegamos al final de nuestro ciclo y terminamos con la propuesta de que quienes están interesados y comprometidos en la construcción de una alternativa personal y familiar deben entregarse completamente.

¿Entregarse a qué y cómo?, sería la primera reacción natural a tal propuesta. Desde luego, si se trata de abundar en lugares comunes, la respuesta sería entregarse a Dios, entregarse al esposo o la esposa, entregarse al todo de la familia. En cierta manera tal respuesta sería válida. Sin embargo, partiendo de la expresión paulina que sirve como eje a nuestro pasaje: habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados (vs 17), les animo a considerar lo siguiente.

Normalmente, cuando nos decidimos a formar una familia nos animan sentimientos y propósitos buenos. Nos anima la confianza de que podremos construir un entorno de armonía, paz, amor y, desde luego, permanencia. En no pocos casos evidenciamos tal ánimo acudiendo a la iglesia para dedicar a Dios nuestra relación, buscando así su cuidado y su dirección. Sin embargo, no resulta extraño que en la dinámica cotidiana de nuestra relación aparezcan elementos nocivos que, al ser asumidos como connaturales a la relación y practicados una y otra vez terminan por contaminar y afectar negativamente el todo de nuestra familia.

Pablo insiste en nuestro pasaje que quienes practican el pecado terminan siendo esclavos del pecado. Como sabemos, la palabra pecado significa etimológicamente, errar el blanco. En la Biblia, se refiere a la distorsión moral en la que incurre la persona cuando deja de hacer lo bueno y practica lo malo regularmente. De cualquier modo, quien yerra continuamente el blanco o quien vive un constante desequilibrio en su vida personal y familiar, terminan siendo incapaces de actuar de manera diferente. A lo que Pablo llama esclavitud podemos, en tratándose de las relaciones familiares, identificarlo como codependencia. Identificamos esta como la incapacidad de los familiares para mantener su individualidad y autonomía respecto de los demás, así como la tendencia compulsiva a repetir una y otra vez actitudes y conductas disfuncionales que generan dolor y degradan a las personas y al todo de la relación familiar.

La NTV traduce el verso 19 así: Uso la ilustración de la esclavitud para ayudarlos a entender todo esto, porque la naturaleza humana de ustedes es débil. En el pasado, se dejaron esclavizar por la impureza y el desenfreno, lo cual los hundió aún más en el pecado. En razón de la debilidad de carácter de sus integrantes, muchas familias se han dejado esclavizar por la impureza y el desenfreno. Así, cada día están más y más hundidas en la disfuncionalidad. En algunos casos, han llegado a tal extremo que la única opción posible es reestructurar su relación partiendo del hecho de la desaparición del vínculo familiar inicial.

Ahora bien, aun conociendo Pablo los efectos y consecuencia que la esclavitud –en su forma de codependencia, agregaríamos aquí-, mantiene su convicción de que es posible ser libre de la misma. Es decir, que los familiares, en lo individual, y las familias, colectivamente, pueden dejar de hacer las cosas que los esclavizan y desarrollar modelos sanos y funcionales, aún a pesar de las consecuencias que su disfuncionalidad haya provocado.

Al leer el contexto de nuestro pasaje nos encontramos con la exhortación paulina a comprometernos en una dinámica de vida sustentada en nuestra identidad como hijos de Dios. Como aquellos que han sido restaurados por Jesucristo. La invitación de Pablo insiste en el hecho de que porque somos diferentes a lo que éramos antes de Cristo, podemos hacer, ahora, la vida de una manera diferente a como la hicimos.

Desde luego, Pablo sabe que no basta con el conocimiento de que tal cosa es posible. Se requiere que rescatemos en nosotros el deseo de vivir en novedad de vida. Desear es: anhelar -tener ansia- que acontezca o deje de acontecer algún suceso. Y aquí volvemos a la razón inicial de nuestra relación familiar, a lo que deseábamos inicialmente. A lo que dio razón de ser a nuestro propósito de formar una familia.

La expresión: aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados, es de por sí interesante y reveladora. Vs. 17 Desde luego, al tratarse de doctrina se refiere a una forma de enseñanza, a la adquisición de un conocimiento. Pero, hay algo más. El término que se traduce como entregados se refiere a un molde que da forma a lo que crece en la persona. Se refiere, entonces, al efecto que la comunidad de fe, la congregación en particular, produce en aquellos que permanecen esclavos de relaciones familiares disfuncionales.

La congregación está compuesta de individuos y familias que antes de Cristo eran esclavos del pecado y ya en Cristo han sido y están siendo liberados de tal esclavitud. Así, tenemos matrimonios que han podido reconciliarse como también tenemos familias que han sido restauradas. Además, forman parte de la congregación aquellos que llegaron a extremos tales que su relación familiar se acabó, pero que como individuos han podido superar las consecuencias de tal fracaso. Forman parte de nuestra comunidad también aquellos que, ante la imposibilidad de reestructurar su relación anterior, han podido construir un nuevo vínculo familiar saludable y sanador de las heridas recibidas.

Otro sentido del término es estar en conexión. De aquí podemos proponer que más allá del conocimiento teórico que resulta del estudio bíblico, el estar en conexión con otros cristianos puede, y de hecho lo hace, desarrollar en nosotros el deseo de liberarnos de las ataduras que nos lastiman y afectan al grado de poder destruir nuestra relación familiar. Pero, no sólo el estar en conexión engendra deseos en nosotros, sino que también contribuye a que aprendamos a discernir lo que conviene desear, lo que es viable –que tiene posibilidades de vida-, y lo que ya no lo es o que aún siéndolo no resulta del todo conveniente.

Empezamos asegurando que quienes están interesados y comprometidos en la construcción de una alternativa personal y familiar deben entregarse completamente. Concretemos diciendo que entregarse complemente es estar dispuestos a tomar la forma debida; a disponernos para ser moldeados por el Señor en la comunión y con el concurso de los santos, de nuestros hermanos en la fe que son ahora moldes a los que conviene imitar tanto en su propósito como en su disposición de obediencia a la Palabra.

Disponernos a ser moldeados por otros significa, desde luego, el que estemos dispuestos a renunciar a los patrones mentales y de conducta propios de nuestra condición de esclavos. Sólo quien tiene tal determinación puede ser libre del pecado y convertirse en un siervo –conocedor y practicante- de lo justo, de lo que conviene, de lo que da vida y no muerte. Ser moldeados nos ayuda a entender lo que conviene desear y renunciar a los deseos que desordenan nuestra vida.

Busquemos, desde luego, la dirección del Espíritu Santo quien nos guiará a toda la verdad. Juan 16.13 Pero, también estemos en íntima y humilde conexión con aquellos de nuestros hermanos que han recorrido caminos similares a los nuestros y que están alcanzando la victoria a pesar de los años de esclavitud vivida. Si los imitamos y los asumimos como moldes de nuestra vida con toda seguridad también nosotros alcanzaremos la victoria. Viviremos libres del pecado, de la compulsión de seguir pensando, sintiendo y haciendo aquello que nos ha hecho esclavos. Si estamos en conexión con el cuerpo de Cristo, la Iglesia, no estaremos solos y podremos caminar los caminos de la vida familias acompañados y ayudados por aquellos que ahora son más que vencedores por el amor y el poder de nuestro Señor Jesucristo.

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