Fruto a su Tiempo

Salmo 1

Imaginar, esa facultad del alma que nos permite crear imágenes de lo que todavía no es, es privilegio de los seres humanos. Dios, asegura el Eclesiastés 3.11, puso además en la mente humana la idea de lo infinito. Es decir, la capacidad de abarcar con el pensamiento la totalidad de los acontecimientos pasados y futuros, y al irresistible deseo de comprender su sentido y su porqué. Dada tal capacidad es que los seres humanos podemos soñar, desear, proponernos hacer de y con nuestra vida algo que trascienda. Esto es lo que explica nuestras elecciones: matrimoniales, paternales, profesionales, etc.

Sí, hemos sido creados con la capacidad de idear y realizar aquello que anhelamos. Según Salomón es Dios mismo quien ha puesto eternidad en nuestro corazón. Es decir, es Dios quien anima nuestra vocación y nos capacita para realizarla. Consecuentemente es propio de nosotros hacerlo y tenemos la autoridad para hacerlo sobreponiéndonos a las dificultades que lograrlo implica. Sin embargo, todos enfrentamos, en mayor o en menor grado, un enemigo que estorba la realización de aquello que nos es propio. Un obstáculo para materialización de nuestro llamamiento. Se trata de la autosuficiencia. Es decir, la pretensión de que nos bastamos a nosotros mismos. Que somos suficientes tanto para decidir el qué como el cómo.

Santiago 4.13-14, previene al respecto a quienes aseguran que hoy o mañana irán a tal o cual ciudad, en la que pasarán un año haciendo negocios y ganando dinero. A estos les advierte: ni siquiera saben lo que mañana será de su vida. Ustedes son como una neblina que aparece por un momento y en seguida desaparece. Notemos que no se les advierte que no podrán alcanzar sus metas. Lo que Santiago hace es enfatizar el riesgo de la intrascendencia de la vida, al comparar a quienes denuncia con la neblina que aparece por un momento y en seguida desaparece.

Algo que distingue, cada vez más, a las personas de nuestros días es la frustración que experimentan respecto del significado de lo que han logrado. Así, vemos a personas que han logrado obtener cosas que siempre soñaron. Otros más, o quizá los mismos, alcanzar las posiciones sociales que ambicionaron. No pocos son reconocidos académica y profesionalmente, entre los mejores. Sin embargo, son personas insatisfechas, adictas a la adrenalina que su éxito conlleva, pero cada vez más amargadas, resentidas y distantes de sus semejantes. El éxito profesional no significa, necesariamente, la capacidad para desarrollar relaciones personales satisfactorias.

Propongo a ustedes que nuestro Salmo contiene la clave que nos permite, primero, entender el porqué de la frustración de los que han alcanzado las metas que su imaginación les llevó a ver y realizar; así como el comprender cómo es que podemos encontrar la satisfacción propia de una vida fructífera, realizada.

El salmista recrea una escena bucólica. Representa a la persona exitosa como un árbol plantado a la orilla de un río, que da su fruto a su tiempo y jamás se marchitan sus hojas. ¡Todo lo que hace, le sale bien! Destaca la posición que guarda el árbol respecto de la fuente de vida que para él representa el agua que le nutre. Además, se refiere a la oportunidad de sus logros y a la permanencia de los mismos. La última frase enfatiza un principio de integralidad, es decir, de la capacidad para que el todo de la vida resulte igualmente próspero y satisfactorio.

Quien ha logrado tales y cuales logros, pero se ha distanciado de su origen, Dios. Quien logra antes o después del momento oportuno. Quien alcanza metas que resultan transitorias, inestables, no permanentes, en sus relaciones, su profesión, etc. Quien triunfa a costa de sí mismo o de los suyos. Cualquiera que viva así, sólo tendrá la frustración y el fracaso como resultado final. Su obra, sus esfuerzos, sus sueños, serán como paja que se lleva el viento.

Sin embargo, nadie que esté experimentando tal condición debe creer que tal sea la voluntad de Dios para su vida. Por el contrario, el propósito del Señor es nuestro bien. En efecto, según Jeremías 29.11, el Señor nos asegura: yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza. Yo, el Señor, lo afirmo. En efecto, el propósito del Señor es que, como árboles sanos y productivos, nosotros realicemos los sueños que resultan de nuestra vocación, nuestro llamamiento, y nuestra vida sea plena en todas y cada una de sus áreas.

Quien permanece en comunión con Dios, como el árbol a la orilla del río, descubre el qué, el cómo, el cuándo y el con quién de sus sueños y expectativas. Además, comprueba que el con qué es provisto fiel y generosamente por el Señor. A esto se refiere San Pablo cuando asegura: Porque somos hechura suya,  creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. Efesios 2.10

Lo que Pablo asegura es que, en Cristo, podemos hacer de manera excelente aquello que es propio de nosotros. De nuestra vocación, de nuestras aspiraciones, de nuestro deseo de trascendencia. Que al hacerlo en el propósito y la voluntad divina sólo andaremos el camino que Dios ya preparó de antemano. A diferencia de lo que asegura el poeta, no hacemos camino al andar, porque Dios ya ha trazado el camino hacia nuestra realización plena como personas. Obviamente, esto deja de lado la autosuficiencia y nos lleva a la convicción, la confianza y la obediencia que resultan de saber que todo lo bueno viene de Dios. Saber esto desarrolla en nosotros la humildad que nos previene de pensar que: Toda esta riqueza la hemos ganado con nuestro propio esfuerzo. Y nos permite recordar del Señor nuestro Dios, ya que ha sido él quien les ha dado las fuerzas para adquirirla, cumpliendo así con ustedes la alianza que antes había hecho con los antepasados de ustedes. Deuteronomio 8.2-10

A quienes están logrando lo que alguna vez soñaron. A quienes se encuentran en la encrucijada, preguntándose qué es lo que quieren hacer y cómo podrán lograrlo. A quienes están confundidos acerca de lo que han alcanzado y de la insatisfacción que les abruma. A unos y a otros quiero animarlos para que hagamos nuestra la voluntad de Dios para nuestras vidas. A que le ofrezcamos nuestra vida como ofrenda grata, para poder entender cuál sea su voluntad para nosotros. A que cambiemos nuestra manera de pensar y podamos así conocer lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto. Romanos 12.1 y 2

Así seremos, entonces, como árboles plantados junto a corrientes de aguas, que damos fruto oportunamente y este permanece para honra y gloria de Dios.

 

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