Porque el Señor lo Necesita

Y aconteció que llegando cerca de Betfagé y de Betania, al monte que se llama de los Olivos, envió dos de sus discípulos, diciendo: Id a la aldea de enfrente, y al entrar en ella hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado jamás; desatadlo, y traedlo. Y si alguien os preguntare: ¿Por qué lo desatáis? le responderéis así: Porque el Señor lo necesita. Fueron los que habían sido enviados, y hallaron como les dijo. Y cuando desataban el pollino, sus dueños les dijeron: ¿Por qué desatáis el pollino? Ellos dijeron: Porque el Señor lo necesita.

Lucas 19.29-34

Muchos han especulado si Jesús y el dueño del asna y el borrico se habrían puesto de acuerdo para que, llegado el momento, los discípulos usaran las palabras clave para que Jesús pudiera usar los animales de aquel hombre. Prefiero creer que este conocía a Jesús, era su seguidor. Así que cuando los discípulos llegaron a él y le dijeron que el Señor necesitaba que le prestara sus animales, él simplemente se los prestó.

La lectura de la Biblia nos revela una cuestión sorprendente: Dios necesita. Sus necesidades se hacen evidentes para nosotros en el otro, en nuestro prójimo. Dado que Dios hace suyas las necesidades de aquellos a los que ama es que Dios necesita, es un ser con necesidades. Necesidades estas que, paradójicamente, requieren de la participación humana para ser satisfechas. Lo sobrenatural de la forma en que Dios resuelve tales necesidades es que generalmente se apoya en las personas de carne y hueso para hacerlo, y no recurre a su poder ni invoca la participación de los ángeles a su servicio.

Desde luego, satisfacen las necesidades de Dios quienes lo aman y son sensibles a la manifestación de las mismas. Pero, también, satisfacen las necesidades de Dios aquellos que están dispuestos a dejar de tener, a poner en riesgo y aún a perder lo que con tanto trabajo han logrado acumular. Se trata de personas que están orientadas, inclinadas, en favor del prójimo.

Desafortunadamente, nuestra cultura nos ha hecho creer que tales personas son anormales. Es decir, personas que no sólo están fuera de lugar sino que están así porque carecen de algo: ambición, sentido común, precaución, etc. Dany Robert Dufour, connotado filósofo francés asegura que nuestra cultura postmoderna nos ha llevado a dejar de pensar en el otro pensar en el otro como un fin en sí mismo y no como un medio para realizar nuestros propios fines. De tal suerte, el hombre contemporáneo es animado por una ética en la que los intereses privados y el egoísmo están en la base del funcionamiento social, ya no preocupa una ley universal moral y cada hombre se ha vuelto un comerciante que busca la mejor transacción y actúa como si todo tuviera un precio.

Obviamente quienes piensan así difícilmente estarán dispuestos y tampoco serán capaces de servir a Dios sirviendo a su prójimo. Les resulta caro hacerlo. Y, desde luego, no están dispuestos a perder ellos para que los otros ganen. Les anima la idea de ganar, cuando menos la de no perder. A diferencia de ellos, el hombre de nuestra historia no sólo estuvo dispuesto a enfrentar una posible merma económica al prestar a Jesús sus animales. También estuvo dispuesto a correr el riesgo de que los enemigos de Jesús hicieran de él su enemigo, uno al que debían perseguir, por haber contribuido a la causa del Señor.

Debemos destacar el hecho de que el hombre de nuestro relato no sólo sirve a Dios, en cierta manera se convierte en colaborador suyo en la obra de la redención. Ciertamente lo que hace es apenas una cuestión menor: presta sus animales. Pero, con ello forma parte de la trascendente tarea que Dios está llevando a cabo. Es decir, trasciende a su aquí y ahora. El egoísta no trasciende porque el egoísmo atrapa, paraliza, ata a la persona a una circunstancia particular. Los cristianos somos llamados a producir consecuencias, a trascender. A tener en cuenta que formamos parte de algo que no se agota en nosotros. Que lo que hemos recibido de Dios contiene y comunica un propósito eterno.

A aquellos que están viviendo una encrucijada vital. Los que tienen que decidir a dónde irán a vivir, cuál será el trabajo o empleo que elegirán. En fin, a qué dedicarán el resto de sus vidas, les conviene considerar lo siguiente: el burrito que tienen Dios se los ha dado es para que, montado en él, Jesucristo haga evidente que es Rey y Señor y que sea reconocido y servido como tal. Los recursos que ustedes tienen y que tan difícil les están haciendo tomar decisiones, sólo tienen un propósito: que ustedes hagan público que Jesús es su Señor y dueño y que ustedes –nosotros-, están listos para entregárselos porque el Señor los necesita. Hay burritos a nuestra disposición que no somos nosotros quienes hemos de montar primero, ese es el privilegio de Jesucristo y no pocas veces se cumple cuando dejamos que otros se beneficien de aquello que Dios nos ha dado.

Semana Santa, el recordatorio de la pasión de Jesús, es una invitación para que motivados por el amor estemos dispuestos a comprometernos en el servicio al prójimo. Amar y servir al prójimo siempre duele. Pero, como dijera la Madre Teresa: Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal. En Jesús, Dios hizo suyas las necesidades de todos nosotros. Siendo sensible y animado por su naturaleza amorosa, Dios estuvo dispuesto a llegar al extremo del Calvario para satisfacer nuestras necesidades y darnos vida plena.

Por tal razón, te invito que, a la luz del Calvario, cada vez que veas a alguien en necesidad escuches la voz de tu conciencia que te dice: El Señor lo necesita. Entonces, animado por la gratitud y el amor resultante de la misma, niégate a ti mismo y entrega aquello que Dios ha puesto en tus manos para que sirvas a quien está en necesidad.

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