El Perdón, Testimonio del Amor

Efesios 4.32; Colosenses 3.13

Al inicio de la Semana Santa podemos cuestionarnos respecto de lo que la misma representa, significa, nos dice a cada uno de nosotros. Desde luego, más allá de los detalles cruentos a los que acostumbramos prestar atención, el hecho es que esta conmemoración hace evidente el amor incomparable de Dios por la humanidad, por nosotros. Pero, contra lo que podría suponerse, la expresión del amor no es ni la entrega, ni el sufrimiento de Cristo. Lo que hace evidente el amor de Dios es que, en Cristo, él ha dispuesto todo lo necesario para que nosotros alcancemos su perdón.

Sí, el resultado final de los acontecimientos de Semana Santa es que quienes hacemos nuestro el sacrificio de Jesucristo y nos identificamos con él en el bautismo, somos reconciliados con Dios y participamos de una relación de amor. Esto es posible porque Dios ha perdonado nuestros pecados y nos ha hecho hijos suyos. Sabemos que el amor de Dios le ha llevado a tomar la iniciativa en su acercamiento a nosotros. Pero, también sabemos que él ha hecho la provisión de los recursos necesarios para que su propósito pudiera cumplirse y, sabemos también, que Dios ha estado dispuesto a pagar grandes precios para estar en relación con nosotros.

Creo que esto es lo que tiene en mente el Apóstol Pablo cuando nos exhorta a que perdonemos como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Desde luego, la exhortación es a que, una vez que nosotros hemos sido perdonados por Dios, perdonemos. Sin embargo, permítanme abundar en el adverbio de modo, como. Este significa del modo o la manera que. Así, no tiene que ver sólo con el resultado final que persigue el Apóstol, también se refiere al procedimiento seguido por Dios. A la incorporación de los elementos que componen el proceso mediante el cual Dios nos ha perdonado.

Hemos dicho que es el amor de Dios la fuerza que le ha llevado a tomar la iniciativa en su acercamiento a nosotros. Desde luego, toda ofensa separa, establece una distancia entre el ofendido y el ofensor. Es este último el responsable de tal separación pues en él está la causa, la razón de la misma. Sería de esperar que el proceso de reacercamiento fuera iniciado por el ofensor. Sin embargo, su falta le incapacita. Le ha despojado de los recursos necesarios para lograr tal propósito. Sobre todo, porque ha perdido la reserva de confianza que le mantenía cercano al otro. No tiene ya recursos, razón, ni derecho para pretender tal acercamiento. Su suerte queda en las manos del otro.

Dios decide acercarse a nosotros aún antes de que en nosotros hubiera razón para que lo hiciera. La Biblia nos recuerda que Dios nos amó cuando todavía estábamos en nuestros delitos y pecados. La razón está en él y no en nosotros. La razón es su amor. Cuando somos lastimados nuestro amor es puesto a prueba. En cierta manera, la ofensa que recibimos es la prueba del ácido de nuestro amor. Mide nuestra capacidad para seguir siendo nosotros ante el desfalco que representa la ofensa recibida. Así, podemos suponer que ante la ofensa de nuestro pecado, Dios hace un balance. En uno de los platillos de su balanza coloca nuestra ofensa y en el otro, su amor. Cuando parece que la ofensa gana en peso e inclina la balanza en nuestra contra, el amor de Dios establece el equilibrio.

Perdonar se convierte en un conflicto cuando amamos a quien nos ha ofendido. El amor nos hace más sensibles, más vulnerables. Pero, también, es el amor el recurso por excelencia con que contamos para seguir siendo nosotros, para seguir amando y, por lo tanto, para seguir deseando y propiciando la cercanía con el ser amado.

Cuando el autor de la carta a los Hebreos (4.16), nos invita a que nos acerquemos, pues, con confianza al trono de nuestro Dios amoroso, para que él tenga misericordia de nosotros y en su bondad nos ayude en la hora de necesidad, lo hace teniendo en cuenta la obra de Cristo, nuestro Sumo Sacerdote. Por nosotros mismos no podemos acercarnos, y menos hacerlo confiadamente, al trono de Dios. Pero, destaca Hebreos, Dios mismo ha provisto a Jesucristo como el recurso que compensa nuestra incapacidad y nuestra pobreza. No importa cuánto lo deseemos, ni cuánta falta nos haga, ni cuán arrepentidos estemos, no podemos acercarnos a Dios si no es por el recurso que él mismo nos ha provisto, Jesucristo.

