La Historia de Ammón y Tamar

2 Samuel 13

Conforme pasa el tiempo es común que surja en uno de los miembros de la pareja, o en ambos, la sensación, o convicción, de “ya no estar enamorado”. La persona se cuestiona, no solo si “ya no ama” a su pareja; sino, si en verdad la habrá amado alguna vez. La expresión más común, la que identifica esta circunstancia es: “ya no siento”, o alguna de sus variantes.

Desde luego, quien pasa por tal circunstancia entra en crisis, al mismo tiempo que, conciente e inconcientemente, induce la aparición, o el fortalecimiento, de factores estresantes a su relación de pareja. Desafortunadamente es la ignorancia, respecto de la dinámica de las relaciones afectivas, así como la desinformación al respecto, la causa principal del malestar, los sentimientos de culpa resultantes y, en no pocos casos, de la erosión de las relaciones matrimoniales. Además, también resulta frecuente que se interprete o exprese al través del ya no siento, lo que en realidad son emociones y sentimientos de molestia, hartazgo y decepción respecto del otro, o de uno mismo.

Conviene tener presente que el enamoramiento es la fase de la relación de pareja que está determinada por las emociones que son fruto de las sensaciones físicas. La Real Academia Española, define el enamorar, como “el excitar en alguien la pasión del amor, el prendarse de amor de alguien, el aficionarse a algo”. De tales definiciones puede deducirse que la fuerza del enamoramiento no está en el ser amado, sino en las expectativas, prejuicios y necesidades existenciales del enamorado.

No pocas personas, cuando ellas o su relación entra en crisis, se aferran a la idea de que si volvieran a sentir, o sentirse, como antes, su relación estaría a salvo. Lo cierto es que tal presupuesto es falso, primero porque es imposible “volver a sentir lo mismo”; y, en segundo lugar, porque en no pocos casos la persona ha creado un recuerdo mítico, falso, al que se aferra irrazonablemente. Paradójicamente, muchos que están deseando volver, no tienen un lugar al cual hacerlo.

La Biblia registra una historia que resulta útil para comprender los riesgos inherentes a las relaciones que se sustentan en el enamoramiento. Es la historia de Ammón y Tamar. El primero se enamora de Tamar, al grado que esta se convierte en una obsesión para él. La pasión que experimenta es tal que “acabó por enfermarse de angustia”, ante el rechazo inicial de la mujer.

De acuerdo con el relato bíblico, Ammón entra en tal estado de ansiedad que renuncia a la estructura de valores morales, familiares y espirituales adquiridos, lo que le lleva al desarrollo de una escala de prioridades y lealtades que atentan contra él mismo, contra Tamar y contra su propio sistema familiar. Al final, no obstante haber satisfecho su pasión, Ammón experimenta tal malestar consigo mismo, que termina repudiando a la mujer amada.

La experiencia de Ammón y Tamar puede esquematizarse así:

  1. Atracción física y apasionamiento.
  2. Pérdida de referentes morales, espirituales y sociales.
  3. Alianza con actores ajenos y, por lo tanto, sin compromiso con las partes.
  4. Pérdida del equilibrio interior de Ammón, fruto del conflicto entre los valores aprendidos y las decisiones sustentadas en la pasión.
  5. Afectación personal de Ammón y Tamar, así como de sus respectivos sistemas familiares.

En el contexto bíblico, el amor a la esposa, y al esposo, es una decisión, antes que una emoción o una reacción. Desde luego, la Biblia no deja de lado la realidad y la importancia del amor en tanto atracción física y deseo sexual. De hecho, el término <ahab o <aheb, (amar, querer), en hebreo, se traduce comúnmente al español como amar al esposo y/o a la esposa.

Sin embargo, dado que la perspectiva bíblica subordina las emociones y, sobre todo, los sentimientos a la capacidad pensante del ser humano, el término neotestamentario para referirse al amor de los esposos se deriva del amor ágape. Este se caracteriza por ser “el amor cristiano”, es decir, fruto de la relación personal de la persona con Jesucristo. William E. Vine, asegura que los elementos constitutivos del amor cristiano son:

  1. El amor ágape no proviene de los sentimientos,
  2. No siempre concuerda con la inclinación de los sentimientos,
  3. No se derrama sólo sobre aquellos con los que se es afín.

Como puede verse, esta clase de amor requiere de una autonomía respecto del otro. Es decir, quien asume la decisión de amar a su pareja lo hace en función de su propia identidad, sentido y propósito de vida; antes que por lo que el otro es o hace. De acuerdo con Vine, se trata el ejercicio de la voluntad propia, en una acción deliberada que se sustenta en la naturaleza misma de quien así ama.

Aquí cabe preguntarse si es posible amar de tal manera y cómo hacerlo. La respuesta, aunque positiva, no puede asumirse de manera simplista. Como se ha dicho, el amor ágape es fruto de la relación personal con Jesucristo y esto es de suma importancia según puede verse a continuación.

La relación personal con Jesucristo, mediante la aceptación de este como Señor y Salvador, produce la regeneración de la Identidad original del ser humano. Esta Identidad está compuesta por los Valores Fundamentales de la Dignidad, la Integridad y la Libertad. La recuperación de tales Valores implica, entre otras cosas, la capacidad para apreciar al otro y tratarlo con el respeto que le corresponde en razón de su propia Identidad. Además, quien ha sido regenerado puede actuar de manera íntegra, manteniendo una autonomía respecto del quehacer del otro.

Además, la obra redentora de Jesucristo “justifica” al creyente. Es decir, lo capacita para actuar justamente, para hacer lo preciso, ni más, ni menos. Tal capacidad trasciende, aún el poder negativo de las actitudes y conductas equivocadas del otro. No porque las ignora o debilita, sino porque el creyente ha adquirido la sabiduría, el poder y la autoridad para negociarlas. Es decir, para tratarlas procurando su mejor logro.

La dinámica de las relaciones matrimoniales requiere de un sustento equilibrador que trascienda a las circunstancias e intereses temporales. Este sustento es, precisamente, la relación personal con Jesucristo.

Quien permanece en relación con Jesucristo puede amar, apreciar y respetar a su pareja independientemente de las circunstancias. Más aún, puede ofrecer a esta la alternativa de la justicia, cuando ella misma esté viviendo o generando injusticia. Perseverar haciendo el bien, que en esto consiste la paciencia bíblica, se convierte en una propuesta que contribuye a la salud del otro y de la pareja misma.

La motivación de quien ama a su cónyuge a la manera bíblica es, precisamente, su amor a Dios. Una vez más, Vine, asegura:

El amor cristiano tiene a Dios como su principal objeto, y se expresa ante todo en una implícita obediencia a sus mandamientos.

El amor ágape también se caracteriza por su evidencia práctica. De acuerdo con San Pablo, en el matrimonio, el amor ágape se hace evidente en dos actitudes básicas:

  1. Entrega. El marido ama a su esposa como Cristo a la Iglesia, y da su vida por ella. Desplaza su centro de interés, de sí mismo a su esposa. Asume como la razón de su propia vida, el bienestar y la realización de su mujer.
  2. Respeto.  Además de la deferencia, la mujer es llamada a “mirar con agrado” a su marido. Es decir, a valorarlo y apreciarlo, tratándolo de la manera debida.

Como puede verse, al amor ágape es un amor especial tanto en su origen, como en su propósito y en la manera de expresarse. Es, por lo tanto, un amor que surge de un triple compromiso del que lo profesa:

  1. Con Dios.
  2. Consigo mismo.
  3. Con su cónyuge.

Este compromiso múltiple sirve como referente tanto para el hacer, como para el dejar de hacer. Primero, porque la persona asume que la razón de su vida es glorificar a Dios en todo. Ello implica que, antes que sus propios intereses, deseos y sentimientos, la persona asume como razón de su vida aquello que Dios ha establecido como justo.