Quien nos ofende, hemos dicho, se queda sin recursos. En lo que creyó ganar, salió perdiendo respecto de nosotros. Tenemos todo el derecho para esperar que sea él quien haga lo necesario para acercarse a nosotros, para ganarse nuestra confianza. Pero, así como el amor de Dios provoca su compasión, así nosotros somos llamados a compadecernos de los que nos ofenden. Es decir, somos llamados a dejarnos estremecer por su condición y procurar su restauración. Para ello, podemos darles lo que podemos dar. Lo primero, es la confianza. Esta no se gana, se otorga. Y se otorga a quién y porque se le ama. Además, somos llamados a proveer dejando de enfatizar, reclamar, ofender al ofensor. Dios nos comprende y, por lo tanto, en lugar de hacer más pesada nuestra condición de ofensores, da testimonio a nuestro espíritu de su amor, su comprensión y su disposición a ayudarnos en nuestro acercarnos a él.

Quien priva a su ofensor de estos dos beneficios, de estos recursos, se convierte en la razón de la separación, del distanciamiento, respecto de quien le ha ofendido. Ya no están separados porque el otro hizo mal, sino porque el ofendido no ha tenido la capacidad para acercarse y sí abunda en aquello que lo separa. Quien actúa así, tiene mala memoria. Se olvida de que Dios le sigue amando, le sigue bendiciendo, le sigue procurando. La mala memoria terminará por separar al ofendido, no sólo de su ofensor, sino también de Dios quien, no hay que olvidar, también le ha perdonado.

Perdonar, duele. El perdón siempre resulta doloroso para quien lo otorga porque implica la realización de sacrificios. Pone en peligro y exige de grandes trabajos. A veces trato de imaginar a Dios mirando a Jesús crucificado, en medio de las tinieblas que envuelven a este. Pienso en sus ojos de Padre, que miran cada herida, perciben cada gota de sangre y de sudor que corren por el cuerpo amado, que ven la mirada ansiosa del Hijo que busca la compasión de su Padre. Trato de comprender lo que siente al escuchar el gemido, el respirar ansioso de su Hijo. Y, pienso en la lucha que se da en el corazón de Dios porque sabe, primero, que su Hijo no debiera estar colgando de la cruz y, que él podría liberarlo de tan espantoso tormento.

Dios sufre, se obliga a hacer y a dejar de hacer. Igual nosotros. Cuando perdonamos, sufrimos sabiendo que podríamos escapar de tal sufrimiento. Pero, permanecemos haciendo y dejando de hacer porque amamos a quien nos ofende y queremos que contribuir a su restauración. De Dios podemos aprender para imitarlo que él persevera en el sufrimiento hasta que este da fruto. Esto es importante, porque quienes sufren a ratos, intermitentemente, no alcanzarán el fruto esperado. Hay quienes desarrollan relaciones pendulares con sus ofensores. En un momento hay comprensión, paciencia, amor, entrega. Pero, sin aviso previo, se vuelven en perseguidores, dañan, ofenden, condicionan, se ensañan. Lo curioso es que se sorprenden de no tener paz, de seguir sintiéndose igual, de ya no saber lo que quieren. Olvidan lo que advierte Santiago cuando nos recuerda que el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.

Si Dios no nos hubiera perdonado estaríamos cada vez más perdidos y condenados. Pero, él estaría cada vez más solo. Así en nuestro caso. A quien no perdonamos lo condenamos, le impedimos que supere su falta y lo ponemos en el riesgo de que se pierda más. Podríamos decidir que no nos importa lo que le pase, al fin y al cabo él se lo buscó. Pero, más vale que seamos cuidadosos y consideremos las consecuencias que para nosotros y para los que amamos puede tener nuestra falta de perdón. Trágico sería que terminemos perdiendo más nosotros y provocando mayor dolor que el que resulta de la ofensa que hemos recibido.

Jesús es el parteaguas de la Historia. Establece la posibilidad de un nuevo modelo de relación entre Dios y los hombres. Todo ello, gracias al perdón que encarna. Así nosotros, podemos vivir un parteaguas en nuestra historia personal y familiar si imitados a Dios y animados por la misericordia y la compasión, perdonamos de la misma manera en que hemos sido perdonados.

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