En segundo lugar, la persona asume que se debe a sí misma dignidad, respeto. Así que se compromete a no hacer aquello que le resulte indigno, al mismo tiempo que asume la responsabilidad de no permitir que su pareja le trate con indignidad o falta de respeto.

Finalmente, la persona asume como su responsabilidad el tratar a su cónyuge con integridad. Es decir, haciéndose responsable de sus propias decisiones, emociones y sentimientos. Distinguiendo entre lo que su pareja es y lo que hace. Respetando los espacios de identidad de ella, al mismo tiempo que promueve la creación y el fortalecimiento de los espacios de encuentro que contribuyan al crecimiento integral de su relación matrimonial.

Concluyamos recordando que el enamoramiento es una fase de la relación de pareja. Por sus características, no es suficiente como cimiento de la relación y no puede recrearse.

Que el amor comprometido es producto de la decisión que cada cónyuge toma, respecto de honrar a Dios, honrarse a sí mismo y honrar al otro. Por su naturaleza, el amor ágape propicia el fortalecimiento de la relación, así como su permanencia y la realización personal de los esposos.

Y que sólo quienes están en relación con Jesucristo pueden amar con amor ágape y mantener el compromiso de su amor al través de cualquier circunstancia.

A esto llamo y convoco a las parejas de CASA DE PAN.

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2 comentarios en “La Historia de Ammón y Tamar”

  1. Yaneli Says:

    No entendí eso de que no tenemos a donde ir?? Por eso yo creo que me aferró a él?? O no se porque aún sigo confundida y sobre todo en la forma que estoy viviendo. Gracias

  2. Michelle OL Says:

    Aunque mi pareja y yo hablamos desde el principio de nuestra relación y amor como una decisión, es cierto que en muchos casos los intereses personales de cada uno han contribuido a tensar y dañar la forma en que nos relacionamos. Además yo he cometido el error de que cuando estamos molestos comienzo a recordar el sin fin de errores que ha cometido y cosas que me desagradan, incrementando así mi malestar y poniéndome en una situación de mayor irritabilidad lo que impide realizar acciones para mejorar la relación o renovarla.
    Hay un momento en el que habla de la pérdida de referentes, sin embargo, en la actualidad yo creo que el primer paso es preguntarnos cuáles son estos para nosotros, nuestro primer referente, social, moral y espiritual, es la relación de nuestros padres, la cual define mucho de lo que somos y hacemos en la relación de pareja y en la familia, entonces hay que preguntarnos por ellos y cuestionarlos porque puede que no sean los más adecuados para construir una relación de pareja sana.
    La idea del sustento equilibrador también llama mucho mi atención, y es que muchas veces las circunstancias nos llevan a reaccionar de una manera equivocada, lastimando a quienes nos rodean, como si no tuviéramos dominio de nosotros mismos o como si no fuera conveniente actuar de una manera equilibrada ante las múltiple situaciones que vivimos, muchas de ellas estresantes.
    Finalmente retomo esta idea que ya había escuchado de algunos sicólogos: distinguir entro lo que la pareja es y lo que hace y es que muchas veces yo he dicho y he escuchado decir “me haces enojar”, esta frase, de ser cierta implicaría que no tenemos control sobre nuestras emociones y sentimiento y que otros, en este caso nuestra pareja, pueden controlar lo que sentimos y hacemos; si este fuera el caso de todas formas no podríamos quejarnos porque hemos sido nosotros quienes hemos decidió entregar nuestro autonomía.
    Cierro diciendo que veo claramente algunos, sólo algunos de los errores y aciertos que yo he cometido con mi pareja, también veo algunos de los referentes de pareja que aprendí desde temprana edad y que pienso que no convienen para el tipo de relación de pareja que quiero tener. Ahora sé que mi pareja es mucho más que aciertos y errores y ante todo yo decido amarlo y esto implica en primer lugar respetarlo, desde lo más profundo de mi ser y que eso no implica que someto mi propia dignidad a él. Creo que en la medida en la que yo de respeto y me comprometo, seré respetada y sujeto de compromiso.


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